Opinión

¿Por qué seremos tan maricones, Raffaella?

Raffaella cuando recibió a Madonna en su programa en la RAI

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El efecto era desflokorizante: entrar a la Sociedad Italiana de Ensenada y constatar que sonaba Raffaella y no una tarantella napolitana o no “Va, pensiero” en el vozarrón de Luciano Pavarotti. Eso significaba que el mundo te recibiría dispuesto a internacionalizar tu ritmo interno, una fantástica/fantástica fiesta en la que descubrir tu amor. Eran noches que cambiarían tu vida, desde esa noche cada noche. Si encima tocaba algún concurso para nietas o hijas de inmigrantes dispuestas en filas detrás del escenario a imitar a Raffaella Carrà, más aún. 

En esos casos, los varones ignoraban los concursos. En cambio, los mariconcitos dispersos aquí y allá en cada institución inmigratoria del mundo, moríamos de envidia y esperanza. Lo sé. Nos reconozco vestidos de chomba y jeans conteniendo nuestro afán de lentejuela, quebrando la cabeza hacia atrás como Rafaella, con la mirada concentrada en una pista de baile hermética en la que crecer a salvo; una parranda segura, sometida a los brillos de nuestra seducción telefónica. De ese desafío no podíamos participar porque era sólo para mujercitas con pelucas rubias. Sin embargo, Raffaella nos estaba inventando. Somos el destino perfecto de su canto libre y sus movimientos sincronizados. Nos imagino viviendo escondidos debajo de su furioso carré dorado, felices de ser parte de un corte de pelo que -dijera Miguelito Romano- es siempre de diva en tanto y en cuanto las divas no cambian de corte. Por eso son divas.

Somos el destino perfecto de su canto libre y sus movimientos sincronizados. Nos imagino viviendo escondidos debajo de su furioso carré dorado, felices de ser parte de un corte de pelo que -dijera Miguelito Romano- es siempre de diva

Entonces, mientras las menores hacían su gracia al son de los hits de Carrà sonando en vinilo, los padres, las nonnas, los tíos y el coro de los pensionados de la Segunda Guerra escuchaban atónitos que ella los consolaba asegurándoles que acá en el sur, en este sur al que habían venido a parar, se hace mejor el amor. Y que “sin amantes, esta vida es infernal”. Así sonaba Rafaella en los primeros años ochenta en la Argentina ítalomigrante. Amada como paisana y contrapuesta a la exuberancia intimidante de Sofía Loren o Anita Ekberg; absorbida al unísono como una virtual conductora de programa infantil y una amiga en línea, mujer suelta de la gran ciudad, punto iridiscente de los megaestudios de la RAI y excusa perfecta para exhibir detrás suyo nuestro futuro trolo, ese baile grupal de bultos contenidos en calzas rojas; todos esos bigotudos coreografiados en cuyos saltos eléctricos nos miramos de cerca. 

Un verano, las zapatillas de punta llegaron a mi vida a partir de los bailarines de Raffaella. Pedí que me las compraran con la excusa de hacer gimnasia y pedí también que me sacaran una foto oliendo el jazmín del patio, arrodillado al lado del cantero, en remera ajustada amarilla y short estridente. Rafaella Carrà era un concepto. Un cuerpo y sus vestuarios. La lycra adherida y las piernas lo más extendidas posible. Los brazos alzados en descargas, esos brazos enfáticos que nos proponían ensayar la modernidad con melodías de estudio tan románticas como emancipadoras. Una bola de espejos y una premonición, porque si hubo y habrá un fenómeno proto drag queen, es el suyo. Su obra anticipa esta profusión universal de cultura transformista. Raffaella siempre fue drag y toda drag es en buena medida como Raffaella, que dice con mímica y homoerotiza el espacio. 

En el año 2000, tras participar de su disco de Grandes Éxitos, Natalia Oreiro fue invitada al programa de Raffaella en la televisión italiana. La tarde anterior, en el ensayo, Raffaella le preguntó a Natalia qué se iba a poner para cantar en su ciclo. Oreiro le contó que había estado toda la noche haciéndose un top y una falda. Al otro día, Raffaella apareció vestida igual que sus danzarines, con estricto smoking blanco. ¿Para qué? Para que la invitada sea quien se destaque. El gesto, además de poner de manifiesto su célebre generosidad, demuestra cierta conciencia de tradición mundial. De ícono gay a ícono gay. Reinar en la confluencia, trabajar la singularidad para colaborar con el desarrollo de existencias irreductibles. Aún uniformados, nadie es idéntico si prima la diversidad. 

Por si acaso se acaba el mundo… ahora que ya no estás. El mundo se terminó hace rato y el siglo XX ni te explico, tus décadas con yates en el fondo, el Mediterráneo haciendo juego con tu sonrisa popular y tus miles de millones cantándote. Tu living en pantalla con vista a la ciudad, pasaporte a cualquier destino que sea parecido a esta juerga infatigable que montaste para después de la nostalgia. Como te dijo un televidente cuando recibiste en tu set a Madonna: “No me muevo nunca más de acá”. Ahora no nos pidas que nos “busquemos otra más buena” y nos volvamos a enamorar, porque nos vamos quedar a vivir en tu fantasía, tributo diario a la respuesta que supiste darnos cuando una pregunta nos enloquecía -y ahora nos honra- ¿por qué seremos tan maricones, Raffaella?

FT

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