Termina el Cantando 2020, el show que no pudo escapar de la pandemia

Laurita Fernández y Ángel de Brito, conductores del Cantando 2020

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Aunque se llame Cantando 2020, la competencia terminará esta noche, 15 de enero de 2021. Si la pandemia nos obligó a redefinir nuestra relación con el tiempo y si sentimos que por momentos se hace interminable, el programa de El Trece nos viene a recordar que el tiempo es una mera convención.

A partir de las 22.30, Ángel de Brito y Laurita Fernández se pondrán al frente de la gala consagratoria, la final en la que dos artistas de la movida tropical, Ángela Leiva y Brian Lanzelotta, competirán por el premio mayor con la pareja conformada por Agustín Sierra, ex niño actor de las tiras de Cris Morena devenido en sex symbol, con Inbar Comedi. Más allá del aplauso, medalla y beso, los ganadores se llevarán 500.000 pesos a ser repartidos entre los dos y la posibilidad de volver a ser convocados para otro reality de La Flia, la productora de Marcelo Tinelli a cargo del programa.

El Cantando que termina esta noche, la sexta edición del ciclo, debutó el lunes 27 de julio de 2020, exactamente 21 días después de que Bake Off, un programa grabado en 2019, calentara la pantalla local y 137 días después de que el Gobierno consagrara por decreto una verdad largamente desdeñada: que la televisión es, entre muchas otras cosas, un servicio esencial. En el Decreto 260, del 12 de marzo,  el Poder Ejecutivo anunció que debía tomar “medidas rápidas, eficaces y urgentes” para prevenir o limitar la diseminación del virus. Entre esas primeras medidas, el gobierno dispuso restricciones a los viajes y encuentros presenciales entre seres humanos con fines culturales, deportivos, religiosos y sociales. No hay regla sin excepción y en este caso los únicos beneficiados no fueron los niños sino “las personas afectadas a las actividades y servicios declarados esenciales”. En lenguaje llano, los esenciales. En esa primera lista, de 31 grupos exceptuados de cumplir una cuarentena estricta, se encuentra “el personal que se desempeña en los servicios de comunicación audiovisuales, radiales y gráficos”. En otras palabras, las personas que trabajan en la tele son esenciales.

Cuando Tinelli se resignó a que este año no iba a poder hacer el Bailando, armó el Cantando. Corría el mes de junio y todavía no se sabía lo que se sabe ahora, en enero de 2021, acerca de que gritar, cantar o hablar fuerte son algunas de las maneras en que uno se puede contagiar de este virus. Pero sí se sabía que había que salir con algo, porque había una necesidad de las audiencias de ver contenido nuevo, y porque el que deja un lugar vacante en la tele es muy pronto reemplazado por otro. Y así nació este certamen en el que compiten personas más o menos conocidas que cantan bien, más o menos o directamente mal ante la mirada de las verdaderas estrellas del show, el jurado. Moria Casán, con su locuacidad inigualable; Nacha Guevara, con su severidad de maestra exigente; y Karina La Princesita y Oscar Mediavilla, que las siguen de atrás en la performance de maldad televisiva y aportan lo suyo para sostener el ritmo. El Cantando no es una academia, en un punto es una versión musicalizada de Intrusos y eso está en el contrato de lectura; nadie que lo mira espera otra cosa.

Detrás de cámara: protocolos sanitarios, precarización e incertidumbre

-¡Barbijo, póngase el barbijo!

Los gritos de esta mujer petisa, rubia y de aspecto severo persiguen a todas las personas que circulan por este sector de La Corte, el edificio de cinco pisos de Chacarita en el que cada noche, de lunes a viernes, se emite en vivo el Cantando. Nadie sabe su nombre y nadie sabe exactamente cuál es su cargo o de dónde viene. Es una especie de preceptora que vigila que todos cumplan las normas de distanciamiento social en los pasillos, en el bar y hasta en el estudio. “Siempre jodemos y decimos que es como Droopy”, bromea Pablo Arturo García, coach de la pareja conformada por Gladys “La Bomba” Tucumana y su hijo Tyago, “El Bombito”, unos semifinalistas que no llegaron a la definición de esta noche.

Pablo recibió el llamado de La Flia en junio, cuando estaba haciendo malabares para llegar a fin de mes con el dictado de clases de canto vía Zoom. Le propusieron sumarse al programa y aceptó enseguida. Él ya había sido coach en cuatro de las cinco ediciones anteriores del Cantando. Empezó en 2007, cuando de caradura se mandó y le pidió trabajo al gerente de programación del canal, Adrián Suar, que en ese entonces era pareja de su amiga Griselda Siciliani. Al haber trabajado todos estos años, de manera intermitente pero continuada, en la productora, ya conoce a todo el equipo y tuvo la potestad de negociar los nombres de las parejas a las que supervisaría artísticamente. Este año arrancó siendo el entrenador de dos, de Dan Breitman y Flor Anca, y de las bombitos tucumanos. A mediados de octubre, por una coach a la que todos llaman “la super contagiadora”, hubo un brote de al menos 20 casos positivos de coronavirus entre artistas y técnicos que obligó a La Flia a improvisar un protocolo más estricto que el original. Como consecuencia de eso, Pablo y el resto de los entrenadores vocales tuvieron que quedarse con una sola pareja. Todos cobran el cachet mínimo del Sindicato Argentino de Músicos, SADEM, de 30 mil pesos. Al tener cada uno dos parejas a cargo, cobraban 60 y eso se vio reducido a la mitad.

Las consecuencias de la super contagiadora llegaron también al área coreográfica. Este año, por protocolo y por presupuesto, había apenas cuatro bailarines en la pista. Cuatro bailarines que debían aprenderse y ejecutar una docena y media de coreografías por semana, que a veces ni llegaban a verse en cámara porque el director prefiere enfocar las caras de desagrado que hacen los miembros del jurado (particularmente Moria Casán) cada vez que alguien sale a cantar. Los bailarines también cobran el cachet mínimo, en este caso de la Asociación Argentina de Actores, que está fijado en un monto similar al de SADEM. Los coaches cobran por semana: si sus alumnos son expulsados, ellos también se van. Los bailarines cobran por día y de manera proporcional a la cantidad de veces que tienen que salir a la pista. Hay participantes que piden un acompañamiento de baile y otros que prefieren no hacerlo: sus honorarios bailan a ese ritmo. Por el brote masivo de octubre, la producción determinó que habría ahora dos cuerpos de baile. A los cuatro que trabajan desde julio les sumaron cuatro nuevos con los que empezaron a rotarse. Eso hizo que sus honorarios incorporasen un nuevo ritmo a la danza; a la suerte hay que sumarle ahora que el techo se redujo a la mitad.

Damián García, uno de los cuatro integrantes del cuerpo de baile, no es pariente de Pablo pero lo conoce por haber trabajado juntos. Él había sido convocado originalmente para trabajar como soñador de Charlotte Caniggia en la edición del Bailando que no se hizo. Iba a trabajar menos y ganar más. Cuenta que recibió el llamado de La Flia en junio, cuando se le estaban acabando los ahorros que había juntado durante los meses de verano en que había trabajado en un circo de Alemania. Como no da clases por streaming ni tiene otros ingresos, la propuesta llegó como un salvavidas.

Alejandra Alonzo no canta ni baila pero su tarea es imprescindible para que las imágenes se puedan transmitir. Es asistente de cámara, lo que en jerga televisiva se llama “tiracables”. Sus condiciones laborales también se vieron afectadas por el brote masivo de octubre, aunque unos días antes ella había pedido unas medidas preventivas. El locutor del programa, Martín Salwe, dio positivo y Alejandra, que trabaja parada justo al lado, le pidió a sus jefes que incorporaran una separación, un escudo de protección entre el locutor y ella. Así es como le armaron una estructura de madera que no se ve al aire y a ella le permite cumplir sus funciones con un poco más de seguridad. Alejandra también cobra el mínimo del convenio, en este caso del Sindicato Argentino de Televisión, el SAT, que en su escala es de 32.000 pesos en mano. A diferencia de Pablo y Damián, no le redujeron el sueldo ni le aliviaron la carga de trabajo: ella y un compañero son los únicos asistentes de ocho camarógrafos, cuando el año pasado había al menos cinco para cumplir las mismas funciones.

Nueva normalidad, nuevas prácticas

El coronavirus es una excusa para seguir avanzando en la precarización laboral de una industria que para algunos languidece y para otros se mantiene en pie aunque sea de una manera torpe y débil. Y el coronavirus es también un desafío para la creatividad, para encontrarle la vuelta y hacer que el show pueda continuar. 

Cada tarde, a eso de las 15, Alejandra se toma el tren desde Martínez hasta Belgrano y de ahí el 168  para llegar a los estudios de La Corte, en Fraga y Concepción Arenal. Por la menor afluencia de pasajeros, la empresa de colectivos sacó el ramal que la dejaba de manera directa en Chacarita y por eso ahora tiene que hacer este viaje mixto entre tren y colectivo. Entra a las 16.30 y sale pasada la medianoche, cuando ya no hay servicio ferroviario y además es peligroso viajar, por lo que vuelve a su casa gracias a que un compañero vive cerca y la lleva en su auto. Al entrar al edificio, el encargado de seguridad la recibe con un mameluco al que ella define como espacial, le toma la temperatura y le pone alcohol en gel en sus manos. Alejandra cuenta que los primeros días la obligaban a ponerse una máscara, unos guantes y unos lentes protectores. Enseguida se dieron cuenta de que la máscara se caía en cada movimiento que hacía para levantar los cables del piso y ahora usa solo los lentes. Su trabajo consiste en que las cámaras estén conectadas con los cables, que los cables estén bien pasados y que las lentes estén limpias. Entre canción y canción, Alejandra se desinfecta las manos con alcohol en gel y sigue trabajando. Algo que dejaron de hacer, es tirar alcohol diluido con agua sobre los equipos. “Tirar algo tan líquido corroe todo, lo daña, y además es un peligro porque está todo conectado a electricidad”, explica.

Pablo llegaba maquillado y peinado cada vez que le tocaba ir a La Corte. Como vive cerca, iba en moto y una vez ahí pasaba la menor cantidad de tiempo posible en el set. Si tenía un rato libre, iba al lugar más cotizado de todo el edificio, la terraza del bar en la que se cruzaba con la preceptora para adultos que cuida que no se baje su barbijo ni se acerque demasiado a nadie. Los bombitos tucumanos cantaban, él se paraba en el atril que le corresponde para escuchar las devoluciones del jurado, se sacaba una foto con ellos dos y se volvía a su casa. Su trabajo, de todos modos, no se daba en ese lugar sino en su casa y conectado a una serie de dispositivos. Cuando era coach de Dan Breitman y Flor Anca, las dificultades técnicas lo obligaron a cranear un sistema ad hoc. En el Zoom había tres cuadrantes y tres emisores de sonido. Para poder calibrar la calidad de los arreglos y el equilibrio entre las voces, Dan cantaba en el vivo, Flor estaba muteada y cantando en sus partes mientras grababa todo en un audio de Whatsapp, Pablo escuchaba todo y hacía los ajustes, sabiendo que la calidad del sonido de una grabación hecha mitad por Zoom y mitad por Whatsapp está lejos de los estándares de calidad que tiene que tener para salir al aire en un programa en vivo y de tele abierta. Gladys y Tyago, al ser madre e hijo que conviven durante estos meses, están en un solo cuadrante de Zoom y en un solo ambiente: eso alivia un poco el estrés de los ensayos.

Damián llega a La Corte en bicicleta después de haber hecho un primer ensayo en su casa. Al momento de cerrar la nota, tuvo unos días libres porque uno de los cuerpos de baile, el que se incorporó hace unas semanas, tuvo dos casos positivos y la producción decidió que durante este ritmo no bailara nadie. A pesar de que eso implicó una reducción en sus honorarios, Damián suena tranquilo y se ríe cuando se acuerda de la gala en la que los conductores casi se olvidaron de la pandemia y les pidieron que improvisaran un baile de tango para acompañar lo que había cantado Agustín Sierra. “¡Noooo, no se puede bailar tango por protocolo!”, recordó Nacha Guevara, rápida de reflejos.

Hasta la próxima

Alejandra, Pablo y Damián trabajan en el mismo lugar y ni se cruzan. De vez en cuando pueden llegar a cruzar alguna mirada con los barbijos puestos en algún pasillo o de camino a la terraza del bar pero no más que eso. Los momentos de camaradería y cuchicheo han entrado en cuarentena y todos cumplen sus funciones con responsabilidad y con cuidados sanitarios pero sin la alegría de otros años. La nueva normalidad que los hace trabajar más por menos y el miedo a contagiarse, siempre latente, hacen lo suyo y los barbijos y las máscaras no son suficientes para disimular las caras largas.

 Alejandra, Pablo y Damián perciben honorarios que están muy por debajo de los de figuras como Miguel Ángel Rodríguez, Carmen Barbieri o Luisa Albinoni o el jurado. Y a pesar de eso, saben que son unos “privilegiados” por tener trabajo en una industria que está en su peor momento en décadas. Saben que otros asistentes de cámara, otros coaches vocales y otros bailarines están sin trabajo y sin un horizonte claro de cuándo van a poder retomar sus funciones, con una ayuda estatal que cuando llega es poca. Eso no los hace resignar derechos laborales pero sí entender dónde están parados.

Cuando esta medianoche los conductores anuncien cuál es la pareja ganadora, si la de Ángela Leiva y Brian Lanzelotta o la de Agustín Sierra e Inbar Comedi, los focos, el brillo y los premios irán para ellos. Alejandra, Pablo y Damián volverán a sus casas con la satisfacción, sin embargo, de saber que sin ellos la rueda no podría haber girado.

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