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Entrevista

Monchi, de Feine Sahne Fischfilet: “Argentina va a ser algo único en mi vida”

Monchi, líder de Feine Sahne Fischfilet, teloneros de Die Toten Hosen

Claudia Regina Martínez

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Feine Sahne Fischfilet está a punto de cumplir uno de esos sueños que, según su cantante Jan “Monchi” Gorkow, nunca llegó siquiera a imaginar. La banda punk alemana desembarcará por primera vez en la Argentina para acompañar a Die Toten Hosen en tres de los conciertos con los que el grupo de Düsseldorf se despedirá del público local: el 5 de octubre en el Club Unión y Progreso de Tandil, el 7 en el Bioceres Arena de Rosario y el 10 en el Movistar Arena de Buenos Aires. Entre esas fechas, el viernes 9, Feine Sahne Fischfilet tendrá además su primera noche propia en el país, en el Teatro Vorterix.

Nacida hace veinte años en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, en el noreste de Alemania, Feine Sahne Fischfilet construyó una trayectoria en la que el punk y el compromiso político resultan difíciles de separar. El grupo se manifestó desde sus comienzos contra el neonazismo y la extrema derecha y convirtió esa posición en parte de su identidad pública, aunque Monchi asegura que con los años también empezó a desconfiar de las respuestas demasiado sencillas. Esa reflexión atraviesa su nuevo libro, en el que vuelve sobre la vida en el ámbito rural, los vínculos familiares, las contradicciones políticas y su regreso al pueblo donde creció.

La banda alemana Feine Sahne Fischfilet toca por primera vez en Argentina

En conversación con elDiarioAR antes del viaje, Monchi habla con entusiasmo de la relación con Die Toten Hosen, de la Argentina que Campino y sus compañeros le describieron durante años y de su intención de dormir lo menos posible durante la visita. Pero también de una Alemania en la que la extrema derecha avanza, de su decisión de vivir nuevamente en un pueblo donde el 54 por ciento votó a la AfD y de una convicción que hoy considera más necesaria que nunca: “Miremos lo que nos une y no lo que nos separa”.

—Vienen por primera vez a la Argentina y lo hacen con Die Toten Hosen, una banda que tiene una relación muy especial con el público argentino. ¿Qué les contaron del país?

—Que es una locura. Una locura absoluta. Conozco a Campino desde hace muchos años y, cada vez que aparecía el tema de la Argentina, decía que habían tocado en muchísimos países, pero que Argentina era la Champions League. Que era increíble. Que ahora nos lleven con ellos se siente como Navidad y Pascua juntas. Creo que había muchas otras bandas que habrían querido hacer este viaje y, desde que nos dijeron que podíamos ir, estamos llenos de expectativas. Una vez, cuando nos mostraron las canciones de su nuevo disco, ya sabíamos que íbamos a acompañarlos a la Argentina, aunque todavía no era público. Entonces hablé mucho con ellos sobre el tema. Uno de la banda me dijo: “Monchi, si nunca viste a Die Toten Hosen en Argentina, en realidad nunca viste a Die Toten Hosen”. Esa frase se me quedó en la cabeza. A veces, cuando todo el mundo te dice que algo es lo mejor que existe, una serie, una comida, cualquier cosa, las expectativas son tan altas que después pensás: “¿Y esto era todo?”. Se lo dije a Campino. Le confesé que tenía un poco de miedo de que pasara eso. Y él me contestó: “No va a pasar. Vas a quedar fascinado y vas a decir que fueron unos días increíbles”. Espero que tenga razón.

—Die Toten Hosen presenta estos conciertos como su despedida de la Argentina. Feine Sahne Fischfilet lleva ya veinte años. Cuando ves a una banda amiga empezar a hablar de despedidas, ¿pensás en cuánto tiempo más puede durar la tuya?

—Tuvimos muchísimos altibajos. Hay una frase que me gusta mucho y que también sirve para las relaciones y las amistades: todo lo que dura poco es fácil; todo lo que dura mucho también es difícil. Tenemos una canción que dice algo así como: “Si mañana se termina, da igual: hemos vivido”. Es una sensación que tengo muy presente. Esto podría terminar mañana. Cuando fundamos la banda en el patio de la escuela no teníamos la menor idea de que algún día podríamos vivir de esto. Venimos de un pueblo y lo único que queríamos era salir de ahí.

Que ahora podamos tocar en festivales enormes, llenar salas o viajar a la Argentina con Die Toten Hosen sigue resultándome completamente absurdo. Es como un sueño que, en realidad, nunca tuve. Ni siquiera sé leer música. Cuando empezamos, tampoco era particularmente importante para mí el punk rock ni la música. Nuestro bajista se me acercó en la escuela y me preguntó si quería cantar en una banda. Y pensé: perfecto, así salgo del pueblo y pasa algo, porque allí siempre era todo aburrido. Podría haber hecho techno o hip hop. Lo bueno del punk era que no necesitabas saber nada. No tenías que leer música ni dominar un instrumento. Me enamoré de la música con el tiempo.

Monchi vive en un pueblo del este de Alemania donde la mayoría vota AfD

—¿Te imaginás entonces otros veinte años?

—Espero que dure mucho, pero también estaría bien si no sucede. ¿Cuántas bandas pueden decir que estuvieron juntas durante veinte años? Estoy profundamente agradecido. Por eso trato de absorber estos momentos y disfrutarlos al cien por ciento. Cuando pienso en Argentina, pienso: esto va a ser algo único en mi vida. Quiero dormir lo menos posible, ver todo lo que pueda, vivir todo lo que pueda. Quiero estar con la gente, festejar, bailar, reírme, hablar. Quiero llevarme todo lo posible. Conocer a Die Toten Hosen también en lo humano durante más de diez años fue un regalo. No lo digo para quedar bien: si algo me parece una mierda, lo digo. Pero tengo muchísimo respeto por ellos. Algunos tienen la edad de mi padre y después ves a Campino corriendo durante dos horas y media por un escenario y pensás: es una locura. Cada vez que salen a tocar arden. Algo como Die Toten Hosen probablemente suceda una sola vez.

—¿Cómo se conserva el espíritu punk y la capacidad de resultar incómodo cuando una banda alcanza el éxito?

—Mirando lo menos posible el teléfono, tratando de mantenerse cerca de uno mismo y evitando que todo el mundo te llene la cabeza. Escuchando un poco el corazón, aunque eso no signifique que siempre sea lo más inteligente. También ayuda tener buenos amigos y una buena familia. Hablar con ellos, discutir, aceptar las críticas. Hoy diría: escuchar lo menos posible Internet, venga de donde venga. Y en cuanto algo se convierte en una ideología, decir: “Váyanse a la mierda”.

Creo que eso es algo que he logrado conservar, con altos y bajos. Acabo de escribir un libro y mucha gente me decía antes que quizá no debía hacerlo, que determinadas cosas podían traerme problemas. Pero no podés dejarte conducir por eso. Aunque tenga un precio o haya gente que quiera perjudicarte, tenés que intentar mantenerte firme y decir: esto es lo que pienso. Eso tampoco significa creer que siempre tenés razón. Yo dijo muchas estupideces y muchas cosas de mierda. Cambié y probablemente hoy no diría cosas que dije hace diez años. Eso también es parte de la vida. Y musicalmente hay algo muy sencillo: en el momento en que notás que ya no te divertís arriba del escenario, deberías dejarlo. He visto bandas que tenía muchísimas ganas de escuchar y, cuando las veía en vivo, pensaba: “Mierda, ya no tienen ganas de estar ahí”. La gente se da cuenta. No tenés que acertar cada nota, eso da igual. Pero tenés que tener ganas, tenés que estar encendido. Nosotros todavía lo estamos. No hacemos música para la sala de ensayo: tiene que explotar. Lo mejor es cuando la gente sale de nuestros conciertos completamente destruida, pero feliz.

—¿Qué expectativas tenés con el show propio en Buenos Aires?

—Estoy muy nervioso, expectante y entusiasmado. Ya se vendieron más de 800 entradas y eso me parece una locura. Estoy tratando de aprender un poco de español para poder decir algunas cosas en el escenario. No soy bueno para los idiomas, pero quiero intentarlo porque para mí es importante demostrar que me interesa estar ahí. Y quiero ver todos los partidos de fútbol que pueda.

—Feine Sahne Fischfilet siempre se posicionó con mucha claridad contra la extrema derecha. En tu nuevo libro decís, sin embargo, que no querías escribir “el centésimo libro contra la AfD”. ¿Qué cambió en tu manera de pensar esa lucha?

—Ya se dijo muchísimo sobre eso y yo no soy un científico ni un especialista. No creo que pudiera aportar demasiadas cosas nuevas sobre por qué la AfD me parece una mierda. Y no quiero ser un loro. En Alemania todo el mundo sabe cuál es la posición de Feine Sahne Fischfilet frente a la extrema derecha. Yo vivo en un pueblo donde el 54 por ciento votó a la AfD. Y no es lo mismo vivir eso en una gran ciudad que en un pueblo. Creo que esa diferencia entre las grandes ciudades y las zonas rurales existe en muchísimos lugares del mundo. En un pueblo no podés evitar a la gente. No podés moverte únicamente dentro de tu burbuja.

Por supuesto que tengo un límite con los nazis convencidos. No voy a gastar energía discutiendo con ellos. Pero permanentemente me encuentro con otras personas que piensan de manera distinta y no puedo evitarlas. Sobre esas preguntas y esas contradicciones escribí en el libro. Creo que hay que atravesar estos tiempos de la manera más estable posible y sin dejar que te quiten las ganas de vivir. Hace unas semanas organizamos nuestra propia fiesta en el pueblo. Hubo punk rock, hip hop, teatro y cine, y fueron más de 5.000 personas. Participan muchas asociaciones locales y también gente que políticamente no piensa como nosotros. Pero saben perfectamente cómo pensamos. Hay lecturas sobre la AfD, charlas sobre rescates de migrantes en el mar. Me parece bueno que esa gente también pueda encontrarse con esas cosas.

—Una de sus canciones dice “Miremos lo que nos une y no lo que nos separa”. ¿Hoy le das un significado diferente?

—Sí. Intentamos llenar esa frase de vida. Y también vemos todas las contradicciones que implica. No es sencillo. Creo que el tiempo de las respuestas fáciles terminó. Yo mismo antes veía muchas cosas de una manera demasiado sencilla, demasiado en blanco y negro. Hoy me parece más importante hacer algo por la gente que limitarse a estar en contra de algo. Si construimos un skatepark en el pueblo o hacemos conciertos allí, eso no va a cambiar una elección ni va a transformar el mundo. Pero quizá, en una escala pequeña, un concierto o un momento en el que la gente se reúne pueda darle fuerza a alguien. Y eso ya sería algo. ¿Sirve? No tengo idea. Espero que sí, a veces. Pero tampoco lo sé. Lo que sí puedo decir es que, por lo menos, lo intenté.

—Hace tres años volviste a vivir en el pueblo donde creciste. ¿Por qué?

—Porque fui padre. Toda mi familia vive allí. Tengo varios hermanos y siempre estuve yendo y viniendo entre la ciudad y el pueblo. Durante un tiempo pasaba mucho más tiempo en Rostock, pero ahora volví. Nunca me arrepentí. Amo vivir ahí. Mis padres están cerca, mis hermanos también. El jardín de infantes, el lago, el río, el supermercado, el médico: todo queda a dos minutos. A veces también te rompe las pelotas y sentís que todo es demasiado chico. Pero para mí es un contraste maravilloso con estar en una banda, viajar constantemente o haber escrito un libro y estar recorriendo lugares para presentarlo.

Siempre tuve más Heimweh —nostalgia de casa— que Fernweh, ese deseo de irse lejos. Amo el lugar donde vivo. Soy muy localista y me gustaría envejecer allí. Y cuando tenés la suerte de convertirte en padre o madre y, además, tenés una buena familia, entendés el privilegio enorme que significa tener cerca a tus padres y hermanos para que te ayuden. Escribí una canción para mis padres. Yo hice muchas estupideces en mi vida, tuve denuncias y me metí en muchos problemas. Ellos discutieron muchísimo conmigo, pero siempre estuvieron a mi lado. Siempre me dijeron: “Aunque nos parezca una mierda lo que estás haciendo, podés volver a casa. Te queremos”. Hay una línea de esa canción que dice: “Si algún día tengo hijos, quiero ser como ustedes. Me parece una mierda lo que hacés, pero estoy a tu lado”. Eso es lo que hicieron mis padres conmigo.

—Vivís en un lugar donde la AfD obtuvo el 54 por ciento de los votos. ¿Cómo imaginás lo que puede suceder en Alemania y con el avance de la extrema derecha en otros países?

—Creo que conservar lo humanista, lo humano, ya es en sí mismo un acto importante, porque todo esto también hace algo con uno. Vivir en un pueblo donde el 54 por ciento vota eso también me modifica. Uno se vuelve más insensible. Quizá hace diez años veía en televisión un bote de refugiados y personas ahogándose y me indignaba; ahora por momentos cambio de canal. Y eso también es algo contra lo que hay que luchar. No creo que esta situación vaya a terminar mañana. Desde mi punto de vista tendremos que atravesar tiempos difíciles. Por eso es importante prepararse y crear momentos buenos que puedan darte fuerza: un concierto, una fiesta en el pueblo, cualquier espacio de encuentro. No hay que ser ingenuo y pensar que de repente todo va a estar bien. No creo que vaya a suceder. Pero tampoco creo que el mundo se termine mañana. No podemos caer en un estado permanente de fin del mundo.

Hay que intentar convertir en algo concreto eso de mirar lo que nos une y no lo que nos separa, y no dejarlo simplemente como una consigna. Quizá no podamos influir en la gran política. A mí también me encantaría que todo el mundo se quisiera y se abrazara, pero no puedo cambiar eso. En una escala pequeña, en cambio, quizá todavía podamos hacer algo. Un gran amigo mío, que murió hace un año y medio, fue pastor. En la RDA se enfrentó a la Stasi y al SED y, después de la reunificación, se enfrentó a los nazis. Pero también discutía siempre con los suyos. Nunca entraba en ninguna categoría. Fue una persona que me marcó muchísimo. Una vez me dijo que en la Biblia se habla de siete años buenos y siete años malos. Y que durante los años buenos, o durante los buenos momentos que también existen dentro de los malos, hay que juntar fuerzas para los tiempos difíciles. Espero que tuviera razón. La única pregunta es si todavía estamos en los años buenos o si ya empezaron los malos. Hay días en que pienso una cosa y días en que pienso la otra. Depende también de cuánto mire el teléfono.

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