Llevo una década cubriendo a Trump. En la cena de los corresponsales de la Casa Blanca, sentí la oscuridad de forma visceral
Impactante. Desconcertante. Impredecible. Violento. Durante una década he seguido los giros y vaivenes de la América de Donald Trump con el privilegio de la distancia periodística. Este sábado por la noche, sentí que esa oscuridad se acercaba de forma visceral.
¡Bang! ¡Bang! ¿Qué ha sido eso? ¿De dónde venía? A las 20:36 h, el pánico y el caos se apoderaron del enorme salón de baile del hotel Washington Hilton. Había hombres corriendo y se oían gritos de “¡Al suelo!” y “¡No se levanten!”.
Vi a los invitados de la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca —hombres de esmoquin, mujeres con vestido— lanzarse bajo las mesas circulares y, casi como siguiendo una señal, hice lo mismo. Era una escena de tantas películas de Hollywood, pero ahora me estaba pasando a mí, justo aquí, justo ahora.
Agentes del Servicio Secreto recorrieron la sala a toda velocidad, empuñando sus armas. Se produjo un silencio inquietante. Para cuando me levanté para mirar hacia el estrado, Donald y Melania Trump ya habían sido evacuados a toda prisa. En su lugar, había cuatro oficiales con cascos y rifles haciendo guardia con la imagen de la Casa Blanca de fondo y las palabras: “Celebrando la Primera Enmienda”.
Entonces, un hombre de pelo cano con esmoquin pasó junto a nuestra mesa, apoyado en dos hombres porque no podía caminar sin ayuda. ¿Quién era? ¿Se había lesionado durante este drama? No lo sabíamos.
¿Cómo me sentí? Esta es una pregunta que los periodistas hacemos a los entrevistados todo el tiempo. Lo que sentí en ese momento fue una profunda confusión e incertidumbre. Estábamos en el ojo del huracán, pero no teníamos idea lo grande que era ni de qué aspecto tenía.
Este debería haber sido el lugar más seguro de Estados Unidos. El Hilton fue blindado tras ser testigo del intento de asesinato de Ronald Reagan hace 45 años. Tuve que mostrar mi entrada varias veces y pasar por un detector de metales como los de los aeropuertos, ya que Trump asistía a la cena por primera vez como presidente.
De hecho, aquello ya significaba que sería una noche de alta tensión: ¿atacaría Trump a los medios de comunicación en su propio terreno? ¿Los periodistas y demás invitados le aplaudirían, guardarían silencio o se marcharían en señal de protesta? En el aire flotaban las inquietantes preguntas de la era Trump: cuestiones sobre la verdad, la normalización, la resistencia, la capitulación y el autoritarismo.
Hubo algunos vítores y aplausos cuando Trump entró en la sala bajo los acordes familiares de Hail to the Chief. El presidente mantuvo el saludo militar durante todo el himno nacional. Weijia Jiang, presidenta de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca le dijo: “Es significativo que esté usted aquí esta noche”.
Los invitados conversaban entre sí, comían una ensalada de guisantes de primavera y burrata y bebían vino cuando se produjo el incidente. Más tarde descubrimos que un asaltante que portaba armas de fuego y cuchillos embistió un puesto de control del Servicio Secreto en el vestíbulo del hotel antes de ser detenido. Un oficial recibió un disparo, pero se salvó gracias al chaleco antibalas.
Poco a poco, una extraña calma se apoderó sobre el salón de baile a medida que se hacía evidente que el peligro había pasado. Una metáfora de la nueva normalidad. Los periodistas llamaron a sus editores o grabaron vídeos con sus teléfonos. Uno que se encontraba cerca del lugar del incidente me dijo que escuchó cinco disparos; otro dijo haber oído cuatro. Un funcionario de una embajada comentó que el sonido de los disparos le había recordado a su época en Afganistán.
Jamie Raskin, congresista demócrata por Maryland, me contó que el Servicio Secreto lo había arrojado al suelo. “La gente gritaba y chillaba”, me dijo. “La gente estaba aterrorizada. Ahora parecen aliviados, pero definitivamente parece que la noche ha terminado”.
Frank Luntz, consultor y encuestador que lleva mucho tiempo advirtiendo sobre el veneno que se filtra en la política, comentó: “Me molesta que parezca que la gente se siente justificada para gritar, vociferar, amenazar, tirar rocas, tirar piedras, comportarse de una manera espantosa; espero que vosotros en el Reino Unido nunca tengáis que pasar por esto. Pasasteis por esto durante la época del IRA. Esperemos que no llegue aquí mañana”.
Por un momento pareció que la cena se reanudaría. Imaginé a Trump aprovechando el momento —tal como hizo, ensangrentado, tras el intento de asesinato en Butler, Pensilvania— con una actuación al estilo de “el espectáculo debe continuar”, que podría haber cautivado incluso a sus críticos en la sala. Pero el protocolo dictó lo contrario y la cena se pospuso.
El presidente se retiró a la Casa Blanca y ofreció una rueda de prensa ante los periodistas, muchos de los cuáles aún lucían sus mejores galas. No pudo resistirse a utilizar el incidente para justificar uno de sus proyectos predilectos: “No quería decir esto, pero por esto es por lo que necesitamos tener todos los atributos de lo que estamos planeando en la Casa Blanca. Necesitamos el salón de baile”.
Peter Doocy, de Fox News, preguntó por qué esto le sigue pasando a Trump. El presidente citó a Abraham Lincoln y dijo: “He estudiado los asesinatos, y debo decirles que las personas más influyentes... las personas que más hacen, las que causan el mayor impacto, son a por las que van”.
Pero esa no era la verdadera historia. Los últimos diez años han sido testigos de un tiroteo en un entrenamiento de béisbol del Congreso, una marcha mortal de supremacistas blancos en Charlottesville, la insurrección del 6 de enero en el Capitolio de EEUU y los asesinatos de la ex presidenta de la Cámara de Representantes de Minnesota, Melissa Hortman, y su marido, así como del activista de derecha Charlie Kirk. La violencia política está a la orden del día y el sábado, en un lujoso salón de baile de Washington, Trump y los medios de comunicación vislumbraron el borde del abismo.
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