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Conflicto con Rusia

Ucrania se adentra en el quinto año de guerra con agotamiento y escepticismo sobre un acuerdo de paz

Familiares de un soldado caído en combate asisten a su funeral en el cementerio número 18 de Járkov, Ucrania, la víspera del cuarto aniversario de la invasión rusa del país.

Gabriela Sánchez / Icíar Gutiérrez

Járkov / Madrid —

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El reloj marca las 9:00 de la mañana y el sonido de un metrónomo irrumpe un día más en la rutina de las calles de la ciudad ucraniana de Járkov. En un moderno local de café de especialidad, las mismas personas que ríen y desayunan sentadas en las mesas de la cafetería, se levantan de golpe, guardan silencio y dirigen su mirada hacia el suelo. En un movimiento casi automático, las camareras dejan de preparar sus pedidos y se detienen allí donde les haya pillado la señal del inicio del minuto que cada día resuena en las calles ucranianas. 

“Slava Ukraine”, remata una voz femenina transcurridos los 60 segundos en recuerdo a las víctimas de la invasión rusa. El murmullo y tintineo de las tazas regresan a la cafetería. Los clientes se sientan y retoman su conversación, una señora recuerda a su hija que debe acabar su cruasán, el camarero sirve los tés que el metrónomo pilló preparados sobre la bandeja, una mujer retoma su camino hacia el aseo. La escena, ese minuto de silencio por las víctimas de la guerra de Ucrania que cada mañana interrumpe la actividad del país, simboliza la vida que describen muchos ucranianos tras el 24 de febrero de 2022: una vida congelada, en la que todo parece detenerse, pero en la que todo sigue, en una nueva cotidianidad más complicada, más dolorosa, más insegura e incierta; una vida en guerra cuyo final no se vislumbra. 

Los ucranianos alcanzan el cuarto aniversario de la invasión rusa tras un año especialmente difícil. El aumento de las víctimas de civiles, el agotamiento de las tropas, la caída de la moral de los ciudadanos, el incremento de las críticas al Gobierno, la desconfianza hacia unas negociaciones de paz infructuosas y el impacto de los drones en el frente de guerra han marcado el último año del conflicto. Al mismo tiempo, la mayoría de la población sigue afirmando en las encuestas que está dispuesta a soportar la guerra tanto tiempo como sea necesario.

Una guerra que cambia

En Kiev, las avenidas principales amanecen atascadas y sus comercios reciben miles de clientes cada día. La vida nocturna de sus bares ha sido sustituida por la diurna, pero el ambiente de la ciudad permanece en sus teatros, cines, pubs y restaurantes. Mientras miles de viviendas siguen sin calefacción ante los constantes ataques rusos a las infraestructuras energéticas, otras familias se divierten con sus trineos en distintos puntos de la ciudad tras las últimas nevadas. A las 22:00 horas, dos horas antes del toque de queda en la región, todo empieza a apagarse. Muchas de sus farolas no alumbran sus calles, con la intención de reservar la mayor parte de la débil red eléctrica de la ciudad para las viviendas de sus ciudadanos. Las alarmas antiaéreas suelen regresar durante la madrugada en la capital, especialmente durante el invierno, uno de los más duros de la capital. 

Las calles lucen estos días muy distintas a las imágenes del 24 de febrero de 2022 y las semanas posteriores al inicio de la invasión ordenada por Vladímir Putin. Las tropas atacaron por tierra, mar y aire, pero estuvo lejos de ser una campaña relámpago: el Ejército ruso no pudo derrotar rápidamente a las fuerzas ucranianas y capturar la capital. Se empantanaron entonces en una guerra de avances medidos y asedios largos, una guerra de desgaste y, cuatro años después, de agotamiento y resistencia. 



Es casi imposible conocer con exactitud las cifras de bajas militares en el campo de batalla, porque ambos bandos suelen mantener las suyas en secreto. Hay estimaciones que cifran las pérdidas humanas en cientos de miles, como la última del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), que calculó el mes pasado que, desde febrero de 2022, las fuerzas rusas han sufrido hasta 325.000 muertos y las fuerzas ucranianas, entre 100.000 y 140.000 –Kiev ha admitido recientemente el fallecimiento de 55.000 soldados–. Combinadas –y sumando heridos y desaparecidos–, las bajas de ambos bandos pueden alcanzar los 1,8 millones, según el think tank con sede en Washington.

La destrucción persiste y la violencia contra la población civil se ha agudizado. Según la misión de observación de la ONU, el número de víctimas aumentó un 31% el año pasado, que a su vez fue el más mortífero desde el inicio de la invasión a gran escala. En los últimos cuatro años, más de 15.000 civiles han fallecido y más de 41.000 han resultado heridos, la enorme mayoría en zonas controladas por Ucrania –atacadas por el Ejército de Moscú–, según los datos que ha podido comprobar el equipo de la ONU, aunque la recopilación de información es difícil y se cree que la cifra real puede ser mayor. Detrás de cada número hay vidas perdidas o que cambian para siempre, y familias rotas de dolor.

Antes luchábamos hombres contra hombres, ahora ya no

‘Barba’ Alias militar del comandante de la unidad de drones de reconocimiento del batallón Tifoun

La contienda que antes se definía por la artillería y las formaciones mecanizadas evolucionó hacia una centrada en las capacidades de ataque de precisión, la guerra electrónica y los drones, métodos que Rusia también ha adoptado, según explican los analistas. En el terreno, en el frente y sus alrededores, todo ha cambiado. Los soldados que combaten desde los primeros meses de la guerra describen su transformación tras el impulso de los vehículos no tripulados. “Antes luchábamos hombres contra hombres, ahora ya no”, dice ‘Barba’, alias militar del comandante de la unidad de drones de reconocimiento del batallón Tifoun. Si antes solía cumplir con sus turnos en líneas de frente repletas de tanques y ametralladoras, ahora pasa sus meses en una trinchera a 15 kilómetros de la zona ocupada, y observa varias pantallas en un cuartucho bajo tierra. “Antes veíamos a los rusos en la distancia, ahora los vemos, pero a través de la pantalla”, resume mientras mira al cielo a cada pequeño ruido, preparado para disparar en caso de escuchar el zumbido que alerta de la aproximación de un dron enemigo. 

Un técnico militar modifica un dron para convertirlo en un arma de guerra.

Miles de kilómetros de carreteras del país están cubiertas de redes antidrones. El uso de vehículos no tripulados ha dejado inhabitables muchas zonas cercanas a la línea del frente, donde aterrorizan a la población. El año pasado, las víctimas civiles causadas por drones de corto alcance aumentaron un 120%, según la misión de la ONU. En Jersón, una de las regiones más azotadas por los ataques de drones contra los ciudadanos, incluso las calles del interior de la ciudad están protegidas por redes que reducen, no evitan, el peligro. “Mi abuelo fue atacado en su propia casa. Un dron le siguió desde el patio, se coló por la ventana hasta impactar cerca de él”, dice Veronika, quien ha huido por el pánico sembrado por los vehículos no tripulados. El grupo de expertos enviado por Naciones Unidas para investigar los abusos de la guerra ha denunciado que, en más de 300 kilómetros bañados por el río Dniéper, en las regiones de Dnipropetrovsk, Jersón y Mykolaiv, las fuerzas armadas rusas están cometiendo crímenes de lesa humanidad en sus ataques recurrentes con drones. 

Estos aparatos también son los responsables de la mayoría de las bajas en combate. “El frente se ha difuminado, se ha extendido, ahora hablamos de ‘kill zone’ (zona de aniquilación). Antes podías alejarte de la línea de batalla y sentirte más seguro, pero ahora nos sentimos en peligro a 20 kilómetros del frente”, detalla Vlad, un soldado herido en cuatro ocasiones por ataques de dron durante sus misiones.

Sin ventajas decisivas

Desde el inicio de la invasión, las fuerzas rusas se han apoderado de unos 75.000 kilómetros cuadrados (aproximadamente el 12% del país) y controlan unos 120.000 kilómetros cuadrados (aproximadamente el 20%), si se suman Crimea y partes del Donbás, según el CSIS. Se calcula que, a finales de 2022, Kiev había recuperado alrededor de la mitad del territorio ocupado por Moscú durante la fase inicial de la invasión. Con el tiempo, el campo de batalla se ha vuelto más estático y las fuerzas de Putin han logrado algunos avances graduales principalmente en el este. 

Rusia continuó la guerra de desgaste, que les reportó ganancias relativamente pequeñas cada mes: en 2025, se apoderó de menos del 1% del territorio de Ucrania

Emil Kastehelmi Analista del Black Bird Group

A Rusia le lleva tiempo apoderarse de pequeños trozos de territorio y lo hace con un alto coste –según los expertos del Instituto para el Estudio de la Guerra, de 83 bajas por kilómetro cuadrado ganado–. Las fuerzas de Putin avanzaron 4.600 kilómetros cuadrados en 2025, un incremento respecto a 2024, según los analistas del Black Bird Group. Esto incluye la retirada ucraniana de sus posiciones en la región rusa de Kursk tras una operación cuestionada por muchos. Moscú también priorizó el año pasado la toma del bastión ucraniano de Pokrovsk, en la región de Donetsk, donde logró conquistar territorio, y el avance en el sureste de la región de Dnipropetrovsk. También presionó con ofensivas en las regiones norteñas de Sumy y Járkov, donde no consiguió completar la captura de la ciudad de Kupiansk. Asimismo, han tomado algunas localidades en Zaporiyia, zona en las que las fuerzas de Kiev parecen estar contraatacando en los últimos días. El jefe del Ejército ucraniano ha anunciado que sus tropas han recuperado 400 kilómetros cuadrados y ocho localidades en el frente del sureste. 

“Donetsk sigue siendo la zona más conflictiva del frente, pero en 2025 también hubo acción en otros sectores: la derrota ucraniana en Kursk, la ofensiva rusa en Sumy, la casi derrota y el contraataque en Kupiansk y los avances rusos en el este de las regiones de Zaporiyia y Dnipropetrovsk. En 2026, es muy probable que los rusos continúen atacando en un amplio frente”, dice a elDiario.es Emil Kastehelmi, analista del Black Bird Group.

A su juicio, el año pasado fue “en gran medida un fracaso para Rusia, tanto en el sentido operativo como estratégico”. “Militarmente, no lograron victorias significativas en el campo de batalla. En cambio, Rusia continuó la guerra de desgaste, que les reportó ganancias relativamente pequeñas cada mes: en 2025, Rusia se apoderó de menos del 1% del territorio de Ucrania”, prosigue el experto. Para Kiev, de acuerdo con su análisis, el frente se ha mantenido “relativamente bien, a pesar de que algunos sectores son más difíciles que otros”. “Ucrania ha sido capaz de impedir avances rusos importantes, pero al mismo tiempo ha perdido la capacidad de llevarlos a cabo. Los drones dominan ahora el campo de batalla y son el sistema número uno que modifica la dinámica del frente, y ambas partes se adaptan constantemente a lo que desarrolla la otra”, añade. 

Sin embargo, el analista cree que ninguna de las dos partes tiene una ventaja decisiva que pueda provocar cambios importantes en el frente –la mayor parte del mismo se considera una zona gris–.

Pese a mantener a las fuerzas rusas en gran medida a raya en feroces combates, Kiev tampoco se encuentra en una buena posición. Las filas están diezmadas. Los soldados, superados en números y armamento, están exhaustos y en muchas ocasiones pasan meses en sus puestos sin rotación. “Ucrania tiene un problema crónico de mano de obra, el número de deserciones y casos de ausencias injustificadas ha aumentado significativamente”, dice el experto. Bajo la ley marcial, los hombres de entre 25 y 60 años están sujetos al servicio militar obligatorio y tienen prohibido salir del país, salvo en determinadas circunstancias –desde el pasado agosto, los varones de entre 18 y 22 años sí tienen permitido viajar al extranjero–. Según el Ministerio de Defensa, dos millones de ucranianos están en el punto de mira de las autoridades por evadir la movilización. Muchos ucranianos no quieren luchar. 

Desde el comienzo de la guerra, miles de hombres han cruzado la frontera para no ir a la guerra. Otros permanecen en el país, pero con miedo, sin moverse mucho, para evitar cualquier control militar que les pueda mandar a filas. Miles de hombres viven escondidos en sus casas ante el temor de ser llamados a las armas. “Vivía en Kiev, donde estudiaba e intentaba desarrollar mi carrera en una banda de música, pero decidí irme a la casa de mis familiares en otra región por miedo. No quiero ir al frente”, dice Oleksandr (nombre ficticio), de 28 años.

Familiares de un soldado caído asisten a su funeral en el cementerio número 18 de Járkov en vísperas del cuarto aniversario de la invasión rusa.

Si el primer año de guerra era habitual ver a más hombres que mujeres en las calles del centro de las principales ciudades ucranianas, dado que solo ellas podían salir del país y muchas habían optado por esa decisión en los primeros momentos de la contienda, ahora la estampa se invierte. En las fiestas o conciertos, el número de mujeres suele superar al de los hombres jóvenes en edad de servicio militar. Otros buscan cualquier resquicio de la legislación para conseguir la exención al reclutamiento: una abuela enferma, una carrera universitaria que nunca les había interesado, un certificado médico de una dolencia que hasta ahora no les había impedido realizar su vida normal… Algunos reconocen haber pagado por ello. “De mí dependen económicamente varias personas de mi familia, pero eso no aseguraba la exención… Y he tenido que pagar para conseguir el certificado”, admite Ivan (nombre ficticio), de 36 años. 

Durante los primeros años de la guerra, era complicado encontrar a hombres que reconocieran su negativa a servir en el Ejército en caso de ser llamados a filas. Había más vergüenza en un contexto social de exaltación de la soberanía ucraniana tras la agresión rusa, pero el cansancio y el aumento de las denuncias de supuestos abusos cometidos por reclutadores ucranianos durante sus controles en busca de hombres en edad militar han convertido el asunto en habitual en las conversaciones entre ciudadanos. 

El estado de ánimo en el país, cuya unidad contra la invasión apaciguó las luchas políticas durante los primeros años, se ha vuelto más complejo. En 2025, Ucrania se vio sacudida por protestas contra una ley anticorrupción y por la mayor trama que se ha destapado desde el comienzo de la guerra, que ha salpicado al entorno de Zelenski, quien se ha visto forzado a hacer importantes cambios en el Gobierno y su oficina. Aun así, las encuestas mostraron en diciembre que seguiría siendo el candidato más popular en unas eventuales elecciones. 

Cuatro años de crímenes

Entretanto, en Kiev, se han multiplicado las carpas de emergencias instaladas por el Gobierno ucraniano y ONG para calentar a los ciudadanos que deben aguantar temperaturas gélidas sin poder acondicionar la casa. Ante los cortes de luz constantes, muchos ucranianos se adaptan a través de distintos remedios caseros, como las cocinas de gas cubiertas de ladrillos que expanden el calor del fuego o las tradicionales bolsas de agua caliente. Revisar las horas de luz al día en aplicaciones o canales de Telegram forma ya parte de la rutina de muchos vecinos de las ciudades ucranianas más afectadas por el acceso a electricidad. 

En octubre del año pasado, Rusia reanudó su campaña de ataques sistemáticos e implacables contra la infraestructura energética de toda Ucrania, que han dejado en este invierno sin luz, calefacción y agua corriente durante días a millones de personas, incluso bajo temperaturas que alcanzaron los -20 °C.

Dos ancianos con movilidad reducida vuelven a su casa tras calentarse en una tienda instalada por el Gobierno para hacer frente a los cortes de energía en Kiev.

A lo largo del conflicto se ha documentado un largo historial de crímenes de guerra y violaciones de derechos humanos, en particular por parte del bando ruso, como el uso generalizado y sistemático de la tortura y los malos tratos a prisioneros de guerra y detenidos civiles ucranianos, así como violencia sexual y ejecuciones, según la misión de la ONU, que también ha registrado casos de tortura y malos tratos a los prisioneros por parte de Ucrania. En los territorios ocupados, recuerda esta fuente, las autoridades colocadas por Moscú están consolidando ilegalmente su control aplicando las leyes y los sistemas de gobierno de Rusia, obligando a los residentes a obtener la ciudadanía rusa. Putin está bajo una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por la deportación de niños.

La presión de Trump

A medida que el país se adentra en su quinto año de invasión a gran escala, la dinámica actual del conflicto no se entiende sin un nombre propio: Donald Trump. El mismo que juró que podía terminar la guerra en un solo día y ahora ve cómo cumple un aniversario más sin su prometido acuerdo de paz. En el plano retórico, Trump ha adoptado con frecuencia una postura mucho más dura con Zelenski que con Putin. En la retina de muchas personas quedó clavada la bronca del mandatario estadounidense a su homólogo ucraniano en el Despacho Oval el pasado 28 de febrero. Un encontronazo que dejó claro, de manera casi fundacional, que la relación entre ambos países iba a cambiar. En 2025, el apoyo militar estadounidense al país invadido se paralizó prácticamente, aunque Europa ha llenado este vacío. Trump obligó a los aliados de la OTAN a comprar armas estadounidenses y financiar ellos mismos la defensa de Ucrania. “EEUU ha dejado de proporcionar ayuda material en su mayor parte y ya hay algunas luchas internas entre los aliados europeos”, dice Kastehelmi al resumir las dificultades que afronta Kiev.

En el último año, Washington ha intentado impulsar un proceso de negociación con rondas de conversaciones en distintos puntos del mundo auspiciadas por enviados estadounidenses sin experiencia diplomática previa. Aunque las partes se esfuerzan por retratar las reuniones como constructivas, siguen distanciadas en cuestiones espinosas como el control territorial. Se prevén nuevas consultas a finales de esta semana, pero, hasta el momento, las conversaciones solo han culminado en intercambios de prisioneros y se han centrado en cuestiones técnicas. No se ha llegado a ningún acuerdo sobre un alto el fuego. 

Rusia no ha dado muestras de ceder en sus demandas maximalistas y pretende, entre otras cosas, controlar todo el Donbás –las regiones de Donetsk y Lugansk– incluidas partes que no ha conseguido conquistar por la vía militar. Esto es algo que Ucrania no se muestra dispuesta a aceptar, mientras ofrece repetidamente congelar la línea del frente como base de las conversaciones sobre el territorio y se abre a explorar soluciones como la creación de una zona desmilitarizada. Con la membresía de la OTAN fuera de discusión, Zelenski exige sólidas garantías de seguridad de sus aliados que eviten una nueva embestida rusa en el futuro. Según medios como el Financial Times, la Administración Trump le ha dicho a Kiev que tales garantías dependen de que acepte primero un acuerdo de paz que probablemente implicaría ceder la región de Donbás a Rusia.



Pero la mayoría de los ucranianos se sigue oponiendo a ello. Según la última encuesta del Instituto Internacional de Sociología de Kiev (KIIS), de enero, el 52% de los ucranianos rechaza la propuesta de transferir estas regiones orientales a Moscú a cambios de garantías, y otro 31% está dispuesto a aceptarla como un compromiso difícil. Un sondeo previo de diciembre reveló que el 69% de los ucranianos apoya un plan de paz que congelaría la guerra con garantías de seguridad, siempre y cuando Ucrania no se vea obligada a reconocer oficialmente los territorios ocupados por Rusia como parte de Rusia.

Mientras reina el escepticismo sobre un avance en la mesa de negociaciones, que son vistas por algunos como un intento performativo de complacer a Trump, pocos expertos occidentales confían en las intenciones de Putin, quien, además de las demandas territoriales y de neutralidad de Ucrania, planteó, entre sus objetivos, su “desmilitarización” y “desnazificación” –que suele interpretarse, respectivamente, como que no tenga Ejército y que no reciba armamento occidental, y que Zelenski sea derrocado y se imponga un Gobierno prorruso–. 

Kastehelmi subraya que Moscú, en el campo de batalla, “no ha podido llevar a Ucrania a una situación en la que pudiera dictar en solitario los términos de una posible tregua o acuerdo de paz”. “Rusia aparentemente no ha renunciado a la mayoría de sus objetivos originales en la guerra, pero en 2025 no encontró formas adicionales de acelerar el proceso para alcanzarlos”, agrega.

Tatiana Stanovaya, investigadora del Rusia-Eurasia Carnegie Center, ha echado un jarro de agua fría sobre las expectativas de una resolución pacífica y asegura en un artículo reciente que el Kremlin no hará concesiones significativas, aunque se enfrente a una crisis financiera y económica prolongada. “No habrá un acuerdo definitivo ni ahora ni en un futuro previsible. Las negociaciones pueden intensificarse, es posible un alto el fuego a corto plazo e incluso se pueden firmar documentos. Pero, en general, esta simulación de negociaciones solo puede conducir a la simulación de un alto el fuego y a la simulación de un acuerdo”, argumentó. “La principal fuente de la agresión rusa es una profunda desconfianza hacia Occidente y la firme convicción de que este pretende infligir una ‘derrota estratégica’ a Rusia. Mientras persista este temor (y sea compartido tanto por las élites como por la sociedad en general), la guerra no terminará”.

Varias personas en la plaza del Maidán nevada en Kiev.

Pero Trump ha exhibido su impaciencia en varias ocasiones. El propio Zelenski ha contado que EEUU quiere que la paz esté encarrilada para junio, de forma que el mandatario republicano pueda centrarse en las elecciones de media legislatura, donde su partido se juega mantener el control del legislativo. No obstante, la Administración Trump ha establecido previamente plazos que ya han vencido y es difícil saber, por su imprevisibilidad, lo que está dispuesta a hacer sino obtiene las concesiones que desea de Kiev.

La realidad es que, en el país invadido, pocos atisban el fin. En enero, solo el 20% de los ciudadanos esperaba que la guerra terminara en las semanas siguientes o al menos en la primera mitad de 2026. En cambio, el 18% espera que finalice en la segunda mitad de 2026, el 43% en 2027 o más tarde, y el 19% respondió que “es difícil decirlo”.

El Donbás es una fortaleza. Esa parte que controlamos protege a todo el país. Y, si cedemos, van a avanzar más y más

Anna Ucraniana procedente de Bajmut

La respuesta más habitual de los ucranianos tras recibir una pregunta de elDiario.es sobre las conversaciones de paz suele ser la risa. Una pequeña carcajada, una sonrisa irónica o cargada de resentimiento precede unas opiniones cargadas de escepticismo y hartazgo. La desconfianza hacia Rusia y la falta de garantías son dos de los argumentos más citados por la decena de ciudadanos cuestionados por ello por este medio en distintos puntos de Ucrania. 

Tras sonreír y mirar hacia abajo, Anna niega con la cabeza: “No tenemos ninguna esperanza. Llevan tanto tiempo con eso… Creemos que no va a tener ningún resultado”, dice la mujer, de 29 años. “Todos podemos ver que la otra parte no quiere dar ningún paso, solo quiere avanzar y ganar más territorio”, añade la joven, junto a su pareja, tras visitar una exposición de un centro cultural de la ciudad de Járkov. Procede de ese territorio en el que Rusia más ansía avanzar, al que se niega a renunciar en las negociaciones de paz, el Donbás. Viene en concreto de Bajmut, ocupada actualmente por las tropas rusas. 

“El Donbás es una fortaleza. Esa parte que controlamos protege a todo el país. Y, si cedemos, van a avanzar más y más”, dice. Su ciudad, el lugar donde creció y donde su familia vivía hasta el inicio de la guerra, casi lo ha dado por perdido. Cree que no volverá. 

Hace una semana se encontró con un vídeo en redes sociales. Aparecían las calles de Bajmut, los edificios de su ciudad, los caminos que tantas veces recorrió pero, ahora, ocupados por las tropas rusas. “Cuando vi a los rusos en sus calles, al lado de los edificios que veía todos los días, no podía parar de llorar. Me di cuenta de que nunca voy a regresar”, lamenta Anna.

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