Los cuadernos de invierno

La fiebre como aplicación

Fabián Casas Cuadernos de invierno

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Voy a contar cómo fue el día en que volví a tener fiebre sin culpa, sin tener que llamar a contactos estrechos ni nada de eso. Fiebre de vivir. Como el disco hermoso que Moris grabó en España cuando se tuvo que exiliar porque sino, acá, gracias a la Triple A, la iba a pasar “bomba”. Un disco de rock que asimiló el lenguaje español sin que cuando lo escuches se vuelva artificial, como las traducciones de Anagrama: “Un chaval en un portal de la calle principal..” dice uno de los temas. Y después las baladas sobre Madrid con esa poesía que Moris podía poner sin problemas, esa voz singular que ya nos había conmocionado en 30 minutos de vida y Ciudad de Guitarras callejeras, dos obras maestras. Con esos dos discos Moris ya lo había dado todo: como Juan Rulfo, pero tuvo más, Fiebre de vivir, un disco inestable, un boomerang que mandaba desde Madrid, que mucho tiempo después estrenó en Obras, cuando ya podía volver a tocar en su país –el nuestro- , recital al que asistimos con mi hermano Juan y en el que Moris irrumpió entrando desde atrás de las butacas –a nuestras espaldas- tocando la guitarra, caminando hacia el escenario y haciéndonos girar para que nos diéramos cuenta que el mejor rock and roll siempre viene en la dirección opuesta. 

Para mí la fiebre siempre sucede en la infancia. El día que me vacuné, muy temprano, en el barrio en que nací –porque como pensé que iba a tener fiebre, qué mejor que volver a casa- fue un día de sol, muy frío. En un hangar inmenso donde en otro tiempo la llevaba contra el piso el Cordero Telch y donde después pusieron un supermercado y donde ahora veo gente emocionada sacándose fotos porque los acaban de inocular, una enfermera me hace preguntas protocolares. Me dice lo que puedo llegar a sentir. Elijo el brazo izquierdo. Me dice que me quede un rato para ver si hay alguna reacción y que después me vaya. En mi primer carnet del partido comunista tenía esta frase escrita, como advertencia: “No dejes que este carnet caiga en manos de la Reacción”. 

No caí. Cruzo la avenida y me encuentro con un bar con hinchas de San Lorenzo que discuten la llegada de Ortigoza. Un chico llamado Johny. Tomo un café, con medialunas. Me uno a la charla. De golpe empiezan a hablar de un documental que se hizo sobre volver a Boedo. Uno de los tipos, alto, en edad de vacunarse, dice que a él no le gustó un pelado escritor que decía –en el documental- que “no había que volver a Boedo”. Yo tengo puesto un gorro ruso y con el barbijo y los lentes, no se da cuenta que el pelado soy yo. Me saco el gorro. Quedan estupefactos los seis que están reunidos. Es notable lo que se produce en las caras de la gente cuando conocen a un traidor. 

Por la tarde estoy con mis hijos en casa, veo con Julián, el más chico, Pokemon, una serie de dibujos japonesa. En la serie, por lo que entiendo de la mente retorcida de los japoneses, unos chicos capturan pokemon –que son como mascotas transformadas por una explosión atómica- que tienen poderes y la posibilidad de evolucionar en otra forma más letal. Pero lo que me molesta del dibujito es que los chicos capturan a los pokemon y los entrenan para pelear con otros pokemon, como en las riñas de gallo. Le digo que no me gusta el dibujito y él me dice: “¡Vos no entendés, papá!”. Pero yo estoy pensando en una amiga de una amiga que era una maestra pokemon, es decir, una persona con la habilidad y el deseo de hacer pelear a otros. Esa gente que uno tiene que desactivar rápidamente porque vive de la riña ajena. 

Les hago comida a mis hijos y pongo el partido de Uruguay y Argentina por la Copa Melba. De pronto, hay una jugada donde se presume un posible penal contra Cavani. Pero el comentarista argentino dice: “No fue penal, para nada, no lo tocó”. Yo trato de buscar en el control del smart tv la función que hace que el comentarista argentino opine sobre la misma jugada pero en vez de que a Cavani, el penal se lo hagan a Messi, para saber si va a decir lo mismo. Es una función contrafáctica. Pero de golpe me doy cuenta que esa función no existe y que lo que me hace pensar así es que estoy delirando de fiebre. No hay aplicación con esa función en el smart: la aplicación es la fiebre. 

De golpe me doy cuenta que esa función no existe y que lo que me hace pensar así es que estoy delirando de fiebre. No hay aplicación con esa función en el smart: la aplicación es la fiebre.

Y con la fiebre llega el dolor muscular. Los Babasónicos están en mi casa en una fiesta –pero ¿quién la organizó, por qué, y la burbuja? Y ellos agarran mis cds y se lo empiezan a regalar a otra gente que anda entre mis cosas. Yo les digo: no los regalen, yo sólo escucho cds. Y entonces salimos de casa, corriendo –pero ¿porqué corremos?- y llegamos a la placita Martín Fierro y Monga –un asistente de los Babas- me dice: mirá, debajo del Ombú hay un garage donde se organizan recitales y hoy toca Andrés. ¿Andrés?, ¿en serio? Entonces entramos con Monga y Andrés está cantando en el escenario…salvo que es mujer! Entonces me acuerdo de esos versos geniales de Juan Gelman: “¿Y si Dios fuera una mujer? ¿Y si Dios fuera una de las seis enfermeras locas del Pickapoon Hospital?”. 

Entonces siento algo en mi mano izquierda, como si alguien invisible me la estuviera tocando suavemente. Es la mano de la enfermera yanqui que se llevó a Diego para el antidoping. Por acá, por acá, me dice. Después me explica que para salvarme tengo que adivinar cuál va a ser el próximo juguete de moda en la temporada escolar. Es cuestión que estudies los gustos de tus hijos y te adelantes. Si adivinás el juguete y lo fabricás, listo. Pienso en los juguetes de las últimas temporadas, todos ansiolíticos: spinner, popit  o el squishie. La era de la ansiedad, como el poema famoso de W. Auden, cuya cara, en la vejez, parecía, por las arrugas intensas que la surcaban, una cama sin hacer. Unas sábanas arrugadas y húmedas por la transpiración de la fiebre. Hay que leer en el sudario que deja la transpiración, que nos prepara el guionista. 

Tomar agua, agua, una, dos, mil veces mientras pasa la noche. Mear, mear, mear. El mantra del agua: en definitiva todo se reduce al agua, a la forma en que circula o se estanca.

FC

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