Análisis

Murió Colin Powell, el mensajero negro de la tortura blanca

His Master's Voice, el militar y diplomático que presentó a la ONU testimonios arrancados en Guantánamo para defender la guerra de Irak de George W. Bush fue el funcionario de familia negra que más alto llegó en la administración pública de EEUU antes de la presidencia de Barack Obama.

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Como nunca antes y nunca después, en el gabinete del republicano George W. Bush un descendiente de familia negra africana ocupó la Secretaría de Estado. Nominalmente, el personaje más poderoso después del propio presidente. La política Exterior de EEUU fue puesta en manos del general Colin Powell, en 1987 primer negro asesor de Seguridad Nacional y en 1989 primero como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Al frente de la diplomacia de Washington, fue la voz que en febrero de 2003 arengó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para alentar la invasión de Irak. Justificó la guerra con testimonios arrancados bajo tortura en Guantánamo, y acusó a Saddam Hussein de la fabricación clandestina de armas de destrucción masiva. Sobre esta falsedad efímera se formó una coalición internacional. Flotas, aviones, tropas avanzaron a sangre y fuego, ocuparon Bagdad, controlaronlos pozos petrolíferos, encontraron una guerra civil entre kurdos, sunitas y shiitas oprimidos, pero nunca encontraron las armas secretas. El desprestigio erosionaba la integridad que volvía positiva y convincente a la figura de Powell, y menguada su utilidad, renunció en 2005, tras ganar Bush su reelección. El domingo murió a los 84 años, vacunado con dos dosis pero enfermo de Covid-19, en una habitación del Walter Reed National Medical Center. No consiguieron salvarle la vida los médicos que en octubre pasado le dieron el alta al septuagenario Donald Trump, que se habían internado infectado por el coronavirus.

A George W. Bush le repugnaba el sentimentalismo plurimulticultural pero nunca le disgustó el optimismo cínico. Vencido el candidato demócrata Al Gore en el pleito judicial contra su rival republicano por el voto de Florida en las presidenciales de 2000, el personal que sin alardes ingresó con George W. Bush en la Casa Blanca exhibía una diversidad novedosa, estridente y a la vez reservada. Lejos del prolijo arcoíris de minorías étnico-culturales del actual gabinete de Joe Biden, en 2001 la adjudicación de poder a personas de color pudo parecer dirigida a dotar de músculo a la administración. Y sólo en segundo término a mejorar la imagen del ‘verdugo de Texas’ sucesor de Bill Clinton.

La más distraída ojeada de los obituarios publicados o difundidos por los medios internacionales se encontrará con una rotunda denegación de la veracidad del cuadro de situación del párrafo anterior. Aun en países audiblemente opositores a las guerras de Afganistán y de Irán, y a la militarización y culpabilización retaliatorias que orientaron como exclusiva guía a la política exterior norteamericana (y, a la rastra, británica y atlantista) después  del ataque de veinte años atrás a las Torres Gemelas. Hoy el diapasón fúnebre más sonoro es la denuncia de la hipocresía de los patrones y amos republicanos que usaron, desgastaron y descartaron a Powell. Amos que eligieron a un negro, como faz creíble en el mundo del ‘conservadurismo  compasivo’ –slogan de la campaña de Bush-,  primero para mentir, y después para que monopolizara el pago del costo político de las mentiras.

El solo nombramiento de Powell como secretario de Estado había sido saludado como ejemplar. La culminación de la carrera de un negro que en 1992 había aterrorizado a Bill Clinton cuando anunció una candidatura presidencial de la que después desistió era el modelo viviente, sin más palabras, de la encarnación del sueño americano, de la meritocracia democrática ciega al color. Con lógica enteramente falaz sin ser por completo ineficaz, si el secretario de Estado era negro, entones el presidente no era racista. La carrera de Powell, sin más límite que su albedrío probaba que lo que podía uno podían todos, y que la sociedad y el gobierno de EEUU habían detectado y enervado los mecanismos que hasta ayer reproducían las desigualdades.

Sólo Barack Obama superó a Powell como símbolo exportable de triunfo sobre el racismo. Powell endosó la candidatura del jurista demócrata en sus dos campañas, fue crítico de Trump, abogó por zoom a favor el precandidato Biden en la última y virtual Convención Demócrata, y votó por él en las elecciones de noviembre. El simbolismo que aunaba a Powell con Obama estetizaba la insuficiencia de los logros que el símbolo sintetizaba. Sólo en un maquillado sentido amplio eran afro-americanos. Sus familias provenían de África, pero no de las masas traficadas por el Atlántico, y vendidas y compradas en EEUU. El fin del trabajo esclavo en las plantaciones costó un guerra Civil cuyas heridas aun ahora no cicatrizaron en el Sur, el bando derrotado.

En el caso de Obama, ni siquiera era descendiente de esclavos. Su padre era un economista de Kenia, que regresó al África. La madre de Obama era blanca, pero en las taxonomías raciales tradicionales de EEUU no hay mestizos: un octavo de sangre negra en la genealogía clasifica censalmente a una persona como negra.  

Tony Blair, aliado de Bush en la cruzada anti-iraquí, ponía a Powell como paradigma de movilidad ascendente en el capitalismo democrático, un pobre negro descendiente de esclavos que llega a la cima por su solo esfuerzo: en una sociedad sin clases, decía, cualquiera puede ser un self-made man. También esta no dejaba ser una imagen acomodaticia, y falsa. En Jamaica, los Powell explotaban una próspera empresa de panificación, y sus estándares de vida estaban sólidamente por encima de la media de la población afroamericana.  La familia migró a Nueva York en la década de 1920, y el hijo bautizado como Colin Luther nació en Harlem en 1957.

El propio Powell, que a partir de 2005 reclamó que se investigara a la CIA, al vicepresidente Dick Cheney y al secretario de Defensa Donald Rumsfeld por la información que el habían dado en mano antes de elegirlo para hablar en la ONU en 2003, nunca minimizó las ventajas diferenciales con las que contó desde su infancia. También en el Caribe, en las colonias inglesas, los negros habían sido esclavos. Pero la abolición había llegado mucho antes y sin guerras sangrientas como en EEUU, decía. En una entrevista de 2002, preguntado por sus canciones favoritas, dijo que eran el himno de EEUU y “Vamos a vencer” la balada pacifista que Joan Baez hizo famosa en 1963 y que cantó Martin Luther King porque había sido oída en el 1900 con las primeras luchas por los derechos civiles. Esta doble preferencia ilumina también una duplicidad, un impulso y un freno, la esperanza con que desafió un mundo jamás amigable, y el sentimiento del deber que doblegó, de una vez y para siempre, todos los desafíos.

AGB

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