Los shows de fútbol, una pandemia en miniatura

"Programa sin Nombre", iba a la medianoche por TyC Sports. Trataba al fútbol y a los periodistas de fútbol como lo merecen: ridiculizándolos hasta el infinito con un humor brutal, ácido, irónico, infantil y sin límites. Se rieron de todo y de todos, sin excepción.

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…todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades

Jorge Luis Borges (1899-1986) — De ‘Utopía de un hombre que está cansado’ (1975)

En los años ’60 existía un programa llamado ‘Polémica en el fútbol’ que yo veía junto a mi papá. Para un niño de la época que crecía sabiendo la palabra ‘Perón’ era igual a ‘caca’, era algo impresionante ver cómo discutían los hombres grandes, levantando la voz pero sin gritar la frase que era sinónimo de sirenas policiales: “¡Viva Perón!”.

Allí se discutía sobre la única actividad de masas permitida en aquellos tiempos: el fútbol.

En un estudio amplio podía verse una tribuna armada con tablones ocupada por gente ansiosa y vestida de cualquier manera, camisa suelta, remeras de la época, sacos arrugados como cama usada, camisetas de su club. Allí había hinchas de todo tipo, lo que debía ser, pienso hoy, una idea base de la producción. Diversidad en la discusión, algo que hoy suena muy exótico.

Los moderadores vestían como deben vestir los animadores de un programa y eran los encargados de dar la palabra a los hombres del tablón. Primero el elegante Fontanarrosa, luego un joven Julio Ricardo con un señor flaco, alto y con anteojos gruesos llamado Apo ‒el padre del Apo que conocemos hoy‒ señalaban al elegido, la cámara lo buscaba y el tipo decía lo que quería.

No parecía algo ensayado previamente, porque a veces alguno intentaba hablar y se perdía, o tartamudeaba, o escondía la cabeza entre las piernas de la vergüenza. Algunos insultaban y eran inmediatamente expulsados del estudio por los moderadores, bajo la mirada condenatoria de sus colegas.

Había, eso sí, un grupo más canchero a los que los animadores recurrían cuando había que darle soltura al debate. Eran de River, de Boca, de Racing, Independiente o San Lorenzo, pero también había de Atlanta, Platense, Argentinos Juniors, de los equipos de La Plata y Rosario si jugaban en Capital. No eran amables entre sí. Esa era la idea.

A un costado, una mesa con periodistas. Lo recuerdo a Raúl Olivari, a García Blanco, y a otros que no recuerdo. Ellos ocupaban el lugar del saber. Cuando la cosa se desmadraba y los moderadores no podían dominar los gritos, apagaban el micrófono de la jirafa que recorría el tablón y hablaban ellos. Explicaban, y aún en la discrepancia eran didácticos. Era el momento de racionalidad. Aquel programa tuvo años de éxito y una lenta pero inexorable curva de decadencia que se acentuó en los ‘80.

La idea fue retomada en los años ’90 por Gerardo Sofovich, que lo llamó ‘Tribuna caliente’, un nombre mucho más acorde al estilo de ‘Más pinas que las gallutas’, inolvidable revista que inmortalizara su hermano Hugo en una temporada de verano de Villa Carlos Paz, a fines de esa misma década.

En ‘Tribuna Caliente’ apareció la génesis del nuevo biotipo de periodista deportivo cazador de rating y publicidad berreta: el ex árbitro Guillermo Nimo. La tribuna y sus espontáneos desaparecieron rápidamente y solo quedó la discusión entre periodistas, con el aporte de Nimo que, boquilla de oro, anillos y anteojos de sol, hacía lo suyo: decir cualquier cosa.

Ya con el nuevo siglo, el estilo de los programas de fútbol logró un estrato superador: convertirse en un verdadero show. Con Alejandro Fantino llegó ‘El show del fútbol’, donde ya no se necesitaba una tribuna con hinchas que gritaran. Los que gritaban eran los periodistas, que abandonaron el ‘lugar de saber’ para ser, sin la menor culpa, la irracionalidad tribunera.

Fantino es un especialista en provocar una polémica de la nada, porque sí, salvo cuando operó para que el dueño de América, Daniel Vila, llegara al sillón de AFA que ocupaba Grondona. Una aventura que terminó en sainete de Vacarezza con Vila en la vereda, sin siquiera poder entrar al edificio. 

La técnica de Fantino es sencilla: opinar lo contrario al resto, sea lo que fuere. Es su oficio. Lo hace hoy en el debate futbolero de los lunes de una pantalla fría como ESPN, ya en poder de Disney, con un staff de especialistas que deben superar la incomodidad de trabajar juntos después de años de competencia feroz y encima tolerar los delirantes planteos de Fantino en busca de calentar el debate y subir los números del programa.

El 9 de diciembre, a dos años de la derrota en Madrid en la final de la Libertadores, Boca perdió 1 a 0 con Racing y su idea era que el infausto aniversario podía haber influido psíquicamente en el ánimo del equipo. Pese al estupor de Mariano Closs y Diego Latorre, comenzó a hablar del inconsciente, de Freud, Lacan para dummies, esas cosas. La cosa era tan ridícula, que ni siquiera pensando en Disney y su nuevo contrato pudieron disimular su furia. 

Fantino no tiene ningún problema. Él empezó relatando a Boca y su opinión era sencilla: todo para Boca. No necesitaba pensar. Después tuvo un paso amable por TyC Sports hablando con jugadores de su edad sobre chicas, salidas, joditas. Intentó con una productora, Dalí, y le duró poco. Empezó ‘Animales sueltos’, un previsible programa nocturno en América con chicas de la noche, cómicos en modo Corona y playboys del subdesarrollo que, de manera insólita, se convirtió en un programa político.

No fue el único que mutó. Santiago del Moro empezó ‘Intratables’ como un programa de farándula, que poco a poco terminó siendo un programa político. Si alguien tuviese que definir los tiempos macristas en pocos minutos, debería repasar ese caos de gritos, frases que nadie completa ni oye, campanitas, timbres, ruidos. Mucha gente hablando para no decir nada. Una síntesis perfecta de época.

El fenómeno solo es explicable por la profunda decadencia de lo que alguna vez se llamó periodismo y de la precariedad de muchos, demasiados, políticos. Encajan bien ahí. No se profundiza nada, se sonríe. Fin de la cuestión. Por eso Del Moro y Fantino animaron los shows políticos más vistos. Y hoy, otra vez calabazas, volvieron a lo suyo: el entretenimiento, el fútbol.

El “¡Para, pará! ¿vos me estás diciendo, bla bla bla…?”, que impuso Fantino como muletilla, en realidad surgió de lo que le decía el Turco Asis ‒que obviamente él veía como a Chomsky‒ y, claro, no alcanzaba a comprender. Después, ese despiste fue muletilla y marca. 

Lo que surgió como la voz de los fanáticos desde la tribuna de un estudio terminó, medio siglo después, con periodistas a los gritos, arrogándose ser la voz y el pensamiento del hincha. Gente que no piensa, solo quiere que gane su equipo, como sea. Extraordinario.

Por eso en TyC Sports varios periodistas han vencido un tabú histórico: confesar de qué club son. Lo hacen para seguir trabajando, de un lado o del otro. Porque hoy el fútbol es River o Boca, como indica el simpático modelo importado de España, donde solo importan el Real Madrid y el Barcelona. Los demás ex grandes a la cola; y los chicos, a jugar de extras.

El único programa serio de la especialidad ni siquiera tenía nombre. Se llamaba ‘Programa sin nombre’ y trataba al fútbol y a los periodistas de fútbol como lo merecen: ridiculizándolos hasta el infinito con un humor brutal, ácido, irónico, infantil ‒todo hombre que discute de fútbol tiene 10 años‒ y sin límites. Se rieron de todo y de todos, sin excepción.

Después de cuatro años y un éxito considerable en el particular público de la medianoche, el 31 de diciembre fue levantado de la programación sin demasiadas explicaciones. Chau. Los volaron.

Y así estamos, compatriotas.

Sin nombre y en caída libre.

HA

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