Opinión - Perdón que interrumpa

Randazzo, López Murphy y los políticos que vuelven del desierto

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Un haiku del legendario Yosa Buson decía que “Ante los crisantemos blancos / las tijeras / vacilan un instante”. Menem, que no debe haber leído haikus, dijo: “Nadie muere en la víspera”. En la mitad de su presidencia atravesó el dolor indecible: enterrar un hijo. Entre cables de alta tensión y los restos de un helicóptero, el cuerpo del hijo. La peor muerte. En la saga de presidentes peronistas (los que más duran porque más los votan) fueron tres los que enterraron seres amados: Perón enterró a Eva, Menem a su hijo Carlos, Cristina a Néstor. Luto y después. Las presidencias deben cumplirse como misión histórica. El poder es un scrum. Nadie está solo. Alberto Kohan decía: “No existe la soledad del poder, existe la soledad después del poder”. El tipo rengueaba por un escopetazo que se pegó sin querer en una pierna cuando, con sus amigos, practicaba una de sus pasiones: cazar. El tiro en el pie. 

Una mañana de otoño de 2011 lo entrevisté junto a Federico Scigliano y Diego Sánchez para la revista Crisis. Al final bajó a abrirnos porque él se iba también. Una oficina enorme, en Retiro, dos horas de charla y el teléfono no sonó ni una vez. Hacía ya demasiados años que había dejado el poder. Y el poder lo dejó a él. Su cara se había borrado de las memorias. Los tres lo vimos irse rengueando y perderse por una avenida Libertador que era un bullicio, gente que iba y venía. Reinado del BlackBerry de esos años, la media mañana esa “hora pico” del estar en la suya de cada laburante. Solo y anónimo, en el hormiguero, Kohan se perdía casi tragado por la ciudad que había ayudado a construir. 

Esas imágenes: la gente de poder después del poder. El día después. Un travelling sobre esa nada de objetos detenidos: el reloj pulsera, el libro a medio leer en la mesa de luz, la foto con un Felipe González, los pequeños santuarios con los restos del imperio personal. Política te pide todo: 24/7. Y un día se termina. Esa manzana arenosa mordida en la penumbra: estás solo. Un amigo me cuenta que cruzó una noche en la calle a Marcos Peña. Buzo con capucha, paseaba su perro, se detuvo con el perro en un árbol, al lado de ese árbol donde el can levantó la patita hacían ranchada unos trabajadores de Rappi. Lo vio curioso en esa conversación entre trabajadores venezolanos. Los miraba de reojo. Era el mundo de Peña sin Peña.

Alberto Kohan decía algo sobre el tiempo después del poder: “Te salvan los amigos de siempre, los de toda la vida”. Macri nunca abandonó el fútbol -y las cartas- con los mismos con los que se midió el hombro toda la vida. Los Kirchner volvían a Calafate, más que a un lugar: a ser las personas que ya no eran. Un día termina el poder, ¿y adónde te vas? Esta anécdota que cuenta Orson Welles. Churchill, el gran hombre del Estado británico, un día perdió. La anécdota habla de un gesto casual, sin querer, un saludo gentil y ligero de Churchill (ya ex presidente, ya retirado) a Orson Welles. Y que con ese gesto bastó para conseguirle la plata de un empresario ruso al que el director estaba meloneando para financiarle una película. Todo ocurre en la playa de un hotel en Venecia. Al otro día, y enterado Churchill del efecto, lo que había sido sin querer se llena de sentido con un chiste: Churchill le hace una reverencia a Welles. Humor inglés. Pero hasta Churchill un día terminó. Y siguió viviendo así 

Ginés González García está vestido por la política de los últimos veinte años: aborto, obispo Baseotto, los genéricos, sanitarismo. Y el final que conocemos. Vestido así, pero en ojotas, y espiado por mil cámaras. Toma café. Pasea por Europa. Se reúne con Sigman. Ginés aceptó en 2019 jugar su partido despedida en el gobierno de Alberto (“te necesito, Ginés”). Después de la gestión macrista que cometió errores simbólicos tan servidos en bandeja que cualquier arranque tenía un plus: con sólo devolverle estatus de ministerio a Salud después de ser secretaría alcanzaba por un rato. Vino la Pandemia, casi nadie la vio venir. Fue el peor final. 

Macri también está en Europa. El ángel exterminador, como le dice Asís, masculla una hipótesis descarnada de su final, mientras se desata lo que hasta ahora había sido su obsesión: ser dueño de la marca y controlar el deseo de sus otros. Vivió obsesionado con Vidal los cuatro años de inquilinato en Olivos. En palabras de un asesor de Macri, el poder se le está yendo en el suave golpe de Estado interno del Pro. En la fiebre de sábado por la tarde: hubo un nuevo episodio de ese golpe: Patricia bajaba su candidatura.  

¿Cómo es la vida después del poder? Es tal el horror al vacío que hace que los políticos no se retiren. Hay excepciones: Chacho Álvarez, Eduardo Macaluse. Carrió, como Mirtha Legrand, eterna anunciadora de un retiro que nunca se concreta. Habrá alguna más, pero son excepciones que confirman la regla. No hay retiro en la política. ¿Cuándo se termina una carrera? Así, en estos días, Florencio Randazzo y Ricardo López Murphy están de regreso. Lo de Randazzo es previsible. Lo de López Murphy no tanto. ¿Qué hizo entre 2003 y 2021? Después de ser ministro, después de ser candidato a presidente, después de la popularidad del bulldog. Atravesó el desierto. Bramó los ajustes que no vinieron. Justo contra lo que se construyó todo el nuevo orden. Eludir eso. 

Randazzo confirmó que va a presentar lista en estas elecciones legislativas, y que lo hará por afuera del oficialismo, en una agrupación propia. Lo apoyan Roberto Lavagna y Juan Urtubey. “Alberto Fernández no respondió a las expectativas”, dijo, seco, con los ojos rojos por el viejo afecto. Lo llevaron casi a la rastra al apoyo en 2019. Veinte mil llamados quebraron su voluntad y entonces hubo foto para completar el álbum de la unidad: acto en Chivilcoy. A Randazzo en redes lo llaman en esa tradición que inauguró Luis Zamora con cara de piedra que hace olvidar su “pasado glorioso”: el político de años impares. Dato del peronismo desde que vive bajo el imperio kirchnerista: las “rebeliones” son todas bonaerenses. Los otros peronismos del interior, a lo sumo, y como en Córdoba, se hacen autonomistas, se alejan, enfrían su vínculo, algún gobernador pica un poco y se pincha. El nuevo bipartidismo tiene este corazón duro: PBA versus CABA. De hecho, ahí tiene cada frente su interna. Y después los melones se acomodan. La insoportable verdad duhaldista. Y es en PBA donde se desatan rebeliones a ese “sistema de gobierno” del peronismo nacional porque el poder está ahí. En ese “territorio” está todo lo que se puede decir del modo en que la política se reconstruyó desde la crisis. De Narváez, Massa y Randazzo, se pararon de manos ahí. El peronismo es bonaerense y luego existe. 

López Murphy se presentará en CABA y dentro de Juntos por el Cambio, en la que promete ser una gran PASO donde se juega realmente algo. La oposición dirime en “la gente” la política que nació para la gente. Ofrece su sinfonía para una disputa del poder. Volvamos a López Murphy: su lanzamiento tuvo el spot “Todos tenemos un López”, que parece recoger el hilo de su campaña de 2003. Donde decía que el voto es “escoba, lavandina y detergente para limpiar el país” y preguntaba “¿Usted mandaría su hijo a la escuela si el director es Menem? ¿Usted mandaría a su mamá al médico si el médico es Kirchner?” Su intención es más o menos básica: contener la fuga de un voto por derecha más independiente de Juntos por el Cambio (hasta acá en el tándem Vidal-Bullrich). Esa fuga de votos libertarios (jóvenes crecidos durante el kirchnerismo al que miran como al status quo) con la imagen de este viejo “pater” familia. Un hombre cordialísimo, de honestidad intelectual brutal, que propuso un ajuste machazo en 2001, antes de que llegue Cavallo, y que eyectaron del poder casi en el último mérito por izquierda que se adjudica a la Franja Morada (movilizada contra él). Su gracia electoral de 2003 recogía ese capital político: él había propuesto cortar por lo sano, un mega ajuste en todos los rincones del presupuesto público y salvar los ahorros. Qué hubiera pasado si… es su cara. ¿Lo que podíamos y nunca se dio? Se llegó a especular con un balotaje entre Menem y López Murphy. Una hipótesis tirada de los pelos pero cuyo recuerdo nos remonta a la lectura de esos años: la escritura de la crisis de 2001 no era automáticamente “progresista”. Las dos noches (la del 19, la del 20) eran las noches de carnaval final de una década que necesitó romperse con la furia de sus creyentes. Romper desde adentro. El ahorrista. 

Curiosidades en cadena: no hay partido político más clásico que la UCR sumado a que fue durante el gobierno de un radical que se produjo el cénit de esa anti política (voto bronca de octubre de 2001, el ingenio ciudadano medido en “¿qué se me ocurre poner en el sobre?” preservativos, facturas, dibujos, puteadas). Pero con los radicales se produce una paradoja en el lanzamiento en PBA de Facundo Manes, y en este resurgir de López Murphy: se detecta el intento de captación de cierta –ya histórica– “anti política”. La habilidad del macrismo, nacido en esa noche del 19 de diciembre, fue homologar los tics anti-políticos al anti-peronismo. Un “gobiernan siempre los mismos” devenido en un “gobiernan siempre los peronistas” (la famosa herencia de los “70 años”). Que se vayan todos… los peronistas. Todo ocurriendo en el escenario consolidado en el que se reconstruyó finalmente el sistema político, podemos decir, a veinte años de que explotara el país, y bajo la letra no escrita de un solo acuerdo: no volver a explotar nunca más. Más allá de los fallidos de cada cálculo, Cristina con L-Gante o Macri con El Dipy son la UCR yendo por Manes: parecen decir entre muchas cosas que en tiempos de mishiadura nada de la sociedad nos será ajeno. La política oteando el horizonte: qué hizo la pandemia con la sociedad.

MR

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