El pasadizo secreto de la Librería Hernández: cómo ocultaron 235 mil libros que la dictadura luego prohibió
Bajando las escaleras hacia el depósito de la Librería Hernández, Damián Carlos Hernández colocó una estantería vieja y profunda a lo ancho del pasillo. El fondo era una pared de cartón prensado de 8 metros con repisas repletas. Si se corrían los libros, parecía que el sótano finalizaba ahí. Pero a un costado, detrás de los estantes, una puerta oculta de apenas medio metro se abrió una noche de mediados de 1975 y dos hombres la atravesaron en cuclillas.
–Por ahí mi padre, junto con Rogelio García Lupo, pasaban los libros “subversivos”–dice María Susana Hernández, Marisú.
Es la menor de las tres hijas de Damián Carlos Hernández y Emilce García, fundadores de la librería de la calle Corrientes 1436. El local, que cumplió 70 años, decidió –en el marco de los 50 años del golpe– exhibir los libros que la dictadura había censurado.
Hernández sabía que venía una mano dura, no de gusto había estado preso en tres oportunidades. Sus hijas, acostumbradas a un padre relajado, empezaron a notarlo distinto. Cada noche apoyaba los codos sobre la mesa, se tomaba la frente y se perdía en dramáticos pensamientos hasta que llegaba la cena. Acaso en una de estas abstracciones, meses antes del golpe de 1976, imaginó el pasadizo secreto. Un muro ilusorio para ocultar más de 235 mil libros que pronto serían prohibidos.
–Yo la llamo la “estantería de la resistencia”–.
Apoyada sobre una pila de libros en el depósito, Marisú prende un cigarrillo y señala las dimensiones de la puerta oculta. Hasta ahí llegaba ella, juntando el material que su padre y sus amigos escondían del otro lado, un espacio del mismo tamaño que la librería donde aún hoy se conservan muchos de estos ejemplares envueltos en papel madera y diarios de la época que Marisú toca al pasar.
–El olor–dice Marisú caminando ya entre los pasillos del sótano escondido–. El olor de estos libros...
Con 20 años, Marisú era una joven estudiante de medicina que admiraba a su padre. Apodado el “Librero Mayor” por Osvaldo Bayer, Hernández fue una figura central en la circulación de ideas políticas y culturales en la Argentina de los años 60 y 70. Su local se convirtió en un espacio de encuentro, formación y discusión para estudiantes, militantes e intelectuales, por donde pasaron personajes como Eduardo Galeano, Arturo Jauretche y David Viñas. Tenía cultura general y una memoria prodigiosa para ubicar libros, desde los más accesibles hasta aquellos perdidos en lo alto, adonde Marisú llegaba con una escalera para retirarlos y bajarlos al sótano cuando no quedaba nadie más en el local.
Durante seis meses, Damián Carlos Hernández, su hija Marisú y Pajarito García Lupo trabajaron escondiendo más de 235 mil títulos en un sótano clandestino.
La librería ya había cerrado esa noche de mediados de 1975. Desde el año anterior, la Triple A lo hostigaba con llamadas: “Te vamos a reventar, librero”, amenazaban. Hernández seguía ordenando cuando alguien tocó la puerta. Abrió: era Rogelio García Lupo, que dirigía Eudeba. “Pajarito” entró, “siempre impecable”, se arremangó y se comenzaron: Marisú bajaba libros y ellos los pasaban al sótano clandestino a través del pasadizo. Tenían por delante seis meses de trabajo y más de 235 mil títulos por esconder, siempre fuera del horario comercial, para que nadie los vea.
Pero alguien los vio.
Emilce y la memoria de los libros prohibidos
–Dios mío, otra vez los libros–.
Emilce García está por cumplir 100 años, y cuando su hija, Marisú, y su nieta, Mariana, entran a la habitación donde está internada y le muestran el video que hicieron el 28 de enero al cumplirse un año más del día que las fuerzas conjuntas allanaron la librería Hernández, Emilce García se lleva las manos a la cabeza, y dice:
–Dios mío, otra vez los libros–.
A 49 años de aquel cierre, Marisú Hernández reconstruyó en ese video la historia del material prohibido: el secuestro sistemático y el intento por hacer desaparecer el catálogo. Tras la publicación en redes sociales, la repercusión fue inmediata. Cientos de personas contaron su vínculo con la librería y su historia durante el golpe (“yo tuve que quemar mis libros”, dijo uno. “Mi papá los enterró”, contó otro). Muchos padres y madres se acercaron y llevaron uno de estos ejemplares para enseñarles a sus hijos.
La escritora Laura Ramos contó que la “gloriosa” librería Hernández le “salvó la vida”: “Hernández le daba a mi padre libros ‘en consignación’ para que mi madre los vendiera en Montevideo. Así comíamos. Hernández nunca los cobró”.
Lila Filler, hermana de la desaparecida Silvia Filler, contó que durante la dictadura pidió un libro prohibido de Cortázar y se lo entregaron. “Pude conseguir el Libro de Manuel. Recuerdo que primero me dijeron que no, luego me dijeron que esperara y finalmente me lo entregaron ya envuelto”, dijo.
La escritora Laura Ramos contó que la “gloriosa” librería Hernández le “salvó la vida”: “Hernández le daba a mi padre libros ‘en consignación’ para que mi madre los vendiera en Montevideo. Así comíamos. Hernández nunca los cobró”
La mención a la librería Trilce en el video abrió otra historia. Poco después, se contactó el hijo de sus dueños, ambos secuestrados y desaparecidos. Contó que, como a muchos hijos, la historia llega más tarde: primero el silencio, después las preguntas. Días después, fue a tomar un café con Marisú. Nunca se habían visto. Sus padres eran Isabel Valencia y Horacio Edmundo Fernández.
Al otro costado de la cama, Mariana transmite desde su celular a la televisión el video de Marisú en el depósito. Emilce se recuesta y observa. Aunque su nombre casi no circuló públicamente, fue cofundadora de la librería en 1956 y una figura central en su sostenimiento. De perfil bajo, ligada al trabajo cotidiano, sostuvo a la vez la vida familiar y el proyecto en contextos adversos. Durante la dictadura atravesó desplazamientos entre Buenos Aires y Montevideo, sin perder el vínculo con sus hijas. Si Hernández fue la exposición y el carisma, ella fue el trabajo silencioso. Tras la muerte de su marido, en 1987, su presencia en la continuidad del proyecto familiar se volvió más evidente. Siguió así hasta que la pandemia la obligó a recluirse.
–Esos libros–dice Emilce, con una mano en la frente, al terminar de ver el video–, esos libros...
Los allanamientos y el exilio
El 28 de enero de 1977, cerca de las siete de la tarde, suena el teléfono en Corrientes 1452.
–Librería Hernández.
–Hola, Eduardo –saluda Damián Carlos Hernández.
–¿Eduardo?
–Tenemos visitas, en este momento no podemos atenderlo –responde Eduardo Mora y corta.
Efectivos de la Seccional Quinta irrumpen en la librería. Remueven libros y retienen testigos. Damián Carlos y Emilce, desde Comodoro Rivadavia, vuelan a Aeroparque. Observan su hija Ana María y su marido, Eduardo Mora, encargado del local. Marisú está en Boedo, en un cumpleaños. “Quedás detenido por vender libros de izquierda”, le dicen a Mora. Ese día secuestran unos 8 mil ejemplares. Entonces, bajan al sótano.
Llegan a la enorme estantería, antigua y cargada de libros. Corren algunos volúmenes y ven, al fondo, una pared de cartón. No sospechan. Clausuran el local y se llevan a Eduardo.
Nadie en la familia imagina que la detención de Eduardo se va a prolongar. Durante años, casi no se habla de esos seis meses en las cárceles de Devoto, La Plata y Caceros. Se enterarán años después de algunas cosas que vivió en libros que se escribieron. Esa tarde lo detienen. Un mes y medio más tarde, tras un segundo allanamiento el 18 de marzo, lo sacan de la comisaría y lo llevan nuevamente a la librería. Alguien había denunciado la existencia de un “sótano escondido”.
Esta vez, los policías destruyen la estantería. Detrás aparecen pilas y pilas de libros. “Enloquecen”. Se llevan un ejemplar de cada título. El resto queda ahí. Eran unos 235 mil ejemplares.
Entre ellos, El peronismo, de Gonzalo Cárdenas (Ediciones Cepe); Formaciones económicas precapitalistas, de Karl Marx (Polémica); Testigos de China, de Bernardo Kordon y otros (Carlos Pérez Editor); Literatura y cultura popular, de Antonio Gramsci (Cuadernos de Cultura Revolucionaria); entre muchos otros.
Esa tarde del 28 de enero, Ana María —embarazada— se queda sola. Busca a su hermana y vuelven a su casa. Carlos Damián y Emilce regresan y se refugian en lo de la “tía Yolanda”, amiga de confianza.
El 8 de febrero, en su Fiat 1600 rojo, Marisú pasa a buscar a su padre y lo lleva hacia el puerto para exiliarse en Uruguay.
–Esperá –dice él–. Llevame por Corrientes.
Desde el auto en movimiento, miran la librería clausurada. Siguen en silencio hasta el puerto.
La librería vuelve a abrir a fines de 1977, con el sótano clausurado. La administración queda en manos de Ezequiel Leder Kremer, ex pareja de Marisú y padre de Mariana, que le da una impronta adaptada a la época. “Para mis viejos era importante que esto se mantuviera. Y así lo hicimos”, dice Marisú.
El matrimonio se instala en Montevideo. En Argentina desaparecían muchos de sus amigos. Hernández enferma. Le diagnostican un cáncer de estómago que arrastra hasta su muerte, en 1987. Tenía 63 años.
“No pudieron con los libros”
Marisú es médica y trabajó durante años en terapia intensiva hasta que un problema de salud la obligó a dejar. A comienzos de los 2.000 retomó su trabajo como librera en un local más chico, en Corrientes 1311, que cerró con la pandemia. Entonces volvió a este lugar, donde todo había empezado.
–Estar acá, en silencio, me llena de energías. Pero también esta librería representa muchas otras cosas...
Camina por los pasillos del sótano revisando viejos libros. Se detiene en uno. Lo huele y lo abre.
–No sabes lo que significa este libro para mí–, dice.
–¿Qué importancia tienen los libros hoy?
–Están intentando destruir la cultura y el pensamiento, es terrible lo que está pasando; y el libro como objeto es incomparable. Con mi hija, mi hermana, mi sobrina y la gente que trabaja, que son verdaderos libreros, intentamos mantener la impronta que dejó mi viejo: promover la cultura, que el libro llegue a la gente, que vengan y lo toquen.
Marisú sube las escaleras hacia el salón. Entre clientes que caminan, se ubica a unos metros de los libros prohibidos exhibidos en unos estantes.
–¿Cómo se sintió tras la publicación del video?
–Fue impresionante la repercusión. Un hombre me llamó y me contó que estuvo el día del allanamiento. Hubo madres que vinieron para enseñarles a sus hijos el significado de estos libros.
–¿La respuesta fue siempre positiva?
–Mi hija me contó que hubo algunos haters en redes. Dicen cosas como “esta señora se salvó vendiendo libros comunistas”. Lo dicen con liviandad, pero esas palabras te llevan directamente a un momento oscuro. Yo tenía 20 años entonces, pero no eran los 20 de ahora.
–¿Cómo era antes?
–Estábamos involucrados. Yo era más feliz. Había entusiasmo porque había ideales. Hasta el golpe, eso nos cambió la vida.
–¿Qué aprendió y que admiraba de sus padres?
–Lo que más admiro en ambos es el compañerismo–(con la voz quebrada)–, y la coherencia. Y que nos permitieron leer: mi viejo me decía “vos leé; este es un facho pero lee, lee para que no te engañen”.
–Entonces, ¿que representa esta librería para usted?
–Representa a los desaparecidos que venían a leer y a pensar acá. Cuando los militares encontraron los 235 mil libros, eran demasiados y no pudieron quemarlos ni llevárselos. Tampoco pudieron con la librería. Eso es lo que nos mantiene vivos.
LN/MG
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