De “Rey de la carne” a cortesano de la nada: “Por primera vez en mi vida soy empleado de otra persona”

Alberto Samid en su casa de Ramos Mejía.

“A mí sacame las fotos que quieras, pero yo de acá no me muevo. Hacete unos mates… No, fotos ahí no, que no soy Gardel yo, no soy ningún capo. ¿Que te muestre la pulsera? Tampoco. ¿Qué te pensás que soy? ¿Una vedette? ¡El mate traé! No, las fotos acá. Estoy en esta situación, a ver si me entienden”. La “situación” de Alberto Samid es así: está en prisión domiciliaria hace un año y medio porque la Justicia lo condenó a cuatro años de cárcel por evasión fiscal y asociación ilícita. 

Samid estuvo prófugo en abril del año pasado. Por televisión, aseguraba estar en el país, instalado en una estancia y que para encontrarlo había que pasar 14 tranqueras. Pero Interpol dio con él en Bélice. Se difundieron unas fotos que alguien le había tomado en el aeropuerto de Panamá: gafas, camisa negra, sombrero de dandy. Lo repatriaron pronto.

Ahora el “Rey de la Carne”, el matarife que intentó mantener a lo largo de tres generaciones el negocio que montó su abuelo, se sienta a la mesa de la galería. Nos cubre una sombrilla y nos secunda un perrito. Es un chihuahua té con leche, los ojitos oscuros y redondos como las uvas, que reaccionará ante cada gesto de su dueño irguiendo las orejas. También están aquí uno de sus hijos y un sobrino. Ahora traen una gaseosa y los vasos, y una bandeja con el mate y la pava eléctrica. Samid sorbe un mate y lo apoya con fuerza sobre la mesa, que es de vidrio y tiembla un poco con el golpe.

Prefiere que lo retraten aquí porque “ya te dije, la Justicia, si no tuviese este problema me saco 50 fotos, qué carajo me importa, pero después me sacan como en Caras y en vez de darme una mano, me dan con un caño”. Lo dice como si estuviéramos en una mansión, pero lo cierto es que esta es una casa típica del Oeste del Gran Buenos Aires: un garita de seguridad en la vereda, dos pisos, ladrillo a la vista, rejas, un patio con una pequeña pileta en forma de riñón, los jazmines en flor, no mucho más. 

“A mí me acusaron de deber un impuesto que ya había prescripto. Entonces, ¿qué hicieron? Me pusieron ‘asociación ilícita’. En el gobierno de (Mauricio) Macri me mandaron a decir ‘no hablés más porque vas a tener problemas’. Y yo hablé y sigo hablando. Primero me cerraron 400 locales y después me clausuraron el campo y después los frigoríficos y después me metieron en cana. Y bueno, hay que bancarsela”, dice Samid, de un tirón. No está enojado ni fastidioso: está chinchudo.

Lleva en la muñeca la tobillera electrónica con la que controlan sus movimientos. El Tribunal Oral en lo Económico N°1 dispuso en junio del año pasado el traslado desde el penal de Ezeiza, donde estuvo tres meses detenido, a su casa, en Ramos Mejía. El beneficio fue por cuestiones de salud. Por eso la tobillera no abraza su tobillo: las piernas gruesas como columnas. A los 72 años, Samid tiene sobrepeso, hipertensión, una afección cardíaca, diabetes y estrés. La tobillera en su muñeca parece un reloj sin hora. El tiempo corre mientras él mira la tele desde el sillón. Frente al plasma hay una bicicleta fija que le da fiaca usar. 

-¿Cómo vive el encierro, Alberto?

-Me duelen las rodillas porque estoy excedido de peso, pero por adentro estoy muy bien. Nunca fumé, tengo los pulmones blancos, impecables. Nunca bebí, no le conozco el color a la droga. Y estoy acá, leo, miro la tele, alguna película. Ahora estoy enganchado con la serie de Pablo Escobar, qué artistas los colombianos, eh, cómo hablan. Martes y jueves voy a natación. Lunes, miércoles y viernes puedo salir a trabajar.

-¿En dónde trabaja?

-En el Mercado Central.

-Usted fue vicepresidente del Mercado.

-Sí. Lo conozco muy bien. 

-¿Y ahora qué hace ahí?

-Trabajo.

-¿Pero su función cuál es?

-Y... trabajo ahí, con una empresa, para una sociedad que compra y vende fruta, verdura… De todo... los precios, al por mayor... Paso el informe yo. Y eso.

-¿Entonces trabaja para alguien?

-Sí.  

-¿Es la primera vez que trabaja…?

-Sí, por primera vez en mi vida soy empleado de otra persona. Pero no me importa. En Ezeiza estaba peor. Doce horas por día encerrado en un lugar del tamaño de un baño, de dos por dos, con llave. Y doce horas en un patio. Tres meses, los peores de mi vida. 

-¿Por qué dice que le armaron una causa?

-Por opositor al gobierno de Macri, porque nunca me callé la boca. El país se hundía. A los seis meses lo vi. ¿Y qué pasó? Dejaron un país con una deuda infernal. Caí en la volteada de esa mesa judicial que armaron para meter presos a los que los denunciaban al gobierno de Macri. Los padres de esos tipos hicieron desaparecer 30 mil argentinos. Los abuelos de estos tipos bombardearon la Plaza de Mayo. Y bueno, a mí me metieron en cana y me fundieron.

Samid, un emblema del sector agropecuario, golpea la mesa. Dueño de varias hectáreas de campo y cabezas de ganado, tuvo dos frigoríficos, una cadena de carnicerías (La Lonja) y otra de comidas rápidas (MacRey), además de una fábrica de embutidos. Daniel Scioli lo nombró vicepresidente del Mercado Central en 2014, pero María Eugenia Vidal, cuando lo sucedió como gobernadora de la Provincia, lo sacó del cargo. Samid, que había logrado cerrar el círculo de producción ganadero, hoy no sólo está preso sino retirado del negocio. Es la debacle del Rey.

-¿Cómo es su situación económica ahora?

-Y… no es buena. 

-¿Y cómo sobrevive?

-Con cosas, con amigos. Con mi familia, con mis hijos, tengo muchos hijos.

-¿Sus cuatro hijos lo…?

-Cuatro no. Tengo seis. Cuatro con mi señora. Y otras dos con mujeres distintas. 

-Pero esas hijas...

-Están reconocidas, están bancadas… Todos por igual, eh. Les di mi apellido a las dos. Mirá, las mamás querían abortar y yo les dije que no. 

-¿Por qué?

-Yo soy pañuelo celeste

El camino a la corona 

En esta misma casa pero hace 30 años, la gente hacía fila para retirar una caja de alimentos que incluía, básicamente, carne. Era parte de la campaña que había encarado Samid cuando se postuló a gobernador de la Provincia, en 1989. Entonces ya ocupaba una banca como diputado Bonaerense. Aquella elección, al final, la ganó Antonio Cafiero.

Pero su aparición en la arena política empezó mucho antes. Su campo de acción fue el Oeste del conurbano. Cuando La Matanza era barro, él era el pibe encargado de las pintadas callejeras con lemas como “Perón vuelve” o “La vida por Perón”. Y cuando La Matanza seguía siendo barro, él cargaba al hombro las medias reses --120, 140 kilos por unidad-- que otros distribuidores no querían repartir porque preferían el asfalto para abastecer a las carnicerías de la zona. En la Ford 28 llevaba una manguera: si se resbalaba y la media res caía en el barro, tenía cómo limpiarla. Esa tarea la compartía con su hermano, quien en los noventa sería acusado de meter en la Cámara Baja al “diputrucho”

Después del barro matancero, abrió el primer frigorífico. Samid no tenía corona, pero ya era Rey en su tierra y con la expansión vacuna vino la expansión política. Él fue quien consiguió el Menemóvil en el que el ex presidente, Carlos Saúl Menem, se paseó en campaña con Duhalde en 1989. Fue asesor del riojano hasta que lo echaron. Resulta que en plena Guerra del Golfo, en agosto de 1990, envió un cargamento de carne a Irak violando el embargo de Naciones Unidas al que la Argentina había adherido. Fiel a su estilo, Samid acusó a Menem públicamente de ser “un traidor a los árabes”

Mientras desplegaba carnicerías, tomó el mando del partido Justicialista de Morón, en tiempos de la intendencia de Juan Carlos Rousselot. También fue presidente del Club Deportivo Morón, el Gallito. Para fines de los noventa, Samid amasaba una fortuna. Siempre estuvo en la mira de la Dirección General Impositiva, DGI, uno de los tres organismos que integran la Administración Federal de Ingresos Públicos, Afip. En la causa por la que está detenido, la sospecha es que se quedó con 32 millones de pesos que le pertenecen al Estado. Eso, entre otros problemas.

-¿Qué tema le preocupa hoy, Alberto?

-El contrabando. Pasaron dos gobiernos de Cristina, uno de Macri y este gobierno, y se implementó el contrabando. El otro día agarraron ocho camiones de cereales que iban para Brasil. Los camioneros cargan los camiones, cobran la changa y después dicen “menos mal que nos dan trabajo”. Eso que pasaba hace 500 años, que venían los gallegos con los espejitos de colores con los indios, pasa ahora. Hoy cualquiera tiene una aduana. Hay que poner 50 tipos leales de uno y que pase todo por el mismo lugar. Camión que no pase por la aduana, se decomisa. No solo la mercadería sino el camión, porque los fleteros cuando decomisan un camión dicen “ah yo soy fletero, me mandaron”. Se hacen los boludos, pero ellos son parte del negocio. Y los productores de cereales, que mienten con el peso: dicen que cargan 150 millones de toneladas y no, son 300. Mienten desde la balanza. En este país te conviene más contrabandear que vender droga.

Samid golpea la mesa, que es de vidrio, cada vez que remata con una exclamación. Y con la fuerza del puño sobre el vidrio rebota la pava, el mate, la botella de gaseosa, los vasos de vidrios, el chihuahua.

Los camioneros cargan los camiones, cobran la changa y después dicen 'menos mal que nos dan trabajo'

elDiarioAR quiso saber si el contrabando es un problema real y grave la Argentina. La primera dificultad es que no hay información oficial, solo notas sueltas en portales de noticias. Al parecer, el contrabando sucede con cereales, soja y, sobre todo, con la pesca. La estimación es que sale del país un 30% más de lo que se declara. Habría un sistema montado de puertos privados, rutas sin controles, fallas del Estado, triangulación con países limítrofes, con la complicidad de empresas multinacionales…. Por lo pronto la modalidad existiría, pero a pequeña escala

Caí en la volteada de esa mesa judicial que armaron para meter presos a los que los denunciaban al gobierno de Macri

Samid va a golpear la mesa de vidrio otra vez. El chihuahua debe intuirlo, porque está todo atento, el cuerpito tenso, los ojos eléctricos. Vamos:

-Y de la posibilidad del acuerdo porcino con China, ¿qué opina?

-Si arreglamos con los chinos este país está liquidado. En diez años no queda nada. Fijesé que los chinos llegaron hace veinte años y se quedaron con todo el consumo. Mi abuela y mi mamá decían “voy al almacén de Don Juan, voy de Don Pedro”. Hoy mi señora dice “voy al chino”. Estos tipos no nos dan trabajo a nosotros porque dicen que somos ladrones, que traemos a la suegra y que en la caja no le cobramos el azúcar… Ellos son más sacrificados que nosotros: viven en el mismo lugar en el que trabajan, traen a la mafia china… Ayer mataron a otro chino, nosotros no estamos en esa categoría todavía. ¿Aparte quién puede hablar con un chino si cuando le reclamás el vuelto se hacen los boludos, “no-entendo no-entendo”? Son una cultura milenaria y por eso no conviene. Ahora, si nosotros armamos los criaderos y le vendemos, sí. Pero no hay que darles jurisdicción

También golpeará la mesa cuando diga lo esperable: que en los súper chinos apagan las heladeras de noche y que le cambian las etiquetas a los vinos baratos para venderlos como caros.

Jaque al Rey y aquella pelea con Mauro Viale

En 1982, Alberto Samid le empató una partida al ajedrecista Anátoli Karpov. En 2010, a Gari Kaspárov. En 2013, a Vaselin Topalov. Los tres son grandes maestros del ajedrez. Samid aprendió a jugar de casualidad, cuando una familia polaca se mudó a Ramos Mejía, muy cerca de su casa. Era un matrimonio con cinco hijos, todos más o menos de la edad de Samid. Dos de ellos iban a la misma escuela que él. El padre de los polacos era profesor de ajedrez y les enseñaba a todos. Con el tiempo, los hermanos no querían jugar entre sí y elegían como contrincante al pequeño Samid. 

-¿Cómo hizo para empatarle a tres campeones de ajedrez?

-Porque para enseñarnos, el polaco nos hacía analizar las jugadas. En ese momento, el Clarín tenía una sección especial del ajedrez, que venía con la ilustración de cómo se movían las piezas en el tablero. Y el polaco nos decía “ven, siempre juegan de la misma manera cuando hacen simultánea, así, así, así. Para empatarles a estos tipos hay que hacerles este juego”. Y bueno, yo hice el juego que el polaco me dijo.

-¿Qué le gusta del ajedrez?

-Es el único juego que te enseña a pensar qué tenés que hacer. Vos mirás el tablero y tenés que tomar decisiones a futuro: tengo que hacer esta jugada para llegar hasta allá. Todos los demás juegos los tenés que resolver sobre el momento, no te ayudan a pensar para mañana.

Cae la noche en este patio de esta casa de Ramos Mejía y en el ventanal que divide el living del patio de Samid se refleja la cara del periodista Eduardo Feinmann. El plasma está encendido en el canal A24. En la pantalla se recorta el manubrio de la bici fija que a Samid le de fiaca, mucha fiaca, usar. 

Temo que ante la próxima pregunta vuelva a golpear la mesa de vidrio y el chihuahua, esta miniatura nerviosa que esta debajo de la mesa, se asuste. Cuando ya era el rey indiscutido de la carne, allá por 2002, se trenzó a trompadas con el periodista Mauro Viale durante una emisión de su programa. Esa secuencia, que se eternizó en Internet, lo erigió como uno de los soberanos más populares de la Argentina. Bueno, a ver, vamos:

-¿Se arrepiente de haber golpeado a Mauro Viale?

-¿¡Pero de qué me voy a arrepentir!? Un tipo que me acusó de haber avalado una bomba en la AMIA, que dijo que yo maté a 85 personas... ¿Qué querés que le diga? ¿“Señor, disculpeme, no es así”? Escuchame, una locura. Mirá, yo una vez me peleé… Bueno, en realidad yo me peleé muchas veces, pero una vez me peleé con un tipo y le fui por el lado de la madre y el tipo me dijo: “No, Turco, con mi vieja no te metás”. Y claro, yo le respondí: “Tenés razón, tu vieja es una santa pero vos sos un turro”. Fijesé que yo me disculpé con el tipo. Seguí peleándome, pero me disculpé. Y con lo del periodista este, yo le dije que se tenía que arrepentir porque pensé: “Este se arrepiente y me voy”. ¡Pero no! ¡El hijo de puta aumentó la parada! Y no me quedó otra que darle una torta… 

Claro que Samid golpeó el vidrio. Por supuesto el chihuahuita se asustó. Pero ahora es la noche y Samid insiste en que no quiere fotos en su jardín. A cambio ofrece que veamos su quincho, que ahí hay diplomas, trofeos, recuerdos. Y fotos: Samid imponente, vestido de gaucho, montando un caballo; Samid asomando entre un maizal; Samid contra Kasparov; una remera autografiada, un póster de Pocho La Pantera dedicado, una carta firmada por el actual canciller Felipe Solá… Eran otras épocas, las de gloria. Entonces Samid aprovecha, nos distrae, y se escabulle hacia la sombra de su living.

VDM

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