Lecturas

¿Qué hacemos con Menem?

¿Qué hacemos con Menem?

Menem después de Menem

Federico Zapata

Nuestra generación en el menemismo

Para quienes nacimos entre el regreso de Perón a la Argentina (1973) y la vuelta de la democracia (1983), la generación X tardía, el menemismo fue nuestro primer acto de autonomía política. Es decir, fue nuestro ingreso a la ida política por decisión propia. Vivimos nuestra adolescencia política con Menem. Y en la mayoría de los casos, hicimos política contra Menem. Menem era la representación de un “mal absoluto” que debíamos combatir.

Hacer política en los noventa podía implicar –al menos principalmente– tres cosas. Formar parte del peronismo de base, aquel que se había alejado del Partido Justicialista, que se había reagrupado en la militancia social y que de a poco comenzaba a construir nuevas bases de representación polí­tica y gremial. La experiencia más significativa de esta vía a la iniciación política fue sin dudas el Frente Grande. Y en lo sindical, la CTA (Central de Trabajadores de la Argentina), como forma de representación gremial alternativa a la CGT (Confederación General del Trabajo). El carisma de Carlos “Chacho” Álvarez y la honestidad de Víctor De Gennaro.

También podía significar formar parte de la corriente trotskista más importante de América Latina, que, por esas curiosidades de la historia, era argentina: el MAS (Movimiento al Socialismo). A esta corriente le tocó protagonizar la primera interna abierta del país entre los principales referentes de las fuerzas que conformaban Izquierda Unida: Luis Zamora ver­sus Néstor Vicente. La “primavera trotskista” parecía indicar la hora de Zamora. Sin embargo, nos tocó presenciar el último estertor del poder soviético: miles de viejos afiliados al PC (Partido Comunista) salieron de debajo de las baldosas y nos dieron una nalgada de socialismo “realmente existente”. El PC argentino, que parecía un río manso, era una organización con una masiva nómina de afiliados, ciertamente avejentados, que funcionaban como células dormidas activables ante un llamamiento de la nomenclatura del Partido.

Zamora fue elegido diputado, aunque lo deberían haber ungido diputado rebelde. En pleno consenso menemista, mientras todas las bancas aplaudían de pie al presidente estadounidense George H. W. Bush, se levantó de su banca, venció la seguridad del Congreso, y le cantó las cuarenta. “Acá no pasarás, Bush”. Bush sonrió, y vaya si pasó.

Finalmente, y hacia fines de los noventa, cuando estas dos variantes de socialización política comenzaron a mostrar signos de agotamiento, hacer política pasó a ser sinónimo de militancia social. Hija de la crisis de representación, la militancia social fue el refugio de los primeros jóvenes desilusionados de la democracia partidaria: agrupaciones estudiantiles y de trabajadores desocupados de derechos humanos, campesino-­indígenas, colectivos de alfabetización, cooperativas de tierra y trabajo. No es casual que el primer kirchnerismo se edificara como representación política de estos jóvenes desclasados, militantes sociales “vacantes” en el sistema de partidos.

Parafraseando a Cooke, el menemismo fue el hecho maldito que amalgamó estos tres posibles recorridos. No se trataba de compartimentos estancos, sino de avenidas con múltiples intersecciones.

A principios de los noventa, mi hermano de la vida, Agustín, se reunió en el centro de la ciudad de Córdoba con militantes estudiantiles de diferentes colegios secundarios. La cita era en un café. Uno de los asistentes planteó moción de orden: “Yo quiero militar”. Votación unánime por el “nosotros también”. “¿Dónde?”, preguntó un asistente. Votación unánime de nuevo: “En el Frente Grande”. Los adolescentes precoces pagaron el café con monedas (literal). Caminaron durante horas. No lograron encontrar el local del Frente Grande. Pero encontraron, en cambio, el local del MAS. Esa tarde empezaron a militar.

Meses después, Agustín relató lo acontecido a un viejo sindicalista de Luz y Fuerza, quien tomó papel y lápiz y anotó la dirección del local del Frente Grande: Urquiza esquina Santa Rosa. Luego de algunos meses, el grupo de amigos definió conjuntamente, como en aquel café de las monedas, pasar del MAS al Frente Grande. A Agustín no le gustó el rumbo que tomaba la fuerza y hacia 1995 concurrió a un encuentro fundacional: H.I.J.O.S. (con puntitos). Allí se quedó y allí creció.

Así de porosas y vertiginosas fueron las fronteras políticas de nuestra generación. En las tres avenidas, siempre, militar implicó estar en contra de Menem. Nuestra generación X tardía se lanzó a aquella experiencia de socialización democrática, sin dejar por ello de vivir y experimentar el menemismo cultural. Vimos MTV, coleccionamos latas de cerveza importadas, lloramos con Maradona en Italia 90, descubrimos el champán, la NBA, los Simpson, llenamos nuestra pared con pósteres de la revista 13/20, usamos babuchas, pelo largo, Axe o Impulse, aros, nos tatuamos, estudiamos inglés, tuvimos nuestras primeras vacaciones en Brasil (algunos), nos comunicamos con teléfono fijo, nos escribimos cartas de amor, fuimos a la matiné, tuvimos que mudar del casete al CD, del Atari al Family Game, del walkman al discman, de la máquina de escribir a la computadora. La Ferrari aspiracional, el Ford Escort posible.

Militamos –sin mucho éxito– contra el menemismo político y, al mismo tiempo, fuimos transformados por el menemismo cultural. El menemismo estaba lleno de contradicciones. Eso lo hacía profundamente argentino.

Por supuesto, y más allá de estas tres corrientes que se solapaban, la experiencia menemista también incluyó la socialización política positiva: los que comenzaron a militar en favor del menemismo. Con el Justicialismo profesionalizado y fragmentado en provincias, a la militancia joven del menemismo la aportó principalmente la Ucedé (Unión del Centro Democrático) y la agrupación juvenil UPAU (Unión para la Apertura Universitaria). Buenos alumnos. Para nosotros eran “jóvenes avejentados”. En verdad, la UPAU había nacido en 1983 como una reacción al poderío universitario de la Franja Morada, de orientación reformista-­radical (UCR). Durante los ochenta, la agrupación logró consolidar una estructura de poder federal con epicentro en la Universidad de Buenos Aires. En 1987, la UPAU logró quedarse con la Secretaría General de la Federación Universitaria de Buenos Aires, un consejero superior en el Rectorado y cuatro centros de estudiantes (Derecho, Ingeniería, Veterinaria y Arquitectura). Esos cuadros formados al calor de ideas liberales fueron, inorgánicamente, aportando el sustrato del “menemismo gubernamental” joven.

Una revisión crítica treinta años después

Es posible que nuestra generación sea la primera no formada en esa escuela de gobierno que fue el menemismo en asumir las riendas del país. Resulta imprescindible un debate histórico-­generacional sobre esa experiencia que, para bien y para mal, gobernó y transformó la Argentina. Paradójicamente, tanto como el proceso que se abrió en 1945.

Como bien escribió Martín Rodríguez, Menem ya fue juzgado. Este ensayo busca problematizar y pensar más allá de la policy o las políticas públicas del menemismo para focalizarse, en cambio, en la politics o la construcción de poder del menemismo. La economía política del menemismo. En otros términos, el texto busca indagar sobre la potencia del menemismo como actor de transformación. ¿Cómo logró abrir la caja de la Historia (y de las transformaciones)? ¿Es posible abstraerse del menemismo programático y extraer la fuerza motora del menemismo político-­gubernamental? Pensar el menemismo desde esa clave de lectura puede ser una vía para disociar la capacidad y efectividad transformadora de la experiencia, de su programa y de sus resultados. Personalmente, creo que es parte del balance “no” hecho sobre esa etapa “maldita” de nuestra cultura política.

Un sonido conocido. El primer peronismo de mayoría silenciosa

Luciano Chiconi

Menem presidente: el padre de un orden. Si Alfonsín fue el padre-partero de una democracia política urgente (urnas, libertad y derechos), Menem llegó al poder con las exigencias implícitas de crear la hoja de ruta de la gobernabilidad argentina. El menemismo asomaba bajo la sombra desconfiada de una pregunta política: ¿cómo gobernar las tensiones políticas, corporativas y sociales en un país sin represión? ¿Cómo lograr una formula exitosa para gobernar la Argentina de los votos? Gran parte de esa pregunta social se fundaba en un punto en común antipático que unía los finales de la dictadura del Proceso y el gobierno de Alfonsín: momentos agudos de fracaso económico y empobrecimiento de la sociedad que ponían en crisis a la política como hegemonía.

El peronismo observó ese proceso desde enfrente, en el llano más árido de su historia, mientras la crisis lo transfiguraba de un partido sindical a un partido barrial. La mutación sociológica de su orgánica militante al ritmo de la represión militar primero y de la pobreza después puso en alerta a una nueva dirigencia de cuadros de clase media que se habían replegado sobre la actividad privada durante la represión ilegal de la dictadura (la llamada “Renovación Peronista”), dedicados a pensar distintas formas de gobernar la nueva Argentina posmoderna como punto de partida ineludible del reencuentro del peronismo con la victoria y el poder. Si a Alfonsín le tocó tallar el contorno político liberal realmente existente de la democracia, a Menem le tocó hacer y actuar el poder democrático.

La vocación de construir ese orden define el comienzo de la presidencia de Menem antes que toda definición ideológica previa. Menem presidente ya es distinto del Menem de la interna con Cafiero, del Menem renovador de los años iniciales del refresh peronista de los ochenta, del Menem gobernador riojano que imitaba el humorista Mario Sapag en la televisión, del Menem detenido en Las Lomitas, el Menem filomontonero de 1973. Menem fue quizá el político peronista más intuitivo de los vientos nuevos de representación que planeaban sobre la sociedad y también el primero en detectar cada uno de esos vientos cuando se transformaban en brisa y dejaban de soplar.

Ese vanguardismo pragmático lo depositó en la presidencia, pero eso no significó que su trayectoria peronista no haya sedimentado algunas convicciones básicas: Menem creía en la eficacia doctrinaria de la Renovación Peronista como manual operativo para la toma del poder democrático, creía en el peronismo como un partido profesional de cuadros que, apalancado en la orgánica del Estado (la nueva columna vertebral posmoderna del PJ), construyera el código práctico de la nueva hegemonía democrática. Antes que cualquier otra cosa, el menemismo fue una idiosincrasia renovada del poder que conectó al peronismo después de trece años con otra sociedad, otra política, otro mundo, otras expectativas. Otra historia.

El primer día de Menem presidente ya es distinto de todos los Menem previos también por razones más inexorables relacionadas con el clima terminal que se vivía en 1989: sin un proceso previo de reconstrucción de la autoridad política que ahuyentara la pesada sensación de falta de gobernabilidad que sentía la sociedad, era difícil que el gobierno de Menem pudiera desarrollar un programa consistente de reformas liberales sobre la economía. La confluencia de toda acción política al establecimiento de un orden creció en la conciencia peronista sobre una base acumulada de hiperinflación, alzamientos militares (cada vez con más adhesión de la suboficialidad del Ejército) y el Muro de Berlín en situación de derrumbe. La foto programática de un peronismo de centroizquierda, que había debatido la Renovación a principios de los ochenta como espejo de la renovación alfonsinista de la UCR, ya no tenía una economía viable que ofrecer a la coyuntura argentina y se volvió vieja. Se podría decir que Menem desbarató esa dimensión ideológica y se quedó con el activo más potente del triunfo renovador: un partido preparado para representar a la clase media. Un partido preparado para entender el nuevo Estado democrático. Un partido orientado a consolidarse como corporación política frente a otras corporaciones. Un partido del orden.

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