Opinión

Chile: Adiós Transición

Desde 1989 no se había concentrado en Santiago una multitud mayor para festejar un triunfo en una elección presidencial.

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Gabriel Boric tenía dos años el 5 de octubre de 1988, cuando el NO a Augusto Pinochet se impuso al SÍ con un 55 por ciento de los votos frente a un 44 por ciento, poniendo fin a la dictadura que había comenzado en 1973. Ayer, Boric se impuso por casi el mismo porcentaje a José Antonio Kast, el candidato presidencial que más claramente se identificó con el legado de aquella dictadura en la historia de la democracia chilena.  

¿Cuánto tarda un régimen en morir? Quizás, la muerte de Lucía Hiriart, la viuda de Pinochet, 48 horas antes de la victoria de Boric, ayude a cerrar el simbolismo. Pero esto, así como la extraordinaria coincidencia porcentual se superponen con algo más sustantivo: La victoria de Boric pone fin a los 33 de la larga transición democrática chilena en la que los distintos alineamientos -los del NO o los de la Concertación Democrática en las décadas posteriores- se organizaron alrededor de administrar el legado de aquella dictadura. Apruebo Dignidad se impuso anoche con el liderazgo de quienes batallaron contra esa Concertación. Obviamente, destaca el formidable movimiento estudiantil -del que provienen Boric, Giorgio Jackson y Camila Vallejos- que se movilizó contra los principios fundantes de una transición demasiado cómoda con la educación privada y la consecuente profundización de la desigualdad. Pero también los movimientos sociales que crecieron a la sombra de analistas obnubilados por la estabilidad política, la nueva generación de estudiantes que puso en marcha el estallido social en octubre de 2019, y los miles de grupos que se impusieron en el plebiscito constituyente del 2020. 

¿Cuánto tarda un régimen en morir? Quizás, la muerte de Lucía Hiriart, la viuda de Pinochet, 48 horas antes de la victoria de Boric, ayude a cerrar el simbolismo

Que los resabios de la Concertación se hayan resignado a apoyar a sus críticos para no ver su legado completamente desmantelado es quizás el mayor signo de un cambio de régimen. No sin contradicciones, Boric representa al Chile que creció a la sombra de la transición. Desigual, con desarrollo desparejo social y regionalmente, con un Estado poroso y corrupto, una economía informal -legal y no tanto- mucho más amplia que lo que se reconoce y una elite económica que hasta ayer tenía un dominio de la política nacional quizás mayor que la de ningún otro país en Sudamérica.  

Para enfrentar el surgimiento de esta nueva formación social y política, Kast se erigió como un candidato de ultraderecha radical. Kast retomó en un formato tóxico el legado histórico de su sector en Chile, probablemente uno de los reconocimientos más sinceros en el mundo de que los socios vitales del mercado son las jerarquías y el autoritarismo y no la democracia y la incertidumbre que conlleva. Que Chile haya integrado junto a EEUU e Inglaterra la tríada simbólica del surgimiento del neoliberalismo es también un episodio que ayer empezó a entrar en la historia. 

Kast mostró algo interesante para ver en América Latina. En la región no hay polarización, hay una reacción barbárica de la derecha ante procesos democráticos en los que los candidatos de izquierda han buscado mucho más la moderación que la radicalización, y han sido el refugio político en el que descansaron las esperanzas de amplios sectores por la ampliación de derechos económicos y sociales. Boric y la heterogénea coalición que triunfó ayer son una muestra de esa dinámica. 

Una lectura simple de la elección es que Kast era un candidato mucho más fiel en la interpelación radical hacia su electorado y tenía -desde siempre- una enorme dificultad para dejar de ser quien era, el heredero de un régimen en crisis. Boric, por inteligencia o casualidad, fue exactamente lo contrario: un dirigente de izquierda que desde hace ya mucho tiempo se mostró más flexible que otros -fue quien rompió con sus pares para impulsar el plebiscito del 2020 en las condiciones negociadas con el resto de las fuerzas- y tuvo menos complejos a la hora de hacer una convocatoria que obligara a los votantes de la Concertación a, aunque sea, escucharlo. 

Lo de ayer es 'sólo' el kilómetro cero de un proceso nuevo. En un año, la elección será parte de una cronología mucho más amplia. Desde enero habrá una asamblea constituyente de izquierda, un congreso de derecha, una multitud de demandas insatisfechas que ni siquiera tienen hoy expresión política, una recesión en el horizonte que se acercará cuando se acaben los retiros de los fondos de pensión y, también, un presidente que buscará hacer pie en ese tembladeral. 

Lo que venga, con todo, estará hecho con lo que traemos. La historia pesa tanto para quienes lo reconocen como para quienes deciden andar liviano. Anoche, frente al comando de campaña en el que estaba Boric, un grupo de simpatizantes cantaba la canción que fue un himno de las protestas del 2020: “El derecho de vivir en paz”, la canción de Víctor Jara de 1971 que arranca con sus loas al líder vietnamita Ho Chi Min. ¿Cómo navegará Boric con una base de apoyo que va desde ahí hasta jóvenes millennials cuyas demandas pueden ser aún más radicales pero se expresan en una subjetividad distinta, a ex miembros de la Concertación que pedirán su tajada, a organizaciones sociales cuyas tradiciones y prácticas son igualmente robustas? Tanto Piñera como Kast, sacudidos, saludaron anoche al presidente electo. Pero faltan segundos para que desde ese sector surjan las comparaciones con Salvador Allende, algo de lo que Boric no podría -o querría- rehuir tan fácilmente. 

Quizás la verdadera izquierda del siglo XXI sean coaliciones como las que llevaron a Boric al gobierno en Chile o a Xiomara Castro en Honduras o a Pedro Castillo en Perú, hijos de las injusticias de este siglo, herederos del pasado, hacedores del presente.

ES

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