Análisis

La Argentina recupera la memoria

El astro Lionel Messi

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Nunca estuvo tan claro lo que ocurrió en un partido de fútbol en sus niveles más ocultos y profundos. Como si pudieran contemplarse los cerebros de los jugadores a través de un panel transparente, vimos que en la primera media hora Argentina jugaba atada a la memoria del pasado inmediato, en la que aparecían bajo la neblina de la pesadilla una larga fila de camellos montados por beduinos con la camiseta de Arabia Saudita, la camisa blanca sin arrugas de Hervé Renard y la perplejidad por la caída, por no decir la postración del debut. 

En esa media hora, operó sobre la estructura psíquica del equipo de Scaloni la calamidad de la memoria corta ocupando todos los recuerdos. En medio de ese aturdimiento inicial, bajo el que Argentina se mostró inhibida y errática, prevaleció el pacto de caballeros con México: vos no me pateás al arco, y yo tampoco.

Pero después de esa media hora tanguera, quizás sobreactuada en su melancolía, en la que el equipo buscó averiguar cómo salir del régimen de marca tipo noviazgos masivos que Martino diseño para anular las terminales de recepción después del primer pase, empezó a actuar la memoria larga.

Bastó una recuperación alta, más un tímido despliegue de cuatro o cinco pases interiores entre Messi, De Paul y Mac Allister sobre el final del primer tiempo para que Argentina recuperara su investidura de equipo de composición del juego propio basado, en primer lugar, en las cacerías casi perfectas de los perros salvajes de África: corre uno y corren todos; muerde uno y muerden todos. Fue un hecho aislado, que terminó en un córner por la izquierda, pero su valor fue el que tiene recordar la combinación de la caja fuerte después de un golpe “positivo” en la cabeza.

Argentina bajó al entretiempo en situación de deshielo, habiéndole encontrado la frecuencia al partido después de un suspenso en el que nadie estuvo en peligro. El problema que había que resolver era el del espacio de la disputa, es decir el dónde, esa condición a la que la Argentina de Scaloni siempre ha sabido agregarle el cómo. Y una vez recuperado en el ambiente adecuado el doble don de la agresividad, primero para quitar y después para jugar, México entró lentamente en pánico. Primero, lo manifestó retrocediendo; y luego, patrullando tarde las conexiones entre Mac Allister y De Paul, y entre Messi y Di María, ambos cada vez más asiduos al toqueteo cerca de Ochoa.

La entrada de Enzo Fernández verticalizó el juego. La agresión machacante, de cancha inclinada desde el inicio del segundo tiempo, empezaba en él, en su carácter y en su sagacidad para detectar dónde México perdía el control. En esas gestiones estaba el equipo, adelantado y confianzudo, abriéndole la heladera a México, cuando Messi vio luz a través del embudo que habían dejado destapados los centrales y ensartó la pelota contra un palo antes de que Herrera alcanzara a bloquearlo.

Los cambios agregados consolidaron la firmeza de Argentina con las tres bestias que utilizó de centrales, y las agresiones contra el campo de México se volvieron más altas y orgánicas, con un método de presión insoportable para cualquier grupo de humanos que quisiera resistirla. Desde Otamendi, saliendo a cortar hasta tres cuartos de cancha, hasta Julián Alvarez, que se convirtió de hecho en un primer cinco itinerante yendo buscar a todo el que se moviera con la pelota, Argentina fue una compactadora en la que el juego de México perdió orientación y voluntad. 

Con el dominio absoluto de todas las variables, sobre todo la del control del peligro, la llegada del gol atómico de Enzo Fernández fue la droga recreativa del partido y la prueba viviente de que al fútbol se juega con la cabeza. De repente, la realidad material del partido refrendaba lo que había estado pasando desde el momento en que Argentina volvió a sentir poco a poco su poder.

La curva creciente del rendimiento de Argentina fue exactamente la misma que la de la recuperación de la memoria. El caso testigo, por lo bajo que había sido su rendimiento en el debut y lo alto que terminó siendo en este partido, fue el de Rodrigo De Paul. Perdido, apagado y depresivo en el primer tiempo, parecía estar jugando el tercer tiempo fantasma contra Arabia Saudita. Hasta que empezó a bajar más rápido para recibir el primer pase y a subir más alto para recibir el segundo, y la contención de México empezó a desbordarse por adentro y por afuera.

Era evidente que los que ingresaron en el segundo tiempo lo hicieron inspirados en esa recuperación, que fue masiva. No hubo individuo que destiñera el color del conjunto, como tampoco hubo salvadores. Aunque el gol de Messi tiene el aura mestiza de la obra de arte que hace contacto con el milagro. 

Las imágenes de Scaloni y Pablo Aimar llorando en el banco de suplentes como si estuvieran viendo el final de E.T., tienen el valor que hay que darles a esas personas que viven en la silla eléctrica, subiendo y bajando con nosotros las mismas olas de la emoción colectiva.

JJB

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