Opinión

Historia de la extinción humana

Pensar el fin del mundo es crecer, responsabilizarse: nos recuerda que este planeta es nuestra única baza y no habrá segundas oportunidades

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El verano va terminando y de a poco volvemos a nuestra rutina. ¿Qué mejor momento para pensar en la extinción de la especie humana? Cada mañana el sol ilumina las persianas bajar y vidrieras encaladas de los locales y a sus coloridos carteles de “Alquila”, en los patios de los colegios se escuchan las risas de los niños tras los barbijos mal puestos, los abuelos hacen largas y apretadas filas para recibir su vacuna, mientras en las playas brasileñas el viento cálido lleva nuevas cepas del virus por doquier y se escucha el crepitar de las brasas de los bosques patagónicos. Antes que la negación o el pánico, un poco de pensamiento catastrófico puede ser más útil y optimista de lo que imaginamos. 

Cómo la humanidad descubrió su propia extinción 

X-Risk. How Humanity Discovered Its Own Extinction (Urbanomic, 2020) es un libro de Thomas Moynihan que recorre la historia cultural del riesgo existencial a partir de una premisa: apocalipsis no es extinción. El apocalipsis nos ofrece un sentido del fin: un relato del fin de los tiempos explicado sobre los valores humanos; la extinción implica el fin del sentido: la desaparición de nuestra especie y, con ella, de todo relato y lenguaje para explicar lo que sigue. 

El apocalipsis pertenece a una forma plena y perenne de concebir el mundo que precede al cristianismo y todavía aflora cada tanto en fantasías y ficciones: porque la vida inteligente siempre existirá, porque, aun si la humanidad se extinguiese, otra especie evolucionará en nuestro lugar y montará su civilización sobre la playa en donde estarán enterradas las ruinas de la Estatua de la Libertad, porque un minuto antes de que liquidemos los recursos de la Tierra vendrá Dios o una nave extraterrestre a llevarnos a otro lado o a salvar al planeta con una raza mejor. Hoy sabemos que nada de eso es seguro y quizás ni siquiera sea posible. Fue a partir del Iluminismo que una parte creciente de la humanidad fue adquiriendo confianza en su capacidad para conocer y transformar el mundo. Y con esa confianza existencial llegó el riesgo de que lo hagamos mal y nos extingamos. No hay cumbres sin abismos. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

El libro de Moynihan repasa la dolorosa transición del antiguo pensamiento apocalíptico a la moderna conciencia del riesgo existencial. Fue en Los Álamos, California, durante 1950, cuando en un almuerzo con colegas el físico Enrico Fermi preguntó: “¿Entonces, dónde están?”. El almuerzo era una reunión de científicos del Proyecto Manhattan, cuna de la bomba atómica, y el tema de la charla era la posible existencia de civilizaciones extraterrestres tecnológicamente avanzadas. La pregunta de Fermi señalaba la paradoja de que ese desarrollo tecnológico no les hubiera permitido aún ponerse en contacto con la Tierra. Con una ojiva nuclear al lado, la pregunta dejaba flotando la posibilidad de que, de existir, esas civilizaciones se hubieran extinguido. Y de que ese fuera también nuestro destino. Desde entonces, la astrobiología buscó infructuosamente vida en otros planetas, así como la geología había desvelado un pasado sin vida en un planeta Tierra materialmente inestable que no siempre fue un jardín humano ni lo será por siempre; la probabilística calculó los riesgos en el largo plazo por consecuencias nuevas e inesperadas de actos humanos, entre ellos el "onmicidio": la autoaniquilación por guerras, pestes o agotamiento de los recursos; el pensamiento crítico vio en el desarrollo tecnológico descontrolado una amenaza que hacía posible ese omnicidio; y cierto neoevolucionismo contempló la posibilidad de que la propia civilización y sus comodidades desestimulen el interés humano en su preservación: el día que el azúcar, la pornografía en internet o la agradable paz del soltero en un dos ambientes sean más tentadores que la reproducción, la humanidad comenzará su cuenta regresiva.

Tres principios y un final

X-Risk no es sólo un relato erudito y maravillosamente bien escrito sobre la historia de una idea. Es un libro militante que, como Cicerón o Maquiavelo, cree que la Historia está para enseñarnos qué hacer y qué evitar en el futuro. Moynihan pertenece al Future of Humanity Institute, un centro de investigaciones multidisciplinarias de la Universidad de Oxford creado y dirigido por el transhumanista Nick Bostrom, que congrega a las ciencias exactas, humanísticas y sociales para “abordar cuestiones generales acerca de la humanidad y sus perspectivas”. Su libro cierra con un llamado al principio antrópico cosmológico: que la humanidad se expanda por el universo, conquistar el cosmos con la inteligencia humana y perfeccionar a la especie con tecnología hasta ser infinitos: no habrá pandemia, guerra o choque de meteorito que aborte esta maravillosa aventura, no habrá muerte, ni dolor, ni estupidez. El proyecto humano será el del universo todo. 

Pero eso no va a pasar. Todo bien, Tom, pero vos también vas a extinguirte. El suyo es otro vano intento por vencer al segundo principio de la termodinámica: los procesos naturales son irreversibles, la temperatura tiende a homogenizarse, la energía se dispersa y con ella se va la vida, “la cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse en el tiempo”. Todavía me acuerdo la tarde en que mi viejo, un obrero metalúrgico ilustrado, me explicó la entropía casi distraídamente, mientras miraba un partido de tenis por televisión, con ese estilo diagonal e incompleto con el que hacía todo. Esa tarde también debe haberme explicado el primer principio de la termodinámica, que seguramente me interesó menos porque los niños prefieren la destrucción: un sistema cerrado puede intercambiar energía con su entorno en forma de calor y trabajo, la energía se conserva. La materia también: nada se pierde, todo se transforma. Mi viejo sigue existiendo, sólo que con otra composición química. Lo mismo pasará con nosotros el día que nos extingamos, que la Tierra reviente o el Sol se apague. No creo que a Moynihan eso le alcance ni lo consuele. A mí tampoco.

¿Entonces para qué leer un libro de quinientas páginas? ¿Para qué amargarnos pensando en el fin inexorable, en la extinción total? Para crecer. Asumir que quizás estamos solos en el universo, asumir que la vida es solo una delgada y frágil capa en la superficie de la Tierra, asumir, en fin, que la humanidad es una especie pero también un proyecto, uno sin garantías y del que solo la propia humanidad es responsable. Nuestro tiempo es tan finito como nuestro espacio, entenderlo es precondición para administrarlos lo mejor posible.

Pensar el fin del mundo es crecer, responsabilizarse: nos recuerda que este planeta es nuestra única baza y no habrá segundas oportunidades. No tiene sentido negar la crisis para ganar una discusión o atraer un inversor más; tampoco regodearse con el colapso como un merecido castigo de la Pachamama; y mucho menos, la autocomplacencia de creer que todo es lenguaje, y se explica y deconstruye en términos humanos. Por fuera del lenguaje hay un planeta físico que puede seguir sin nosotros. Cuando esto se acabe se acaba todo. No habrá torres sobre espacios verdes, ni agronegocios, ni criaderos de chanchos para exportar a China. Pararse ante el fin del mundo debiera ser una ventana para pensar el futuro. Que este año que tanto nos quitó al menos nos deje eso.

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