Murió Federico Monjeau, un periodista genial

Federico Monjeau.

Fue, en el campo de la crítica musical argentina, como un meteorito. Llegó de la nada y transformó para siempre el paisaje y la vida en ese desolado planeta. Había estado exiliado, había realizado estudios musicales en San Pablo y entró, gracias a la calurosa recomendación de un amigo, a hacer algo que nunca antes había hecho en el mejor diario del momento, La Razón en su fugaz versión matutina, con dirección de Jacobo Timerman. Su escritura sólo podía describirse recurriendo a la propia música. Lo central, en el estilo de Monjeau, era el tono. Por un lado, hablaba obcecadamente de música, en un ámbito acostumbrado a las anécdotas y los adjetivos vacíos. Analizaba y ponía en juego teorías donde hasta ese momento había alcanzado con ser un lector más o menos memorioso de contratapas y folletos de discos. Pero, sobre todo, se complacía en hacer las observaciones más radicales, siempre con la máxima elegancia, con un cuidado meticuloso, desechando cualquier grandilocuencia y dando a entender con timidez que decir ciertas cosas, aunque fuera doloroso, era necesario.

Se complacía en hacer las observaciones más radicales, siempre con la máxima elegancia, con un cuidado meticuloso, desechando cualquier grandilocuencia y dando a entender con timidez que decir ciertas cosas, aunque fuera doloroso, era necesario.

Federico Monjeau podía demorarse charlando con el mozo de una pizzería acerca de la importancia del largo de la serpentina en la temperatura de la cerveza. O era capaz de argumentar largamente sobre las ventajas de la parrilla con barritas de metal por sobre las anchas canaletas usuales. Y, por supuesto, sobre su altura correcta en relación con las brasas. Podría tratarse de detalles menores. Pero no lo eran. Allí, como en lo que escribía, y por supuesto en las maneras en que escuchaba y en que leía, se cifraba un talento único: la improbable intersección entre erudición, rigor, sentido del humor, un discretísimo cinismo, casi retraído, apenas sugerido, y la más extraordinaria de las precisiones. Parafraseando a Godard, para él el montaje –y la elección de cada palabra y las pausas entre una y otra y la puntillosa adjetivación– era una cuestión moral. La sensación, al leerlo, es que no había allí nada que no fuera inevitable.

Como escribía, y por supuesto en las maneras en que escuchaba y leía, se cifraba un talento único: la improbable intersección entre erudición, rigor, sentido del humor, un discretísimo cinismo, casi retraído y la más extraordinaria de las precisiones.

Pero la particularidad de Federico Monjeau excedía las formas y la perfección de su estilo. Fue ni más ni menos que el primer crítico musical argentino para el que la creación actual dejó de estar en el margen. Dio cuenta, por supuesto, de las programaciones de los teatros y orquestas oficiales y de las temporadas de ópera. Pero también de sus vacíos y omisiones. No se limitó al comentario complaciente de las visitas de celebridades para conciertos casi privados sino que discutió programaciones y repertorios. Era tan implacable –y tan sabiamente exigente– con una estrella como con un principiante. No había para él vacas sagradas, ni siquiera en los tan sagrados pastizales de la vanguardia. Y entendía, como casi nadie antes que él, que las diferencias entre el barítono Fischer –Dieskau y su amado Raúl Berón o algunos cantantes napolitanos de canzonette eran de paradigma, de sistemas de valor pero no de calidad o profundidad expresiva.

De La Razón pasó al recién creado Página/12 y en 1991 creó y dirigió una revista ejemplar, Lulú. Tanto gracias a sus textos periodísticos como a los ensayos y reflexiones publicados en esa revista, Monjeau fue reconocido rápidamente no sólo como el mejor crítico musical de la Argentina (y uno de los mejores del mundo, sin duda) sino como aquel que ubicó la discusión estética acerca de música en el menú de la intelectualidad. Y fue la referencia obligada para aquellos que llegaron después. Los últimos treinta años escribió en Clarín y tuvo una destacada labor como docente de Estética en la carrera de Artes en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Murió este sábado, casi al mismo tiempo que la notable editorial El Gourmet Musical anunciaba entre sus próximas ediciones Viaje al centro de la música moderna. Conversaciones con Francisco Kröpfl, el libro en el que Monjeau venía trabajando desde hace años. El título, como otras veces, habla del autor tanto como de su objeto. Y es que el suyo –y el de sus lectores– fue, en efecto, un viaje al centro de la música. 

DF

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