Perú

Pedro Castillo: la increíble victoria del candidato inexistente de Perú

El sindicalista Pedro Castillo

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Hasta ayer no tenía la más remota idea de quién era Pedro Castillo. Después de su increíble victoria en las presidenciales peruanas, tengo una remotísima idea de quién es. Al menos vi una foto suya y leí Wikipedia. Es una confesión lamentable para quien coordina un frente político que lleva Patria Grande por nombre. Habla de la penetración que tienen las redes sociales en nuestras percepciones políticas y la baja incidencia del estudio escrupuloso de la realidad profunda latinoamericana.

 

Nuestra candidata fue Verónika Mendoza. Sí, digo nuestra candidata porque el Frente Patria Grande tiene la unidad latinoamericana como prioridad estratégica y colaboramos militando el voto migrante cuando existe un candidato que levanta la misma bandera en cualquier lugar del continente. En este caso, además, nuestra compañera María Alva González fue candidata a congresista por el cupo para peruanos en el exterior.

 

Veronika tiene quinientos mil seguidores en twitter, estudió en la Universidad de París y en la Sorbona, sabe moverse en los ámbitos del progresismo internacional. Tiene todos los atributos para ser una estrella de la centroizquierda y el progresismo. Es además una mujer brillante y en sus propuestas políticas existen muchos elementos que nos interpelan generacionalmente y como latinoamericanistas. A diferencia de Castillo que reniega de la “ideología de género”, Verónika asume la agenda feminista como propia. Sin embargo, los resultados electorales muestran que no tienen penetración en las capas populares peruanas.

 

Castillo no tiene redes sociales pero sí redes rurales. Su falta de presencia en la virtualidad se compensa con la capilaridad de los movimientos sociales que lo apoyan en el territorio. Este maestro rural de rasgos aindiados es despreciado por la derecha neoliberal y por el progresismo limeño. Sin embargo, arrasó en las localidades pobres con un programa revolucionario. Propone una reforma constitucional, la nacionalización de la minería y los hidrocarburos con una perspectiva ambiental, reconvertir el Estado neoliberal en un estado planificador, revertir el esquema de ganancias de las multinacionales para que el 70% se reinvierta en el país, frente al 30% actual.

 

A Castillo no le tiembla el pulso para decir que está dispuesto a enfrentar a las elites políticas, económicas, judiciales y mediáticas sin ir a pedirles por favor que se avengan a respetar el bien común. Afirma que tiene facultades para disolver el congreso y que utilizará toda su autoridad política para encarar su programa. También apunta contra los sectores ricos de la sociedad peruana, incluyendo los privilegios de la clase media acomodada que se siente más europea que peruana. Con la radicalidad de su discurso, en un marco de normalidad, sería difícil ver un candidato de estas características ganando una elección presidencial en su primer intento. Pero los tiempos han cambiado y hay poco lugar para la tibieza de las propuestas que no plantean una transformación profunda del status quo.

 

Veo a Castillo con simpatía, esa simpatía liviana del desconocimiento profundo de la realidad, pero simpatía al fin. Por su firmeza de convicciones y por la claridad de su programa. La historia dirá si este maestro rural será quien conduzca a uno de los países más golpeados por la crisis a una transformación histórica, pero ya nos ha dado una importante lección: no hay que subestimar al pueblo, mucho menos a los pobres. La realidad es mucho más que su expresión mediática y virtual. La realidad, los vectores del cambio social, están en los barrios y las comunidades, en el campo pobre y la informalidad laboral. Los inexistentes que, cada tanto, cachetean a sociedades dormidas con gestas como la de Castillo.

JG

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