Opinión

Se recomienda coger con amigos

El sexo y la amistad fue el centro de varias películas como Amigos con derechos, dirigida por Ivan Reitman y protagonizada por Ashton Kutcher y Natalie Portman.

1

“Después me dijo que jamás me volvería a ver, porque le daba un ‘no sé qué’ mezclar sexo y amistad”, dice una canción de Roberto Jacoby (principal letrista de Virus). ¿Cuál es la razón de ese “no sé qué” que plantea una frontera para la amistad?

Lo cierto es que hubo un tiempo en que la amistad tenía un perímetro definido. Tenía que ser pensada como un vínculo deserotizado, de segundo orden respecto del que verdaderamente importaba: el de pareja. 

Nuestra época es aún “parejo-centrista”, es decir, ubica la relación amorosa estable y con compromiso emocional (más o menos excluyente) en la serie terminal de los vínculos. La amistad, en este contexto, es un momento de pasaje –como en la adolescencia cuando se la considera en términos de “grupo de pares”– o una zona liberada para ciertos momentos estipulados dentro del contrato afectivo: alguien puede irse de vacaciones con sus amigas o amigos siempre que –si está en pareja– se haya pautado la habilitación correspondiente. De otro modo, podría pensarse que la relación atraviesa una crisis. 

Porque nadie (al menos que yo conozca) le pide permiso a sus amigos para irse unos días de viaje con su pareja. Puede ser que aquellos lo burlen, como ocurre de manera tan frecuente entre varones, pero es difícil creer que se lo impidan. En la década del ’90 hubo una exitosa canción que habló de esta situación, de la banda 2 Minutos y que decía: “Carlos se vendió al barrio de Lanús, el barrio que lo vio crecer. Ya no vino nunca más por el bar de Fabián y se olvidó de pelearse los domingos en la cancha”. A primera vista, la letra es sobre un amigo que se integró a una fuerza de seguridad, de la que paradójicamente habría quedado preso (típico caso de lo que Freud llamaría figuración por lo contrario), pero el reproche amoroso con que se titula, “Ya no sos igual”, habla de un amigo que dio el paso de “crecer” y entablar una pareja, por eso luego se lo describe así: “Carlos se dejó crecer el bigote y tiene una 9”, es decir, una pistola que ahora usa en una relación estable.

En la misma línea de diferenciar entre amor y amistad, está la clásica distinción que hiciera Jorge Luis Borges: “La amistad no necesita frecuencia, el amor sí; la amistad puede prescindir de frecuencia, el amor, en cambio, está lleno de ansiedades, de dudas, donde la falta de frecuencia puede ser terrible. Yo tengo amigos íntimos a los que veo tres o cuatro veces al año. Y a otros no los veo porque se han muerto. [...] La amistad puede prescindir de las confidencias. El amor no. Si en el amor no hay una confidencia, ya se lo vive como una traición”.

Dos conclusiones pueden extraerse de esta cita. Por un lado, Borges veía a sus amigos aunque fuese ciego; por otro lado, el amor le resultaba muy doloroso. Su testimonio vale como otro ejemplo de que, al menos desde cierto punto de vista, amor y amistad van por carriles diversos. No por nada algunas relaciones amorosas concluían –o no se llegaban a iniciar– con esa expresión que fue el título de una novela de Dani Umpi: “Solo te quiero como amigo”.

Sin embargo, ¿es preciso vivir la amistad como ese vínculo de potencia disminuida? De un tiempo a esta parte, me sorprende la cantidad de artículos que promueven el sexo entre amigos. La mayoría está destinado a heterosexuales –tal vez porque hace tiempo la homosexualidad hizo de la amistad una bandera fuerte contra el parejo-centrismo–, pero no solo pensando entre varones y mujeres. Por ejemplo, se recomienda el “Bud sex” o “sexo entre colegas” que es entre varones heterosexuales, pero que no se piensan como homosexuales. Aunque quizá este ejemplo no valga del todo, porque en algunos artículos dicen que este tipo de práctica no implica componentes afectivos (no hay besos ni caricias y, eventualmente, incluso transcurre en el anonimato).

En los otros artículos que leo hace unos años, se recomienda coger con amigos porque sería “bueno” por diferentes motivos. Hago un resumen: 1. Fortalecería la autoestima; 2. Serviría como preparación técnica en la que no se ponen en juego las inhibiciones y/o ansiedades del deseo con un desconocido; 3. Consolida la amistad (aunque aquí no resulta claro si una amistad consolidada no es condición para el sexo); 4. Gran motivo: es mucho más económico; 5. Dado que se trata de un vínculo de confianza, no habría reproches ni malentendidos (ningún artículo explica por qué); 6. Para quienes no están en una relación estable, el sexo eventual con un amigo es recomendable porque mantiene activo el cuerpo y, por lo tanto, contribuye a su salud. 

Aunque usted, lector, no lo crea, todas estas estupideces las dicen artículos que dicen basarse en estudios científicos y en investigaciones de universidades (por supuesto, todas norteamericanas). Yo, que también pienso y digo estupideces, cuando leo estos artículos no puede dejar de imaginar a un becario medio fóbico en Minnesota que hace tiempo tiene ganas de acostarse con una compañera de laboratorio y no tiene más recurso que el de inventar un paper para invitarla a desayunar y debatir ideas sobre el tema.

Ahora bien, fuera del chiste tonto, me pregunto: ¿por qué erotizar la amistad supone este tipo de motivos que están más cerca de un pensamiento higienista, basado en miedo al compromiso y al conflicto, sino en un ejercicio narcisista? En particular, el motivo de que sería “más económico” es simpático, porque demuestra el cansancio de la cita y de ciertos estereotipos de agasajo, pero que la crítica se justifique en términos de “ahorro” parece más un gesto de mezquindad.

Desde mi punto de vista, el erotismo de la amistad es una relación con la palabra

¿En serio no le vamos a reconocer ninguna potencia a la amistad? Por ejemplo, en mi práctica como terapeuta es cada vez más frecuente escuchar a jóvenes cuyo inicio en la sexualidad ya no es en el marco de un “debut” (con una prostituta, llevados por algún padre, tío o entre amigos), sino en condiciones más lúdicas. Lo mismo adolescentes que encuentran sus primeros besos y caricias en amistades que no tienen por qué luego ser olvidadas como si hubiera ocurrido alguna transgresión.

Sin embargo, no quisiera limitar mi comentario a la juventud; además quisiera recuperar la dimensión erótica de la amistad más allá de una práctica sexual. De regreso a Borges, yo me reconozco en ese vínculo ocasional, que hace que vea a algunos amigos una que otra vez, quizá no más de dos o tres en un año. Sin embargo, nunca dejo de hablar con ellos. Incluso cuando no están, les hablo y, eventualmente, ellos me hacen saber que están del otro lado. Nunca creí en las amistades basadas en la permanencia, me resultan una suerte de conformismo, pero eso seguramente tenga que ver con que soy varón y los varones, por lo general, o hasta hace un tiempo, teníamos a “los pibes” como centro de nuestra vida. Los presupuestos de complicidad –verdadero lado B de la traición de que habla Borges, porque esa traición es posible sobre un fondo de incondicionalidad– ya se investigaron bastante en los últimos años.

Desde mi punto de vista, el erotismo de la amistad es una relación con la palabra. En principio, un amigo es –como ya dije– alguien con quien hablar; es decir, un amigo es un interlocutor y esto no quiere decir que sea alguien que nos escucha de manera complaciente. Nunca se puede escuchar de manera complaciente; si es escucha, implica una devolución, que vuelva algo de lo impensado en lo que dijimos.

A partir de esto último, me importa subrayar que la amistad implica conflicto. Con los amigos nos peleamos; cierto que sobre un fondo de comprensión, pero si los amigos no nos interpelan, no nos sacan de nosotros mismos. Este es el rasgo que más quisiera destacar: antes que uno doble de uno, un “otro yo”, el amigo es alguien que nos ofrece la chance de ser diferentes de lo que somos. ¿Qué otra cosa caracteriza al erotismo sino esa transformación?

Antes que uno doble de uno, un “otro yo”, el amigo es alguien que nos ofrece la chance de ser diferentes de lo que somos.

Por esto es que la amistad es tan importante, en la medida en que necesita de lo desconocido, de lo extraño, de lo que no refuerza el narcisismo y, por lo tanto, es Eros. Hay quienes nombran su “círculo de amistades” a partir de una idea común, de pensar lo mismo, de estar en la misma onda; este tipo de vínculos suelen ser limitantes, con la primera diferencia es que aparecen los miedos: al abandono, a ser juzgado, a perder una identidad. Este tipo de amistades son meramente agrupamientos, sociedades, consuelos para solitarios; porque la amistad siempre tiene algo solitario, porque es pasión por lo diferente. 

En este siglo de pensamiento masificado, en el que la masa a veces se expresa como falsa solidaridad y otras se confunde con trabajar gratis de troll; en el que los lazos se consolidan a partir de una identificación que no tiene nada que ver con la empatía, ya que la empatía no deja de poner al otro como otro, es fundamental recuperar la función de la amistad. Ser amigos no es ser pares, no significa pensar lo mismo, no significa ser condescendiente, sino ir contra el hacer “causa común” que lleva a que una el espanto antes que el amor. 

Alguna vez Michel Foucault dijo que aquello que verdaderamente podría subvertir a nuestras sociedades no es el deseo, sino la amistad. Quizá tengamos que volver a pensar este vínculo impropio respecto de la pareja, salvo para nombrar el modo en que ésta es capaz de renunciar a su “centrismo” para ser un vínculo que conserve la extrañeza y una apertura que no se reduce al oxímoron que llamamos “relación abierta”.

Para concluir, una pregunta: ¿es el psicoanalista un amigo? Hay quienes dicen que no; yo creo que si conversar con un amigo es meramente un acto catártico, claramente un analista no es un amigo. Tampoco es un otro complaciente. Sin embargo, si el amigo es un interlocutor, alguien que nos interpela y, eventualmente, quien nos permite ser diferentes a nosotros, el analista puede ser nombrado como amigo sin mayores reparos. 

LL

Etiquetas
stats