Opinión

La democracia y sus apariencias

Alberto Fernández desde el Complejo C

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La distinción entre “apariencia vs. realidad” se ha utilizado a lo largo de la historia del pensamiento occidental para interpretar diversos fenómenos políticos. Desde Platón a Nietzsche, pasando por Maquiavelo y Marx entre otros, se han servido de esta dicotomía epistemológica que presupone que las apariencias engañan y ocultan el sustrato último real. Aquello que vemos y pensamos puede constituir una trampa ilusoria, meros engaños ópticos que no se corresponden con la verdad. Así, Platón instala la distinción con su conocida alegoría de la caverna como el mundo de sombras y apariencias que nos impide ver la realidad ligada a la dimensión trascendente de formas ideales perfectas.

En las recientes elecciones legislativas, la coalición opositora, Juntos por el Cambio, obtuvo un triunfo de 8,6 puntos a nivel nacional para diputados por sobre la coalición gobernante, el Frente de Todos. Se impuso por un punto en la provincia de Buenos Aires y por 22 en la ciudad. Esta victoria electoral no fue reconocida por ninguna de las principales figuras políticas del Frente de Todos, incluyendo el presidente de la Nación, Alberto Fernández. Por el contrario, asistimos a un mundo discursivo de espejismos propio del personaje Humpty Dumpty de “Alicia en el país de las maravillas” en donde el que pierde gana y el que gana pierde y donde triunfar no es vencer.

Una de las tantas lecciones valiosas que nos deja el pensamiento de Maquiavelo es que la esfera fluctuante de la política es inescapablemente un mundo plagado de apariencias. La política no se trasunta sólo con sinceridad. La ilusión, el engaño, la hipocresía son vicios intolerables para la ética del ciudadano común pero habilidades fundamentales para el accionar político. Sin embargo, no todo vale. La política es un arte en el manejo y la administración de la apariencia. Como todo en Maquiavelo, las cualidades se transforman en virtù sólo si se aplican en el momento y en su proporción correcta con el objetivo de mantener y preservar el orden político. Desde esta perspectiva, podríamos preguntarnos ¿qué uso de la apariencia es válido en democracia? ¿qué ilusión y semblanza debemos crear y mantener como dirigentes y ciudadanos democráticos?

La política, aun la democrática, se recuesta en última instancia en el ejercicio legítimo de la violencia. Los ordenamientos sociales recurren constantemente al uso de ficciones y apariencias que ayudan a soslayar la latente amenaza de coerción que subyace todo lo demás. El famoso dictum de Maquiavelo—que el príncipe implemente las decisiones despreciables todas juntas y al comienzo de su gobierno—tiene en parte que ver con la capacidad del gobernante de restaurar rápidamente una fachada de artificios que contribuya al olvido de la violencia y el desgarro inicial. En sus distintas etapas, el arte de la ilusión ayuda a suavizar la aspereza del poder.

Pero del mismo modo que saber fingir hace digerible las verdades ominosas de la autoridad política, la ilusión también debe ser usada, paradójicamente, para acercarnos a la realidad. De este modo, la dicotomía entre apariencia y realidad revierte su sesgo y lo espectral, en lugar de alejarnos, nos aproxima a la verdad que de otro manera queda enterrada por los vaivenes del conflicto político.

En democracia, ese momento en que la apariencia revela la realidad ocurre cada vez que se reconoce una derrota electoral. El ritual de la concesión o del traspaso de mando presidencial—en la superficie una mera danza de ritos y discursos—rememora una verdad que en el ideario democrático siempre es necesario evocar. En una de sus acepciones mínimas, la democracia es el regimen político que nos permite evitar la guerra cada vez que el poder está en disputa. El reconocimiento de la victoria del contrincante es la liturgia escénica que rememora una realidad normativa altamente intrincada y rica que sustenta a la democracia. Desde el acuerdo tácito de que no estamos dispuestos a dirimir nuestros conflictos de otra manera que no sea a través del voto hasta los ideales de igualdad, libertad, participación, deliberación, realización, reciprocidad, respeto y tantos otros quedan cristalizados al momento de la elección y la aceptación pública del resultado.

Por ello, la admisión explícita de la derrota ante un adversario político es la ficción propia y correcta de la democracia. Una apariencia ceremonial que nos recuerda cada dos años la realidad de que los votos se prefieren por sobre la fuerza. Nada importa, en esta ocasión, las apreciaciones personales que se tengan los contrincantes entre sí. No importa si se estiman o desprecian. Conceder en la derrota es, en todo caso, la hipocresía correcta del régimen democrático.

El Frente de Todos ha ido socavando esta ilusión democrática en más de una elección. Y en su lugar ha instalado un discurso de sombras que nos alejan del entramado heterogéneo de valores democráticos rubricado en el proceso electoral y el reconocimiento del resultado. El arte de la disimulación a través de las demostraciones de fuerza y la movilización, las adulaciones y la información sesgada tiene su lugar en la política democrática y apunta a construir un escenario favorable para uno mismo que el contrincante acepte como real. Pero ésta no es la apariencia correcta cuando se debe admitir la derrota de los votos. Porque el lado oscuro de toda simulación, nos recuerda Maquiavelo, es caer en la trampa de nuestras propias decepciones.

La realidad democrática—un sustrato complejo de valores difícil de articular en la cotidianidad política—debe ser venerada y rememorada en el ritual que más la define. En democracia, hay algo bello, sino en la derrota, en el ritual de la derrota. Y es una apariencia que debemos preservar.

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