LA INTERNA DE FRENTE DE TODOS

Cristina negocia, pero domina ¿Alcanza para asegurar el 2023?

Cristina Kirchner, en Escobar, el sábado pasado.

El viernes a la mañana, en su casa de Ciudad Jardín, en El Palomar, Sergio Palazzo recibió un mensaje de un periodista que le dijo: “sos candidato”. El líder de La Bancaria respondió enseguida con una negativa rotunda. “Para nada. Hay muchos. (Héctor) Daer, (Hugo) Yasky, (Walter) Correa, (Vanesa) Siley, Karina Moyano, gente del SMATA. Yo estoy con Covid. Tengo los dos pulmones comprometidos y neumonía bilateral. Me estoy recuperando de a poquito y no estoy hablando con casi nadie porque mi familia me tiene controlado”, escribió. Más tarde, lo contactaron otros tres periodistas y a todos le respondió lo mismo. A Palazzo le resultaba improbable lo que ya se rumoreaba en la comandancia del Frente de Todos y el grupo reducido de sindicalistas que se  identifican con Cristina Fernández. 

Sin embargo, esa misma noche, al radical alfonsinista que estuvo entre los más duros críticos del macrismo volvió a sonarle el teléfono y no pudo ni quiso decir que no. La vicepresidenta de la Nación y jefa del espacio decisivo dentro del Frente de Todos era la que le ofrecía el cuarto puesto en la lista de candidatos en la provincia de Buenos Aires. Al día siguiente, todavía débil y fatigado, Palazzo fue a firmar como candidato de Cristina en la provincia. El líder de La Bancaria, que en el último gobierno de CFK se cansó de hacer paros contra el Impuesto a las Ganancias, hoy es su sindicalista preferido, de acuerdo a la boleta que verán en el cuarto oscuro los bonaerenses que vayan a votar el 12 de septiembre. 

El llamado de la ex presidenta a Palazzo es uno de los datos que confirma hasta qué punto estuvo involucrada en la conformación de la propuesta electoral del Gobierno y hasta dónde esa propuesta expresa la correlación de fuerzas dentro de la alianza oficialista. Así como designó a todos los sindicalistas alineados con su espacio -Yasky, Silley, Correa-, dejó afuera a toda la cúpula de la CGT que se dispuso al colaboracionismo durante los años de Macri presidente y sigue ahora ausente por completo, mientras el salario real -medido al dólar oficial- se convierte en el más bajo de la región. Cristina no agradece  la pasividad de los Gordos ante el derrumbe de los ingresos sino que factura a su manera la que tuvieron durante la aventura de Macri en el poder. Tampoco Hugo Moyano logró incluir en las listas a nadie de su espacio. El ministro Daniel Arroyo entró relegado en el décimo segundo puesto y Daniel Menéndez, de Barrios de Pie, ingresó en el número 16. Menéndez acaba de fusionar su organización con el Movimiento Evita, la histórica competencia de La Cámpora a la hora de la disputa entre organizaciones con peso territorial. Alineado con la estrategia de Máximo Kirchner, Juan Grabois tampoco tuvo motivos para festejar, sino todo lo contrario.  

Tan cierto como que Alberto Fernández logró sostener a Santiago Cafiero y poner a Victoria Tolosa Paz como primera candidata a diputada por la provincia es que las listas reflejaron la primacía de la vicepresidenta y La Cámpora en las listas. El jefe de Gabinete, que era el mejor candidato en Provincia según la agrupación de Máximo Kirchner, quedó en minoría en la primera sección electoral, su radio de influencia: tuvo que ir a San Isidro para discutir con Teresa García los términos de la unidad en su distrito, en Vicente López tendrá que enfrentar a La Cámpora y en Tres de Febrero no consiguió lugares. No es un problema de Cafiero sino de la relación asimétrica entre el cristinismo y el albertismo nonato. 

Lo mismo que le pasó al sindicalismo, a los movimientos sociales y a Cafiero, les pasó a los intendentes que disputan poder con el camporismo o intentan no subordinarse a la estrategia de Máximo. El caso más sonoro fue el de Juanchi Zabaleta, que amenazó con ir como candidato a concejal para lograr finalmente una trabajosa unidad en su propio distrito. Pero algo similar le pasó a Fernando Espinosa en La Matanza, a Fernando Gray en Esteban Echeverría y a Mariano Cascallares en Almirante Brown.

“Las listas expresan el balance de poder real. Después de dos años de presidente, Alberto no pudo vertebrar un polo de poder propio”, se lamenta uno de los funcionarios del gobierno nacional que responde al Presidente pero busca no tensar la relación con el kirchnerismo. En esa lectura, la boleta del Frente de Todos no alcanzó para reorganizar el gabinete como reclamaban Cristina y Máximo aliados a Sergio Massa pero si para cristalizar el reparto de poder en el día a día del Gobierno. “Ellos te disciplinan con los votos de Cristina”, agregan cerca de un intendente del conurbano que, cuando dice ellos, habla de La Cámpora. La mayoría prefiere no enemistarse con la dueña de los votos en la provincia de Buenos Aires. 

El cristinismo impuso su primacía pero también se esforzó por preservar la unidad y selló alianzas impensadas en otro momento. No solo la que Kirchner hijo sostiene con Massa, sino la que la propia Cristina moldeó con el gobernador Omar Perotti en Santa Fe y contra los deseos del otrora kirchnerista irreductible Agustín Rossi. El balance es amargo para los promotores del albertismo que fue vetado por el Presidente, en lo que -cada vez queda más claro- era menos una convicción y más una confesión de impotencia. A años luz de aquel Néstor Kirchner que en sus inicios edificó una base de poder envidiable en tiempo récord y transformó el 22 por ciento de los votos en el abierto desafío de 2005 a su mentor Eduardo Duhalde, Fernández no aprovechó sus dos años en el poder para construir propio. Los que quisieron hacerlo en su nombre chocaron con todo tipo de obstáculos. 

Ahora la prioridad es la campaña, los mensajes de unidad y la pelea conjunta por la sobrevida ante la amenaza que representa un macrismo sin Macri, como el que pretende alumbrar Horacio Rodríguez Larreta y Facundo Manes. Pero después de las elecciones y con vistas hacia 2023 comenzará a pesar la incertidumbre. El cristinismo y el albertismo coinciden en la necesidad de seguir juntos contra Macri, pero tienen diferencias de perspectivas notorias. Mientras para los primeros Axel Kicillof ya se perfila como candidato a presidente, para los segundos Fernández tiene chances de reelegir. A uno y a otro lado, consideran inviable el planteo ajeno. 

“Si Cristina va con Axel y no se abre, una parte del PJ va a terminar con Larreta”, dice un dirigente de diálogo con La Cámpora. La advertencia, tal vez una hipótesis, tal vez una amenaza, funciona como interrogante en torno al destino del PJ no kirchnerista. Es una sensibilidad que Florencio Randazzo buscará interpelar por segunda vez en las elecciones bonaerenses, pero que en un mapa más grande apunta incluso más a los gobernadores del PJ que a los intendentes de la provincia donde reina Cristina. Vuelve la incomodidad de una parte de la dirigencia que forma parte de la coalición pancristinista. Pero suena distinta, porque hace no tanto fracasaron el reformismo permanente de Macri y el callejón del medio, con y sin el apellido Massa.  

Falta una eternidad, a nadie le conviene una nueva ruptura y cualquier cosa puede pasar en Argentina, pero el cierre de listas rubricó en papel lo que pocos querían aceptar puertas adentro. El Frente de Todos no es un espacio de tres fuerzas equiparables -el cristinismo, el massismo y el albertismo- como predican los abanderados de la unidad. Al contrario, es más bien una alianza constituida a partir del piso inconmovible de votos que hasta hoy tuvo la vicepresidente: el resto es la suma de los que volvieron, arrepentidos, no tanto por haberse ido sino por no haber encontrado otra ruta para llegar al poder.

DG/WC

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