QATAR 2022

Del síndrome de superioridad a la desilusión

Lionel Messi, el capitán, tras la derrota de Argentina ante Arabia Saudita en el debut de la selección en Qatar 2022.

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El Síndrome de Superioridad con que Argentina entró a este Mundial será recordado por sus efectos, de los que todavía desconocemos la totalidad de su alcance. Todo nació de un primer hecho inesperado: la extraordinaria táctica bondage de Hervé Renard, el técnico saudí que armó un delgadísimo rectángulo de 25 metros de alto entre el punta Al Shehri y sus centrales para obligar a Argentina a quitar y jugar en un pasillo de PH.  

En esas condiciones de esclavitud, de las que Argentina nunca pudo desembarazarse, Arabia Saudita inició su repertorio de crueldades aplicadas a uno de los candidatos que fue cayendo dócilmente en la incertidumbre, postergando la reacción en un partido que se había abierto en términos de guerra física y olvidando tempranamente sus obligaciones de protagonista.           

A ese hecho silencioso de encuadre territorial se le agregó un agravante: la facilidad con que Argentina hizo su primer gol para luego entregarse mansamente a la arrogancia de tirar pelotazos por encima de las líneas, contra una defensa que daba meticulosos pasos al frente dejando a Lautaro y Di María en situación de alumnos repetidores. Quizás fue imperceptible, pero no inexistente, el canchereo durante el primer tiempo, posiblemente no asociado a la subestimación sino a algo peor: la falta de reconocimiento de que se estaba jugando contra alguien por algo.

En los sótanos de nuestras mentes corrían ríos de nervios electrizados. Las medialunas encallaban en la glotis. Entretanto, los goles anulados por el VAR “automático”, un dispositivo de recreación animada que tanto puede emular la realidad del partido como adulterarla, le hicieron sentir al equipo de Scaloni una confianza temeraria. En dos palabras, Argentina sintió que goleaba sin hacerlo, y en ese delirio se desentendió de la pelota y el juego, sus dos mejores aliados.

El shock de realidad oculta que recibió el equipo cuando en pocos minutos Al Shehri y Al Dawsari revirtieron un resultado parcial atado con bandas elásticas fue la traducción literal de lo que estaba pasando en la cancha. Obligada por Arabia Saudita a defender bajo y atacar lejos, sin recuperación y por lo tanto sin pases en ese nido de obstáculos que era el espacio en el que Renard mandó a que se jugara el partido, Argentina entró en una previsible impotencia. Cómo no, si nada de la estructura del partido se había modificado. Al contrario, se reforzó dramáticamente con la confianza de los saudíes que veían el brazo torcido de Messi.

En el interior de la derrota táctica, a la que Argentina le opuso al final algo de su orgullo y mucho de mareo emocional (no era para menos), hubo una sorpresiva inactividad en el dúo De Paul – Paredes, perdidos en la confusión y la sorpresa, y una desconcentración generalizada entre la zona de contención del medio y la de anticipo del fondo para contener los goles de la caída. 

Es evidente que Renard estudio hasta la extenuación los dones de Argentina para detectar dónde le duele más perder la pelota, dónde no puede tenerla y dónde su estructura y su dinámica pierden valor y confianza. Fue como si a Argentina la hubieran extraído de una cancha de fútbol para introducirla en una cancha de pato o de waterpolo. Se le quemaron los papeles en todos los rubros, y esa es la razón de su enajenamiento y del espectáculo desconocido que brindó. Arabia Saudita la sacó de su ambiente, le habló un idioma que desconoce y la derrotó con justicia.

La confianza mata al hombre. Hay que recordar este lugar común. Al tener en cuenta solamente lo propio (la “goleada” fake del primer tiempo), el equipo no registró que estaba siendo superado y jugando contra su naturaleza. Tampoco que su superioridad era fingida, equívocamente refrendada por el gol de Messi. Como si fuese un grupo de aficionados al deporte en el que reina, Argentina no entendió el partido durante la mayor parte de su doloroso transcurso.

De los individuos que entraron a la olla en la que nos cocinaron con el calor inhumano del Golfio, se salvan Papu Gómez, Otamendi, Tagliafico y Enzo Fernández. Cuatro personas de veinte. Para ellos, el bote salvavidas. Eso no significa falta de deseo del resto, pero sí que ese resto, incluyendo al técnico, estuvo demasiado tiempo atenazado por la sorpresa. Porque ¿cuánto puede durar la parálisis que produce un hecho inesperado? Estamos hablando de un par de goles en contra, no de un bombardeo nuclear sobre poblaciones civiles. 

Argentina esperó que el partido se acomodara solo, que las cosas se reencauzaran por costumbre y que la Scaloneta volviera a entregarnos su temible flujo de corte, tenencia y ataques mortales. Así le fue. La lapidó el exceso de pragmatismo, reducido a repetir los pases largos con el que hemos visto a los equipos chicos contrarrestar la potencia de los grandes.               

¿Qué va a pasar ahora? Ni idea. Esa es una pregunta para el Poyo Vignolo, Oscar Ruggeri y Mariano Closs, los cerebros argentinos híperdesarrollados que vienen del futuro con carretillas de posta. El hecho puntual es que se debutó con una debilidad sorprendente por lo generalizada. Falló todo, hasta lo que no falla nunca. Pero el equipo ya registró el tortazo y sobran recursos para que podamos olvidar este día que ya pasó. 

        

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