A diez años de la Tragedia de Once

El canillita que sigue en la estación de Once: “Trato de anestesiar el recuerdo, pero de la gente aplastada no me puedo olvidar”

Walter Grillo llega todos los días a las 4.30 a Once para vender diarios.

Cuando finalmente le atendió el teléfono, su hija adolescente iba por el quinto llamado. “Atendí y ella lloraba, me preguntaba una y otra vez si yo estaba bien, quería saber si estaba bien y lloraba con una angustia que no le conocía”. Esa angustia fue como un cachetazo para Walter Grillo, que se había alejado del puesto de diarios en el que trabajaba para acercarse al andén 2 de la estación de Once a ver si podía ayudar.

“Cuando empecé a interrogar a un funcionario y mencionó a De Vido, nos dijeron que teníamos que dejar la oficina de la fiscalía”

“Cuando empecé a interrogar a un funcionario y mencionó a De Vido, nos dijeron que teníamos que dejar la oficina de la fiscalía”

“Escuchamos algo así como una explosión fuerte pero veíamos pasajeros que salían caminando del tren, entonces al principio pensamos que esa explosión venía de afuera de la estación. Hasta que vimos a cuatro o cinco policías correr hasta los andenes”, se acuerda Walter. Atiende el mismo puesto de diarios de la estación de Once desde hace 18 años y estaba ahí, en su puesto, la mañana del 22 de febrero de 2012, cuando el Chapa 16 chocó con los paragolpes hidráulicos del andén: hubo 51 muertos, incluida una mujer que transitaba un embarazo avanzado, y 789 heridos.

Como la estación fue reformada y las concesiones de los locales cambiaron en los últimos años, la situación de Walter es atípica: de la mañana de la tragedia hasta este febrero, entre los comerciantes que trabajan en Once, no ha quedado prácticamente nadie. Grillo es una rara avis.

“Cuando vimos a los policías así entendimos que lo que había pasado era dentro de la estación y que era grave. Instintivamente, varios nos acercamos a los andenes, casi corriendo. Pero se necesitaba más profesionalismo que voluntarismo”, explica Walter, diez años después de esa mañana que no logra olvidar. “Un poquito después de esos policías que corrían, aparecieron los bomberos de la dotación que hay en la estación, y después el SAME. Ahí empezaron a vallar los andenes y nos alejaron. Yo volví a mi puesto y ahí fue que le atendí el teléfono a mi hija, que no paraba de llamarme porque veía en la tele lo que estaba pasando”, se acuerda Grillo.

Antes de que vallaran los andenes, Walter vio los dos primeros vagones del Chapa 16. “Fue paralizante. No sé cuáles son las palabras para describirlo. Había gente atrapada, lastimada, gente a los gritos y llorando, otros que intentaban socorrer a alguien que estuviera más grave, gente que había muerto en el acto o que estaba aplastada en los fuelles, algunos que quedaron tirados en los andenes. Ver todo eso nos hizo terminar de tomar conciencia de lo que estaba pasando a nuestro alrededor”, se acuerda.

El puesto de diarios que Grillo atiende desde hace casi dos décadas es cercano a la entrada de la estación que da a la calle Perón, y los helicópteros y las ambulancias se organizaron en la calle Bartolomé Mitre. “También cortaron Pueyrredón. Fue todo un caos total. Uno intenta olvidar porque fue muy duro ver todo eso, pero es imposible borrarlo”, explica.

Cada mañana Grillo llega a Once hacia las 4.30 de la mañana. Recibe los diarios y los prepara para cuando se los pidan los primeros pasajeros que bajan del tren en esa estación terminal. No sólo recibe a los pasajeros del Sarmiento sino que también usa el Sarmiento. “Vivo en Flores, estoy cerca, y uso el tren diariamente. Había fallas que seguramente eran estructurales pero en las que los usuarios no reparábamos hasta que pasó esto. Vías que hacían unos chispazos tremendos en algún momento del recorrido, vagones en los que había algún principio de incendio… Después cambiaron las formaciones y eso mejoró, aunque sigue teniendo problemas el tren. Pero evidentemente no estaban en condiciones de circular porque cambiaron todo”, sostiene.

Vuelve al día de la tragedia, como si oscilara entre la obligación de no olvidar y el deseo de que los recuerdos le ahorraran algunos detalles. “Al principio, cuando escuchamos el ruido y pensamos que era afuera, me acordé del atentado a la AMIA. Pero cuando vimos lo aturdidos y golpeados que salían los que lograban caminar por sus propios medios esa idea se nos fue, era algo mucho más cerca nuestro”, explica. Entre que salió corriendo detrás de los policías y que lo hicieron quedarse detrás del vallado improvisado, estima, no pasaron más de diez minutos.

“La estación se convirtió en un hospital ambulante, un caos total, y aún así creo que los que estábamos ahí, incluso los profesionales de la salud, no podíamos tomar conciencia total de lo que estaba pasando. No teníamos el panorama completo: veíamos lo que teníamos más cerca pero no sabíamos cuánta gente estaba herida o cuántos muertos había en total”, reflexiona ahora que se sabe que fueron 51 muertos y 789 heridos y que hay funcionarios del Estado condenados por la tragedia, aunque algunas de esas condenas -como la de Julio De Vido- no estén firmes.

“Después de esa mañana la estación quedó como… aturdida. Estábamos muy alertas, muy pendientes. Sentíamos que podía volver a pasar algo así en cualquier momento. Estábamos hipersensibilizados y también atentos a cómo iban acondicionando todo. Fuimos testigos de una especie de ‘lo atamos con alambre’ hasta que se encaró un cambio profundo de las formaciones”, reconstruye Grillo. Algunas noches, después de aquella mañana, el canillita de Once soñó que viajaba en trenes sin frenos. “Creo que yo anestesio el recuerdo de esa mañana. Todo lo que puedo. Pero la gente aplastada entre fuelles, esa imagen no se me va a ir nunca”.

JR/SH

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