Incendios en la Patagonia

Sospechas sobre el origen del fuego en Chubut: "Fue intencional, es imposible que todo arda en tan poco tiempo"

Marcelo perdió su taller en uno de los incendios más grandes de la Comarca Andina.

Marcelo perdió su taller de chapa y pintura y su casa. Parado frente a los escombros mira los 14 autos que esperaban ser arreglados y que ardieron junto a las estructuras de madera. “Fue un instante, no llegué a sacar nada”, dice.

Fuego y destrucción: imágenes de las localidades afectadas de El Hoyo y Las Golondrinas

Fuego y destrucción: imágenes de las localidades afectadas de El Hoyo y Las Golondrinas

Un grupo de cinco personas lo ayudan a mover las chapas y a preparar un tinglado para recibir donaciones. “Queremos que la gente nos traigan acá las cosas, no queremos ir a la Municipalidad a buscar, porque no confiamos cómo van a distribuir”, explica.

A unos cinco kilómetros, en el Gimnasio de El Hoyo, decenas de personas organizan las donaciones. Se multiplican las bolsas con ropa, calzado, artículos de limpieza, medicamentos. Se llena el Gimnasio entero, mientras los voluntarios llegan, se miran, y se abrazan desconsolados. Muchos de quienes están ayudando lo perdieron todo.

Marcelo, al igual que la mayoría de los vecinos y vecinas consultados por elDiarioAR creen que los focos fueron prendidos de manera intencional. La distancia entre uno y otro, la simultaneidad, la coincidencia con el día de mayor intensidad del viento. Mira el cerro, dice que primero se prendió “allá arriba” y que después “el fuego fue intencional, es imposible que todo arda en tan poco tiempo. Vino de la zona de Los Radales. Es imposible que salte una chispita de allá hasta acá, hay un montón de kilómetros”, busca explicaciones señalando con las manos.

Dice y reafirma que fue intencional. ¿Por qué? “No sé, no te puedo responder esa pregunta porque yo no tengo la maldad para hacer estas cosas, acá vive mucha gente, ¿vos tenés la capacidad para hacer algo así?”, se pregunta, “nadie quiere hacer eso, hay que ser un hijo de puta”, concluye.

Marcelo no estaba en su taller cuando el fuego llegó al lugar. A las 17.30 le avisaron, corrió, pero “a las seis ya no había nada, ya estaba todo prendido y era imposible sacar nada. Tuvimos que rajar todos a la mierda. Acá no quedó nada; 65 casas quemadas”, calcula.

Con campera que lo protege de la lluvia, la cara y el pelo impregnados de hollín, camina y advierte “no pisen acá que todavía esta caliente”, y esquiva los pozos de los que todavía, y a pesar del agua caída, sale humo.

Las carrocerías desnudas de los autos que tenía que arreglar son fotografiadas por turistas que pasean por la zona. No esquiva la charla y pide solidaridad. “Todo lo perdí”, dice.

Unos metros hacia el sur, siempre por la Ruta 40, Guillermo acarrea unas tablas, arma un tinglado, baja una mesa. Arriesga que el objetivo era hacer desaparecer la “toma hippie” que, en el denominado Lote 26 del paraje Las Golondrinas, se instaló hace varios años. A unos tres kilómetros antes del casco urbano de El Hoyo, en medio de un pinar, que incluye una loma y un pequeño valle, la toma incluía unas 80 casas. No quedó ninguna en pie.

La tensión “progreso versus hippies” cruza la historia de los últimos 60 años en la Comarca Andina del Paralelo 42, región que une las localidades de El Bolsón (Río Negro), Lago Puelo y El Hoyo (Chubut). Las representaciones políticas en la zona reproducen las referencias discursivas nacionales y provinciales, pero agregan explícita o solapadamente la disputa entre “lo viejo” -representado por los hippies y los mapuches; con sus diferencias, claro- y lo pretendidamente nuevo: el desarrollo inmobiliario, el turismo de élite, el extractivismo.

La tensión “progreso versus hippies” cruza la historia de los últimos 60 años en la Comarca Andina. La disputa entre “lo viejo” -hippies y mapuches; y lo pretendidamente nuevo: el desarrollo inmobiliario, el turismo de élite, el extractivismo.

No es una tensión menor: vive en los discursos políticos y en la cotidianidad relacional de cada comunidad.

Guillermo llega hasta lo que quedó de la “toma hippie” para ayudar a Guru, un joven que junto a su familia huyó justo de las llamas. Y que medio día después del incendio aún no pudo volver. “Las fotos, se llevó las fotos, las de papel”, cuenta su amigo en el lugar. Guru sabe que de la estructura de la vivienda no quedó nada, que las gallinas deambulan sobre las cenizas, que se quemaron todas las macetas y las plantas que dentro de una semana iban a convertirse en su pequeño vivero para la venta al público.

“Perdió todo, su casa y su trabajo”, cuenta Guillermo que llega con una mesa, algunas chapas y lonas para dejar en el lugar.

“Es una toma vieja donde viven más de cien familias. No quedó ni una sola casa en pie. Ardió rapidísimo. Hay una chica que se quemó un poco un brazo y la cara. Otra mujer la derivaron a Bariloche”, detalla.

Al igual que Marcelo, cree que el fuego fue intencional. “En esta toma es el primer incendio. Es intencional, este y todos los focos. Este fue el primero y hubo cuatro más, en distintos lugares, preparados estratégicamente”, dice.

-¿Por qué alguien querría quemar acá?

- ¿Por qué un señor tortura?, ¿por ideales?, no sé, la verdad que lo desconozco, no entra en mi cabeza, habría que preguntárselo. Estaría bueno que alguna vez lo agarren al señor que prende fuego, nunca lo agarran. Creo que tiene protección, no sé de quién, pero seguramente está protegido.

Para Guillermo, el fuego se explica “no por una cuestión económica local”, sino por intereses que “van más allá: no sé si tiene que ver con la megaminería o no”, se pregunta.

Los conflictos por el destino de la tierra en la cordillera patagónica hace décadas que incluye la disputa por la tala de especies autóctonas para su reemplazo por pinos de crecimiento y venta rápidos. Motorizada por los sucesivos gobiernos de las provincias de Chubut y Río Negro, se impulsó la suplantación de cipreses y otras especies para la plantación de pinos, mucho más combustibles que otros árboles. “Esto era un asco”, dice Guillermo mirando el pinar quemado, “era una implantación de pinos y para hacer esto hicieron mierda todo el bosque nativo”, explica.

Se queja por la falta de manejo de los bosques, la ausencia de raleo, de limpieza. “Trajeron pestes” los pinos, detalla.

Guillermo vio mucha gente sin poder entender qué sucedió. Las llamas de más de 30 metros de altura, el humo, el temor. “Después de un incendio la persona queda shockeada, es un duelo rarísimo, tardan en reaccionar”. Al igual que centenares de pobladores que no se vieron afectados de manera directa por las llamas, Guillermo empezó el día miércoles ayudando a sus vecinos. “Bronca e impotencia me da”, dice Guillermo, pero no tiene tiempo para lamentarse; termina de descargar la camioneta con la que reparte diariamente la verdura que produce en su chacra y vuelve a salir para traer más cosas a su amigo que lo perdió todo.

Presionada por los intereses inmobiliarios y por la necesidad de viviendas, la zona combina ofertas turísticas cinco estrellas con vista al paraíso, y ocupaciones de tierras por parte de personas -en su mayoría jóvenes- que no pueden afrontar los altos costos de los alquileres.

Pol Huisman, Intendente de El Hoyo, no puede afirmar que los incendios fueron intencionales pero lo sospecha. Conoce la zona, vive en el lugar hace más de 30 años. Sabe de las presiones inmobiliarias: pocos meses después de asumir en diciembre de 2019 y por intentar ordenar la entrega de lotes y viviendas casi fue destituido en una maniobra del Concejo Deliberante.

Algunas horas después de la “tormenta de fuego”, mira la lluvia desde la ventana de la oficina de turismo municipal, contigua al gimnasio donde llega la solidaridad. Atiende a los medios que lo llaman y da instrucciones sobre las prioridades de la gestión. “Agua”, dice, y explica que las llamas quemaron la toma ubicada en uno de los arroyos que bajan del Piltriquitrón. El Hoyo quedó sin red de energía eléctrica y sin agua. “Esa es la prioridad, llevar agua a los vecinos, y después empezar las obras para arreglar las redes”, le dice a sus colaboradores.

Si la lluvia no aplacaba las llamas, el pueblo entero del El Hoyo hubiera desaparecido. Por la intensidad y dirección del viento, los dos frentes de fuego -el que bajaba por la ladera del cerro Piltriquitrón y el que entró “por abajo” desde Radales y por la Ruta 40- se hubiesen unido y arrasado las casas de la pequeña localidad.

Los vecinos y vecinas de Chubut viven en estado de alerta por el intento de avance de la minería, impulsada por el gobierno de Mariano Arcioni. Las constantes movilizaciones impidieron que, hasta el momento, la Legislatura provincial trate el proyecto de zonificación que pretende el oficialismo. El clima contribuye a la especulación: “Las mineras quieren perforar el Piltriquitrón”, dice Pablo, sentado sobre un colchón en el piso del gimnasio de Lago Puelo, donde se autoevacuó. También vivía en una toma, lindera con la casa de la Brigada de Incendios de Las Golondrinas, que ardió por completo. “Petróleo dicen que hay abajo de nuestras casas”, explica.

Pablo pudo llevarse sólo su perro, que, tiznado y cariñoso, también se tira en el colchón. “Nada nos trajeron de la Municipalidad hasta ahora”, se queja el joven que llegó a la cordillera patagónica hace tres años, y, entre bolsas de ropa y alimento, dice que “lo que tenemos es lo que nos dio la gente”.

“Todos corrían, las mujeres, los chicos, en medio de las llamas y el humo”, repasa, y cuenta que “una mujer con sus hijos se metió adentro de una pileta que tenía en su patio y se tapó con unas chapas y el fuego pasó por arriba”.

Todos corrían, las mujeres, los chicos, en medio de las llamas y el humo”, repasa, y cuenta que “una mujer con sus hijos se metió adentro de una pileta que tenía en su patio y se tapó con unas chapas y el fuego pasó por arriba

Pablo víctima del incendio en El Hoyo

El miércoles a la mañana, bajo la lluvia, Pablo volvió al lugar donde estaba su casa. Solo vio raíces de árboles aún humeando. “Esto era una toma, por eso la quemaron. Quisieron matar a los hippies, pero no pudieron”, dice y vuelve a abrazar a su perro.

“Ahora hay que laburar como perro para volver a empezar”, explica Marcelo entre los escombros que 24 horas antes eran su taller de chapa y pintura y su sustento. “Ayer fue el cagazo de rajar a la mierda; hoy es el primer día, la impotencia”, dice, gira el cuerpo y muestra las cenizas y el chaperío quemado: “Mirá el sacrificio de tantos años”, concluye, y él mismo mira a su alrededor, como aún no pudiendo creerlo.

SR

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