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Hoy te convertís en trash talker

Un cover del Pity: el Dibu Martínez, qué loco que está.

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Leer este texto te va a llevar lo mismo que escuchar Sympathy for the Devil en vivo. Tarea para el hogar: mirarle las caderas a Mick Jagger.

Si no lo viste en vivo, si no tuviste la oportunidad de aprovechar el silencio ambiente que la pandemia le impone a la cancha para achinar los ojos como si en ese gesto pudieran agudizarse los oídos, igual seguro que ya te cruzaste con las imágenes -y con el sonido, acá lo importante es el sonido- en un noticiero, en YouTube, en un sticker de WhatsApp que te sirva de recordatorio y, sobre todo, en varias conversaciones.

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Música, sonido y ruido por Julieta Roffo. A lo mejor resulta bien.

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Fue el 6 de julio, en la Semifinal de la Copa América que Argentina le ganó a Colombia, pero una de las ventajas que tengo previsto sacarle a esto de pensar y escribir un newsletter es la atemporalidad. La cosa es que ese martes a la noche, sin que ni Mascherano ni nadie le anticiparan cuál sería su destino, el Dibu Martínez se convirtió en trash talker. Se paró un poquito más adelante de la línea de cal que divide las ilusiones de los goles e hizo dos cosas: atajó tres de cinco penales y habló.

Usó el tiempo de esa definición siempre agónica, una guerrita cuyo saldo se mide en eufóricos y desolados pero nunca en muertos, para desarticular al rival con las manos pero también con la boca. Tal vez haya sido la ansiedad por el reestreno de Okupas que se venía, pero a mí me pareció que cuando el Dibu le dijo a Yerry Mina eso de “te haces el boludo pero yo te conozco a vos, mirá que te como, hermano, mirá que te como, hermano”, le habló como el Negro Pablo le habla a Ricardo en los pasillos del Dock Sud. Como cuerpeándolo, arrinconándolo, achicándole el espacio disponible -no se me ocurre mejor cosa que esa para que el que patea no convierta el penal-.

Ayer, en una entrevista con ESPN desde Birmingham, el Dibu Martínez habló de sus habladurías: “Yo sabía que ellos pateaban muy bien y traté de distraerlos un poco, hablarles…”. Y no se ahorró la precuela, protagonizada por Miguel Borja, delantero colombiano con aparente facilidad de palabra: “Borja decía que nosotros nos íbamos a cagar en el partido. Lo decía en el túnel. Se lo gritaba a los compañeros y obviamente nosotros escuchábamos”. La definición por penales le sirvió al arquero argentino de escenario ideal para decir lo suyo. Y parece que el que habla último, habla mejor.

Pero si Chilavert, otro arquero gustoso de agitarle un par de versos al rival, tuviera algo para decir de todo esto, para mí sería: “Dibu, tú no has inventando nada”. Esto no está chequeado.

Una pregunta me persigue en este envío del Cuchá Cuchá: ¿tanto cruce con el deporte será piantavotos? ¿Viniste acá por la música pero sin que ruede ninguna pelota en el medio? ¿Si escuchás el arranque de la canción de Italia 90 te pasan cosas en los pelitos del brazo o nada que ver?

La cosa es que eso de hablarle al rival para correrlo un poquito de su eje, sacarlo de sus casillas, viene de hace varias décadas -sesentas, setentas, ya andaba por ahí- y tiene nombre: trash talking. Y parece que el trash talking es primo no tan lejano de algo que se hacía en el Reino Unido -especialmente en Escocia- y en los países nórdicos entre el siglo V y el XVI. (Off topic: me parece muy hermoso que hayamos inventado el delirio ese de que los siglos van en números romanos sin que responda a ninguna necesidad, sólo porque nos seguimos poniendo de acuerdo para eso).

Sigo. Ese primo no tan lejano también tiene nombre en inglés: flyting. Una especie de competencia entre dos que intercambian versos poéticos insultantes, a veces un poco escatológicos, a veces vinculados a alguna perversión sexual que se le invente en el momento al rival. Una batalla de gallos que cacarean in english.

El dato que más me interesó sobre el flyting mientras leía para este envío es este: en ese momento los insultos y las blasfemias en público estaban multadas por el Estado. Si eras rico y te agarraban diciendo barbaridades tenías que pagar el equivalente a unas 300 libras esterlinas de hoy; si eras un sirviente y te enganchaban en esa, la multa era que la Policía te diera una paliza (el dinero no es todo, pero cómo ayuda). Ahora bien: si todo se decía en el contexto de esta competencia poética no había multa para nadie.

Punto y aparte para volver a viajar en el tiempo: es el siglo XX. Más precisamente agosto de 1963. Faltan seis meses para que un boxeador nacido en el estado de Kentucky se convierta en el campeón mundial de los pesos pesados, y se convierta también en Muhammad Alí. Todavía es Cassius Clay y con ese nombre edita un disco que, deciden él y los de Columbia Records, se divide en rounds más que en canciones o pistas. Se llama I am the greatest, vende medio millón de copias en Estados Unidos, se mete entre los cien más importantes del chart de ese año y, hasta hoy, es considerado como un precursor del hip-hop.

Dura ocho rounds y tiene otras cuatro, ahora sí, pistas. Alí ex Clay no canta: habla. Mete el trash talking en un estudio de grabación. Abre la boca y de ahí sale la narración de su grandeza, de sus próximas victorias, de lo cerca que está de convertirse en el boxeador más importante del mundo. Les habla a sus rivales, los sobra un poquito, les agita la cabeza. Con una enorme discográfica detrás, le advierte a Sonny Liston, el hombre al que en 1964 le iba a ganar el cinturón de campeón mundial, que se prepare para ese encuentro y que, si tiene la oportunidad, le pague unos dolaritos más a su aseguradora porque va a terminar bastante roto. “Aquí predigo el desmembramiento del señor Liston”, avisa, apenas en el primer round del disco. Mirá que Cassius te come, hermano.

El trash talking de Marco Materazzi retiró a Zinedine Zidane de los Mundiales.

Había doscientas personas en el estudio en el que se grabó el disco: estaban ahí para arengar al futuro campeón y para reírse de algunos de sus pasos de comedia. Para escuchar en vivo la grabación del round 5, que se llama “Will the real Sonny Liston please fall down” y que es considerado el primer tema protagonizado por una batalla rapera.

Diez años después de que le ganara a Liston, Alí seguía siendo un trash talker. En su histórica pelea contra George Foreman en Kinshasa, que en ese momento era Zaire y ahora es la República Democrática del Congo, le dijo: “Nada de esto duele. Se suponía que eras un chico malo”. Por supuesto, y aunque la edad y las apuestas estaban muy en su contra, ganó la pelea.

El núcleo del trash talking se bajó del ring y se mudó a la NBA. Larry Bird, Reggie Miller, Dennis Rodman y, un poco pero no tanto, Magic Johnson fueron, además de enormes jugadores de basket, enormes agitadores del rival por vía oral. Les hablaban a los técnicos rivales sobre lo mal que estaba jugando el defensor que tenía a cargo sus marcas nada más que para sacarlos de quicio. Al defensor y al técnico. Abrían la boca en el instante previo a que alguien del otro equipo soltara un tiro libre y, con ese recurso, lograban que no embocaran al aro. Simplemente avisaban que iban a ser mejores y, con la sola advertencia, desconcertaban y desconcentraban. Eran los mejores en el juego y en la charlita buscona. Hasta que llegó el mejor.

Una conclusión evidente: el trash talking es un deporte de varones.

En 1992 la selección de basket de Estados Unidos -ese equipo que inventó la categoría “dream team”- entrenaba en Barcelona para su presentación en los Juegos Olímpicos. A Magic Johnson le pareció buena idea decirle a Michael Jordan: “Todavía no sos una leyenda. Hay muchos que juegan como vos”. “Nunca vi a nadie jugar como Jordan jugó en ese entrenamiento. Hizo movimientos que nunca le había visto hacer a nadie, ni siquiera a él”, dijo después Magic Johnson. Jordan se fue al vestuario justo después de decir: “Hay un nuevo sheriff en el pueblo”.

Faltaban tres años para que Jordan le dijera “dale, tirá, enano maldito” a Muggsy Bogues, el jugador más bajo de la historia de la NBA, apenas antes de su lanzamiento. “Erré el tiro. Me arruinó el partido y me arruinó la carrera”, dijo Bogues después. Antes de esa escena, anotaba al menos diez puntos en cada partido. Después, nunca volvió a superar los ocho. Jordan lo había corrido de su eje para siempre. A pura lengua filosa.

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Publicado el
26 de julio de 2021 - 15:11 h