Relato

Mal mal mal

Estar en el mundo, habitarlo como esa casa de prestado de amigxs queridxs que prometimos cuidar, respetar y dejar del mismo modo en el que la recibimos, o mejor.

0

I was born with the wrong sign/In the wrong house/With the wrong ascendancy/I took the wrong road/That led to the wrong tendencies/I was in the wrong place at the wrong time/For the wrong reason and the wrong rhyme/On the wrong day of the wrong week/I used the wrong method with the wrong technique/Wrong/Wrong

Wrong, Depeche Mode, 2008

El fin de semana asistí a una ceremonia por el aniversario de la muerte de un amigo. Se cumplían cincuenta días de su muerte y nos reunimos para acompañar su ingreso al mundo espiritual. Fue una ceremonia hermosa con comida, oraciones, palabra, silencio, flores. En un momento el que dirigía la ceremonia se refirió a los intelectuales. Dijo algo así como que los intelectuales no confiaban en la religión. Probablemente no haya usado esas palabras y probablemente tampoco se refiriera a la religión en sí misma, porque el rito al que estábamos asistiendo no era religioso, sino a la fe. Y si bien varixs de los que estábamos ahí éramos del tipo más bien racional algo o mucho se movió. ¿Será cierto que el pensamiento y las palabras modifican la materia?

Escucho bastante la radio cuando estoy en mi casa. Más que nada en la cocina. Ni bien me levanto, cuando desayuno, cuando cocino, a veces cuando como también. Hay programas en alguna radio que me gustan particularmente y los sintonizo; a veces sencillamente dejo una radio en particular y escucho lo que me propongan. Últimamente es muy difícil eludir las cifras de muertes diarias, las cifras de contagios diarios, en el país y en otros lados del mundo. Hay locutores indignados, otros preocupados, la mayoría es condescendiente con nosotrxs los que estamos escuchando, como si tuviéramos dificultades para comprender y necesitáramos de ellos para desasnarnos. Como si la gente quisiera enfermarse y no fuera consciente de la situación. Como si el que no estuviera haciendo suficiente fuera el ciudadano común. 

Considero demencial, desde sus comienzos, el modo en que se manejó la información y su circulación en torno a la pandemia. No creo que nunca bajo ninguna circunstancia el miedo sea un buen consejero. No es la madre que le grita al hijo que se va a caer cuando está a punto de intentar una pirueta la que va a evitar que se lastime. 

Una chica que conozco y tengo de contacto en FB hace un posteo que arranca diciendo “no al terrorismo sistemático mediático instalado” y después habla, entre otras cosas y sin decir la palabra salud, acerca de cosas que hacen bien, como ver amigos, estar al sol, comer bien.  En los comentarios un señor le escribe algo así como: “si estuvieras conectada a un respirador, pensarías distinto”.  

El miércoles a la noche el presidente anunció las nuevas medidas y en mi barrio se oyeron algunas cacerolas y algunos bocinazos. No muchos la verdad, pero juro que podía sentir el run run de las cabezas de todxs pensando, elaborando el estado de las cosas, no tan nuevo, no tan imprevisto.  Mientras tanto en el pulmón de manzana, un señor que siempre se pelea a los gritos con otro cuando juega River-Boca ahora les gritaba a los chiribin chiribin de las cacerolitas “¡Gorilas, se van a morir todos!” y un rato después “Váyanse a vivir a Brasil” y un rato después “Los muertos no consumen”. Esa afirmación me dejó bastante confundida. Para ese señor, a juzgar por sus gritos, que otros mostraran su descontento estaba mal mal mal, para los que mostraban su descontento, los anuncios estaban mal mal mal.

Mal, mal, mal, todo está mal, muy mal, muy mal. ¿Quién sobrevive a ese mantra? Y no hablo de negar, sino del modo de convivir incluso con el dolor, incluso con la enfermedad, incluso con lo implacable. De poder actuar, con discernimiento, con empatía, sin entrar en pánico, sin sucumbir al terror a que todo esté mal muy mal.

Mal. Todo está mal, todo va mal, todo va peor.

En el videoclip de la canción Wrong de Depeche Mode, un hombre con una máscara de hombre, a bordo de un auto sin volante avanza irremediablemente hacia atrás. El auto avanza a toda velocidad marcha atrás, sacando chispas al asfalto e impactando con todo en su camino, tanto autos, como señales de tránsito como personas que no lo ven venir. El cuento del videoclip es una escalada hacia el infierno, el acabose, porque en un momento además se revela que el hombre está maniatado y amordazado, sin posibilidad ni de escapar, ni de dejar de llevarse todo por delante, por detrás, ni de levantar los brazos cuando unos policías empiezan a perseguirlo y están a punto de disparar. Inevitablemente el auto termina impactando con violencia contra otro y todo termina ahí y funde a negro. Mal. Todo mal. Todo muy mal. 

Hace un par de años a una amiga muy cercana se le manifestó una enfermedad autoinmune, en la sangre. Descartaron leucemia, hiv y otras cosas, hasta que dieron con una autoinmune, tan misteriosas y mutantes, todas ellas. En ese momento, cuando estaban de aquí para allá con los estudios y la detección del problema le pregunté a mi amiga si alguien, algún médico en todo ese proceso de detección, le había preguntado qué comía. Por supuesto que la respuesta fue negativa.

El año pasado operaron a mi mamá de los intestinos. Fue una operación bastante larga e intensa de adherencias que se le habían hecho sobre una operación anterior, que se lo obstruían. La abrieron, le cortaron las adherencias, tuvo un postoperatorio favorable pero intenso. Nadie nunca, ni antes ni durante ni después le preguntó qué comía. Y la habían operado del sistema digestivo. El consejo cuando le dieron el alta fue: vida normal. ¿Pero normal para quién? Junto a ella en la habitación del Hospital estaba internada una chica de alrededor de 30, que estaba como hace 6 semanas. La habían operado de un tumor en algún lugar del intestino, tenía una ostomía y por alguna razón aún no le habían dado el alta. La acompañaban su mamá y su hermano. Cada uno de ellos traía a la habitación comida de rotisería con la que se alimentaban ellos y la chica internada también. Entre las sábanas guardaba una bolsita de nylon con un pan dulce que le traía su mamá. La vi roerlo mientras miraba la televisión. Nunca vi a ningún médico decirle que a lo mejor no era la mejor idea comer comida de rotisería a diario para su pronta recuperación.

 Si le echo la culpa al otro, de lo que sea, le estoy dando poder sobre mí, y pierdo autonomía. Si me hago responsable de mis actos, solo está en mí la posibilidad de modificar esa realidad.

Siempre existe la posibilidad de enfermarse y una convive con eso y no está pensando en eso todo el tiempo cuando está sano. Ahora con la pandemia del miedo parecería ser cosa ya sólo de ver cuándo y cuán grave se va a enfermar cada uno y eso pasa a ser parte de cada día donde cuando uno está sano un poco ya tampoco lo está porque podría dejar de estarlo en cualquier momento, somos todxs el gato adentro de la caja, sano y enfermo al mismo tiempo hasta que alguien nos abra la puerta.

El auto en el que quiero ir yo no es un auto. Nosotrxs vamos caminando o en bicicleta, una medida humana, una velocidad que podamos abarcar sin poner en peligro a lxs demás;  nos escuchamos, no estamos siempre de acuerdo pero tampoco pensamos siempre que es el otro el que está mal. Vamos parando, vamos pensando y volvemos a andar. Tampoco sé si avanzamos necesariamente porque no se trata de llegar a ningún lado sino sencillamente de ir, de andar, de estar, de ser. Estar en el mundo, habitarlo como esa casa de prestado de amigxs queridxs que prometimos cuidar, respetar y dejar del mismo modo en el que la recibimos, o mejor. Si es mejor, mejor. 

El mundo cambia en la transformación de las tramas, del tejido, como si fuéramos babosas o arañitas que vamos tejiendo la red de relaciones a nuestro alrededor. (...) Si cambia lo que deseamos, cambia el mundo, dice Rita Segato y vaya que tiene razón.

Etiquetas