Un mes después del affaire Basualdo, Guzmán metaboliza la crisis y se refugia en el perfil bajo

Martín Guzmán

Se levanta temprano, hace dos horas de ejercicios en el departamento del barrio porteño al que se mudó cuando asumió en el gabinete del Frente de Todos y sale a la calle con el traje de ministro. La mayoría de las veces va directo al Palacio de Hacienda, otras hacia donde Alberto Fernández le diga. Alterna reuniones de rutina, como las de este jueves en Olivos -donde el Presidente se sentó en la cabecera de la mesa del gabinete económico- con encuentros reservados de los que cuenta poco y en dosis homeopáticas. A eso se suman los contactos permanentes con el exterior, donde cosecha hoy bastante más adhesiones que en las filas de su propio gobierno. Se queda hasta tarde en el ministerio y vuelve a su casa para reiniciar el ciclo. 

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Un mes después de haber puesto los dedos en el enchufe en el tema tarifas, Martín Guzmán mantiene su rutina lejos de las cámaras y las declaraciones, pero cambió -y mucho- el ritmo y el tono de sus apariciones públicas. Se refugió en el estricto perfil bajo e interrumpió por completo el debate que pretendía dar a partir de entrevistas en los medios y charlas en universidades. Un mes más tarde, el “ineficaz” subsecretario de Energía Eléctrica Federico Basualdo sigue en su puesto, el “sistema de subsidios energéticos pro-ricos” permanece intacto y la segmentación es un horizonte que queda lejos. “Por lo menos, no renunció nadie”, dicen ahora en el primer piso de la Casa Rosada, con una frase que da cuenta hasta donde escaló la crisis que hizo estallar todas las diferencias en el Frente de Todos. 

La decisión de no hablar ni aparecer no fue producto de un proceso de reflexión autónoma sino el resultado de haber chocado a 180 kilómetros con Cristina Fernández de Kirchner y su hijo Máximo. Cuando Guzmán quiso echar a Basualdo y lo anunció a través de canales afines cometió el peor de los errores desde que asumió en la silla eléctrica del ministerio de Economía. Así lo entienden sin fisuras, de punta a punta de la alianza pancristinista, donde ponerse de acuerdo no es sencillo. Lo dicen por supuesto desde La Cámpora que entró en una guerra de comunicados esa tarde del viernes 30 de abril, lo repiten en la jefatura de Gabinete y lo reconocen incluso los defensores de Guzmán. Hasta el profesor de Columbia admite en privado que se equivocó en el modo. Después, empiezan las diferencias. Los que cuentan que el secretario de Energía Darío Martínez estaba encargado de pedirle a Basualdo la renuncia, los que dicen que se la pidió y los que afirman que nadie se comunicó con el ex titular del ENRE.  

Cerca del Presidente, trazaron desde ese día una línea que funciona como reproche al discípulo de Joseph Stiglitz: “Este gobierno no echa a nadie por los medios”. Después de ese 30 de abril, Guzmán apareció una sola vez para aludir a la discusión interna en el gobierno. Fue el viernes 7 de mayo, cuando Fernández anunció la ampliación de la Tarjeta Alimentar junto al ministro de Desarrollo Social Daniel Arroyo y Guzmán cuestionó los subsidios pro-ricos que conviven en Argentina con un 57% de los niños por debajo de la línea de pobreza. La declaración del ministro de Economía volvió a caer mal, por no decir pésimo. Enfureció al cristinismo, fue entendida como “una provocación” en el albertismo y le quitó protagonismo al Presidente el día del anuncio de los paliativos para los sectores más vulnerables. Los amigos de Guzmán sostienen que fue una intervención más precisa, en la que buscó salir de la cuestión personal y plantear una discusión general sobre la disyuntiva del gobierno. Pero fue después de eso que en el Instituto Patria comenzaron a decir que el ministro tenía "el boleto picado".   

En el viaje a Europa, Guzmán recibió un mensaje de Fernández que en Balcarce 50 resumen a su manera: “Bajá el perfil, concéntrate en la deuda y bancate los rayones”. Por indicación, por convicción propia o porque no le queda otra alternativa, el ministro viene cumpliendo con eso. Tanto que a su lado solo responden con hermetismo ante las consultas de elDiarioAR

Antes de chocar con Basualdo y La Cámpora, Guzmán había tenido una discusión privada con Cristina que había terminado mal, según reconocen en el gobierno. Sin embargo, mantenía el perfil alto y, en cada una de sus apariciones, ofrecía una definición que impactaba en la agenda. Había participado en por lo menos cinco charlas en universidades públicas de las provincias, en Paraná, en Posadas, en Santa Rosa, en Chaco y en Catamarca. En esa última, Guzmán afirmó que “hablar de sostenibilidad fiscal no es derecha” y reivindicó la gestión de superávits gemelos de Néstor Kirchner: flotaba en el aire el contraste con los mandatos de Cristina. “Hay una tendencia a asociar la reducción de déficit fiscal con la derecha, eso está mal. Lo que la derecha pide es un Estado chico, que tiene bajos impuestos y gasta poco, y tiene poca presencia en la economía”, dijo.  En público y en privado, Guzmán reclamaba una autocrítica por los años finales de la economía cristinista, que terminó sin deuda pero con bajo crecimiento, alta inflación, una montaña de subsidios y escasas reservas en el Banco Central. Esa autocrítica que, según decía, debía hacer el peronismo la tenían que hacer en realidad la ex presidenta y su ex ministro de Economía, Axel Kicillof. 

Como en el juego de la oca, hoy Guzmán parece haber retrocedido al primer casillero. Volvió a concentrarse en los temas de deuda, igual que al inicio de la gestión Fernández. Después de haber evitado la devaluación que buscaba forzar el mercado en octubre pasado, el ministro había ganado autoridad dentro y fuera del gobierno. Sin embargo, ahora parece replegado sobre su especialidad. Pendiente todavía el acuerdo con el Fondo, el lunes vencen los 2400 millones de dólares que Argentina le debe al Club de París y en el gobierno esperan que en un lapso estimado de “ocho días” haya una definición favorable del organismo de crédito para la Argentina.

Aunque desde el cristinismo hoy aseguran que el cortocircuito quedó atrás y el trabajo conjunto en la gestión es cotidiano, el ministro aparece corrido del centro de la escena. Acompañó al Presidente en la gira por Europa y se mantuvo al margen de la discusión que plantean las nuevas restricciones, mientras la segunda ola se impone con una violencia no prevista y hace volar por el aire todas las proyecciones del Presupuesto 2021. Confiado en que el operativo de vacunación estaría a esta altura muchísimo más avanzado, Guzmán redujo al mínimo el gasto COVID en sus previsiones para este año, pero la pandemia ya empujó al gobierno a cambiar de libreto. En el medio, se consolida un fuerte ajuste sobre jubilaciones -13,4%- y empleados públicos -12,9%- , de acuerdo a los números de abril que difundió hace 10 días la Oficina de Presupuesto del Congreso. 

Guzmán entró en contradicción con el cristinismo por los subsidios en un momento en que todo el esquema general que había diseñado para el año electoral ingresaba en zona de riesgo: la inflación de 17,6% en cuatro meses torna imposible de cumplir la meta del 29% anual, la segunda ola obliga a incrementar el Gasto COVID y el acuerdo con el Fondo se posterga en tensión con la campaña que pretende Cristina. Por eso también, el poder político que el ministro de Economía había acumulado dentro de la alianza oficialista durante la reestructuración de la deuda hoy está en cuestión como nunca.

La gira por Europa confirmó que Guzmán sigue siendo un interlocutor privilegiado para Kristalina Georgieva, cuenta con el fuerte respaldo del Papa Francisco y mantiene intacto el apoyo de la liga de académicos que lideran Stiglitz y Jeffrey Sachs. Hasta la secretaria del Tesoro de Joe Biden Janet Yellen se conectó vía Zoom para ser parte de las jornadas vaticanas. Pero esos avales externos contrastan con los cuestionamientos que recibe el ministro en el terreno doméstico, donde la última carta de dirigentes cristinistas y sindicalistas de la CGT -que no firmó nadie de La Cámpora- parece ser un nuevo mensaje contra la política acuerdista de Guzmán. Si el Frente de Todos tuviera controlada su disputa interna de poder, el pronunciamiento “Primero la salud, después de la deuda” podría funcionar como una demostración de fuerzas en un juego de roles donde el peronismo exhibe distintas caras, complementarias. Pero en el marco de las críticas al giro ortodoxo de Guzmán, la solicitada -que se suma a las cartitas de los senadores de Cristina- saturan la paciencia de los negociadores de Economía.  

Golpeado por la crisis múltiple, el ministro ahora espera cerrar el frente con el Club de París para recuperar aire político y volver a dar la discusión dentro del gobierno. Mientras algunos en el cristinismo coinciden con los voceros del mercado en que su tiempo de gracia está agotado, el oficialismo no dispone hoy de nadie mejor que él para negociar un acuerdo con el Fondo que, se supone, llegará después de las elecciones. Los defensores de Guzmán dentro del gabinete esperan que haya sacado conclusiones de la interna explosiva que detonó el intento de echar a Basualdo y esperan que haya logrado metabolizar la crisis para salir fortalecido. Sostienen que el ministro buscará reconstruir su relación con la vicepresidenta y afirman incluso que hasta retomó el contacto con ella en las últimas semanas, algo que cerca de CFK no niegan ni confirman. 

DG

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